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– Bueno, por lo menos ya está casada -Mei frunció el ceño.

El tío Chen le dio palmaditas en el hombro:

– Tú también lo estarás.

En ese momento, una mujer espigada y bien vestida de unos cincuenta años se acercó a ellos tanteando, agachando la cabeza para ver mejor al tío Chen.

– ¡Viejo Chen, ya me parecía que eras tú! -le señaló de inmediato con la mano derecha-. Estaba ahí sentada y he pensado: ese hombre se parece un montón a Chen Jitian.

El tío Chen contempló primero el rostro redondo de la mujer y luego su pequeña mano blanca, con la boca entreabierta como si esperara que las palabras le brotaran de las entrañas. Intentó levantarse. Con una violenta sacudida, la silla se le cayó encima, haciéndole dar con la panza en el borde de la mesa. Pero se recompuso para coger la mano de ella con una sonrisa en los ojos.

– Xiao Qing, qué sorpresa. ¿Cómo estás? ¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?

– Desde el trigésimo aniversario de nuestra universidad, en 1984. ¿Qué tal te va? ¿Sigues trabajando en la Agencia de Prensa Xinhua?

La señora Qing era de la misma estatura que el tío Chen pero, en contraste con su gordura y la línea recesiva de su frente, ella era delgada y lucía una moderna permanente.

– Sí, lo mismo de siempre -el tío Chen seguía sonriendo.

– Muy bien. Llámame la semana que viene y nos vemos -la señora Qing le tendió una tarjeta de visita. Los recién casados habían llegado a su mesa. Tenía que ir.

– Eso está hecho -el tío Chen sacudió la cabeza como un gallo.

La señora Qing ya se había dado media vuelta y se alejaba. Lo que había quedado de los platos de marisco fue retirado para hacer sitio a un gran pato tomatero trinchado y vuelto a componer sobre un lecho de col china. El tío Chen cogió una tortita fina como el papel y le puso encima salsa de trigo dulce, dos trozos de la mejor carne de pato y unas briznas de cebolleta. Hizo con ello un rollito para Mei.

– Gracias, pero estoy llena -dijo Mei, contemplando el gesto más amable que alguien había tenido con ella en todo el día.

– Hay que comer. La comida es uno de los grandes placeres de la vida -insistió el tío Chen, empujando el plato hacia ella.

Mei sonrió y tomó un bocado. Observó que el tío Chen no había probado el pato.

– ¿Quién era? -le preguntó, señalando con la barbilla a la mesa de la señora Qing.

– Oh, una conocida mía de los tiempos de la universidad -dijo el tío Chen-. Iba un año por detrás de mí; ¡pero mira a qué se dedica ahora! -le pasó la tarjeta de visita.

Sra. Yun Qing, Presidenta, Jeep Pekín, Empresa asociada con Chrysler.

– Mei, déjame decirte una cosa. Haces bien en montar tu propia empresa. Ahora es el momento de hacerlo, de tomar las riendas de tu propia vida. No esperes a que sea demasiado tarde.

– ¿Demasiado tarde?

– Mírame a mí. He seguido siempre las directrices del Partido, he cumplido con mi deber y he esperado toda mi vida a que me tomaran en consideración. El año que viene cumplo sesenta y pronto me jubilaré. ¿Qué he conseguido? Quedarme atascado en la tierra de la desesperanza. Ya es tarde.

Mei nunca había visto al tío Chen tan descontento. Pensó que quizás había bebido demasiado.

Volvió a mirar a la multitud que comía, bebía y conversaba. Fuera explotaban los petardos. Mei se sintió atrapada, como si ella y todos los que la rodeaban estuvieran encerrados dentro de una ciudad sitiada. Los que estaban fuera querían entrar, y los que estaban dentro querían salir.

Capítulo 7

Habían pasado más de dieciocho meses desde la boda de Lu, y el tío Chen, como mucho, parecía haberse puesto aún más orondo.

– Te debes estar preguntando por qué estoy aquí -el tío Chen luchaba por asentar su ancho cuerpo en el sillón. Sonreía, pero se le veía torpe y cohibido-. Qué buenas estas galletas. «Fabricadas en Bélgica», ya veo.

Al parecer, comer le calmaba. Sus sonrisas se hicieron más sinceras y se revolvió en la silla con menos esfuerzo.

Gupin preparó té Wulong en una tetera de hierro fundido. Mei sirvió dos tazas, una para el tío Chen y otra para ella misma.

El tío Chen susurró:

– ¿Tu ayudante es un hombre? ¿Y te hace el té?

– Sí -dijo Mei con aplomo. Estaba acostumbrada a que la gente le hiciera ese tipo de preguntas, como si hubiera algo raro en ella o en Gupin. Sin duda algunos sospechaban que ella era una jefa agresiva, una arpía. Y de Gupin, quizá sospecharan cosas peores.

– ¿De dónde es? Tiene acento.

– De Henan. Es un trabajador de provincias, pero ha terminado los estudios secundarios. Sabe moverse en la ciudad y además es amable. Su madre está paralítica y él envía dinero a casa.

Mei se detuvo. Se dio cuenta de que estaba intentando justificarse por haber contratado a Gupin.

– Parece agradable -el tío Chen asintió educadamente.

Enseguida dejaron de hablar de Gupin.

– ¿Por dónde debería empezar? -dijo el tío Chen-. Supongo que por el principio -se recostó en su asiento-. Era el invierno de 1968. Yo llevaba cuatro años trabajando para la Agencia de Prensa Xinhua. Acababa de cumplir los treinta. Cuesta creerlo, ¿eh? -el tío Chen agitó una galleta como si fuera una bandera y se rió desde el estómago como hacen los hombres fondones-. Pues sí, yo también tuve tu edad.

Mei le devolvió la sonrisa. Era bueno ver a un viejo amigo. El tío Chen, orondo y de aspecto amable, tenía a su alrededor una atmósfera de Buda feliz.

– Fue un invierno áspero, con mucha nieve y mucho caos y derramamiento de sangre. Los miembros de las Guardias Rojas luchaban entre ellos, cada facción se proclamaba la más leal y verdadera representante del maoísmo. Levantaron barricadas en las universidades, las fábricas y los recintos gubernamentales, y se machacaron los unos a los otros con ametralladoras. Bueno, tú ya sabes todo lo que pasó.

Pero Mei no estaba escuchando. La voz del tío Chen pasaba por sus oídos como el viento por un árbol hueco. En lugar de eso, estaba mirando atentamente al tío Chen. La edad se había llevado su pelo igual que el verano reclama la cosecha. Percibió el tinte: no era de los caros. Le había secado la cabeza, dejándosela como un campo agostado.

– Ahora todo el mundo sabe todo lo que pasó, pero en aquel entonces el gobierno central desconocía el alcance de lo que estaba ocurriendo en la calle. Los miembros de las Guardias Rojas y de las Juventudes del Partido habían destrozado todos los sistemas normales de comunicación. Así que la Agencia me envió a Luoyang para informar de lo que estuviera ocurriendo allí.