Doscientos ochenta y seis farolillos pendían del tejado curvo del restaurante. Había otros dos faroles enormes colgados junto a la entrada como un par de pendientes, haciendo brillar el carácter que significa «doble felicidad». Treinta aparca-coches con camisas rojas de cuello mandarín y pantalones anchos, zumbando cual horda de escarabajos, trasladaban los Mercedes y los Audis a la parte delantera del aparcamiento y los coches como el Mitsubishi rojo de Mei a la parte de atrás. Eran jóvenes trabajadores de provincias, sanos como bueyes y siempre dispuestos a trabajar dieciséis horas al día.
Junto a la puerta, un equipo de cuatro personas llevaba prendiendo tiras de petardos desde la llegada del primer huésped. El aire apestaba a pólvora y a humo.
– ¿Cuántas veces os lo tengo que decir? ¡Poneos a un lado, hay demasiado humo! -gritaba una de las organizadoras de la boda a los de los petardos.
Esta era una mujer regordeta de treinta y muchos años, vestida con un traje de chaqueta de seda rosa con una flor roja prendida justo encima de sus grandes pechos. Cada vez que sonreía, que era casi constantemente, hacía relucir un juego completo de dientes de blancura cegadora. Saludó a Mei con una reverencia a lo Buda, las palmas de las manos juntas bajo el mentón. Mei se preguntó si nadie habría pensado en empaquetarla con cintas rojas.
Una vez que Mei atravesó los petardos y el humo, dentro del restaurante la escena era elegante y ordenada. Una alfombra roja se extendía desde la entrada hasta un estrado de dos metros de altura que había al fondo. A cada lado de la alfombra roja había sillas que se podían retirar después de la ceremonia. Parecía que todos los invitados habían llegado: no se veía una sola silla libre.
Cerca del escenario había dieciséis mesas de diez asientos, ocho en cada lado, para las familias de la novia y del novio y los invitados más distinguidos. Una de las ochenta y ocho camareras vestidas con ajustados vestidos qipao condujo a Mei a la mesa de la familia Wang. En un jarrón de cristal colocado en el centro de la mesa flotaba una flor de loto rosa. Tenía que haber sido cortada esa mañana temprano, porque estaba tan fresca como el rocío. Diseminados por la mesa había pétalos de rosas rojas.
La tía Pequeña acababa de llegar de Shanghai. Había sido la hermana bebé de Mamá, doce años menor que Ling Bai. Sentado junto a la tía Pequeña estaba su hijo de dieciséis años con la cara llena de granos. Estaba hablando con la hija del tío Chen, que lucía una sonrisa helada. «Que alguien me saque de aquí», suplicaban sus ojos. Su hermano mayor, nacido el mismo año que Lu, se defendía de su madre, la tía Chen, sin otra cosa que un «sí» o un «no» en un partido de ping pong verbal. Pero la madre siempre se la remataba. El día iba a ser largo.
– Llegas tarde -susurró Mamá antes de que Mei pudiera sentarse.
– La boda no va a empezar hasta dentro de diez minutos -Mei se colocó en el sitio que se le había asignado.
– Tú eres de la familia, tienes tus responsabilidades. Han venido muchos invitados a felicitarme y estoy aquí yo sola.
– Lo siento.
Mei dijo un hola rápido al tío Chen, que estaba sentado junto a ella. El tío Chen no era en realidad su tío, sino el mejor amigo de Mamá. Mamá y él se conocían desde que estaban en el instituto en Shanghai. Cuando los niños eran pequeños, las dos familias solían ir juntas de excursión, y se visitaban mutuamente por el Año Nuevo chino. Tras la muerte del padre de Mei, el tío Chen continuó visitándolas, pero casi siempre sin su familia.
– Ahora ve rápido a decir hola a la familia de Lining -la apremió Mamá.
– Está bien -refunfuñó Mei, y se levantó de su asiento. Cruzó la línea divisoria roja y saludó a la familia de Lining. Ya los había visto en varias ocasiones: los padres, el hermano menor con la cuñada y los dos sobrinos, que vivían en Vancouver, y la hermana mucho menor con el novio estadounidense, que estudiaban cine en la Universidad de California en Los Ángeles. Lining se había criado en Dalai, el centro industrial del norte, considerado el astillero de China. Su padre dirigía una pequeña fábrica de maquinaria herramienta y su madre era enfermera. Lining primero se había forrado con las refinerías de petróleo, antes de pasarse a los barcos y la inmobiliaria. Les había comprado a sus padres una casa en Vancouver. Su hermano era su representante en Canadá y Estados Unidos.
– Ven aquí, Mei, déjame verte -la madre de Lining, la señora Jiang, tendió la mano para que Mei se la cogiera-. Cada vez que os veo a Lu y a ti le digo a tu madre: ¡qué prosperidad!: «dos bellezas, qian jin (mil piezas de oro)» -exclamó la señora Jiang en su habitual estado de excitación-. Tú vales diez mil piezas de oro. Eso le digo.
– La tía Jiang exagera -dijo Mei, respuesta tomada directamente del manual de etiqueta. Al fin y al cabo, ella no estaba totalmente sin pulir.
– No entiendo cómo puedes seguir soltera -dijo la señora Jiang, y casi sonaba enfadada-. Niña mía, a veces una puede ponerse el listón demasiado alto. Si tú quieres, una palabra a la tía Jiang y te encontraré un agradable marido en Vancouver.
El señor Jiang interrumpió a su mujer:
– Deja de pinchar a la niña con eso. Todo el tiempo estás con lo mismo. Déjala vivir su propia vida -se volvió hacia Mei y le preguntó-: He oído que has dejado el Ministerio de Seguridad Pública. ¿Qué vas a hacer?
– Voy a ser detective privada -respondió Mei. Notó con sorpresa que la voz le menguaba. Ella creía que había ido a la boda con la cabeza bien alta. Creía que estaría orgullosa de su nueva vida. En lugar de eso, se avergonzaba.
– ¿De verdad? -gritó la hermana de Lining-. ¡Qué emocionante! ¿Eres la primera sabuesa de Pekín? ¿Tienes casos de asesinato?
Mei iba a responder negativamente a ambas preguntas cuando un tipo grande con traje oscuro y una corbata de cuero marrón de moda brotó de no se sabe dónde.
– ¡Enhorabuena! -gritó.
– Ah, señor Hu. ¡Feliz encuentro! -el hermano de Lining le saludó del mismo modo. Explicó a su padre-: El señor Hu es el presidente del Partido en la Segunda Fábrica de Petardos y Pólvora de Pekín.
– ¿Les gustan los petardos? -preguntó el hombre del Partido, que aparentemente no necesitaba respuesta para seguir adelante-. Son los mejores que tenemos, los muy malditos. Le dije a Lining: no te preocupes, déjamelo a mí. Tengo otro camión lleno en el aparcamiento.
– ¿No es peligroso eso? -preguntó el señor Jiang.
– ¿A qué se refiere?
– Pues a dejar un camión de explosivos fuera en un día de sol tan seco.