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– ¡Esta señorita quiere hablar contigo! -le gritó el chico.

Cuando llegó a su lado, Mei vio que el viejo era algo más bajo que ella.

– Perdone que le moleste -Mei sacó la foto de la vasija ritual-, pero quería preguntarle si ha visto esto.

– Tiene que hablar alto, mi tío no oye muy bien -dijo el chico. Gritó hacia el hombre-: ¡La señorita pregunta si has visto esta vasija!

El hombre estudió la foto, sujetándola a unos centímetros de su cara. La observó con tal concentración que podría haber estado buscando alguna clave invisible.

– ¿Es policía? -preguntó, doblando la lengua al final de la frase al viejo estilo pekinés.

– ¡No, soy coleccionista! -gritó Mei.

El viejo observó su cara de la misma forma que había mirado la foto. Mei le devolvió una mirada directa, tratando de atrapar el hilo de sus pensamientos. Pero no pudo. Aquél era un hombre tranquilo, pensó, que se tomaba su tiempo y hacía las cosas a cámara lenta.

El viejo le devolvió la foto y dijo, volviendo los ojos:

– Lo siento, no la había visto nunca.

Se dio media vuelta y, paso a paso, regresó a las sombras.

Mei se mordió el labio. Durante otro minuto miró al viejo, que reordenaba al azar sus mercancías. El chico la acompañó a la puerta y dijo:

– Vaya despacio, por favor.

En una tienda tras otra ocurrió lo mismo. Nadie quería contarle nada a Mei.

Frustrada, decidió descansar para comer. Se encaminó hacia el este, hacia la Puerta de Delante, donde se podían encontrar cientos de restaurantes que iban desde el más caro, el Pato a la Pekinesa, hasta los pequeños establecimientos de comida casera.

Los estrechos hutong estaban abarrotados de pequeñas tiendas. Las mercancías colgaban de los tejados bajos como banderas de la ONU. Personas de toda extracción social habían ido de compras a esa zona. Abuelitas cargadas con cestas de bambú, normalmente a pares, andaban a la caza de pequeños artículos domésticos como pilas, detergente y cuchillos de cocina de acero largos como ladrillos. Agitaban los cuchillos en el aire y luego los probaban con ademanes de afeitado en la palma de la mano.

– No está afilado -le decían al vendedor.

– Tiene que estar de broma. El fabricante hace sables para los monjes de Shaolin -replicaba el joven dependiente. Sacaba una vara de bambú y, con un movimiento rápido, le rebanaba una loncha.

Grupos de obreros industriales provincianos, todos con chaqueta Mao gris y fumando, merodeaban excitados, conversando sonoramente en sus dialectos. Los viajeros iban allí de compras antes de hacer sus transbordos en la cercana Estación de Pekín. Los vendedores de comida y los ciclistas de paso gritaban a voz en cuello:

– ¡Pinchitos mongoles de cordero, si no están buenos no me dé el dinero!

– ¿A cuánto la bolsa?

– Antes muerto.

– ¡Tortitas de ocho hojas! ¡Al viejo estilo pekinés!

Mei encontró un pequeño restaurante de mesas limpias y se sentó junto a la ventana. Pidió una ración de tallarines en caldo picante de vaca que venía en un cuenco del tamaño de un balde pequeño. Se comió los tallarines y contempló a través de la cortina de encaje al chico que la había estado siguiendo. Bajo una nube de humo de tabaco, tres hombres conversaban ruidosamente en la mesa de al lado, con los rostros rojos de tanto beber.

Mei salió del restaurante, andando hacia el oeste a paso vivo, repicando los tacones. Dobló con celeridad una esquina y se detuvo a echar un vistazo hacia atrás. Volvió a ponerse en marcha, más deprisa. Tras unos cuantos giros estaba otra vez en la ancha calle peatonal de Liulichang. Se paró en el umbral de la primera tienda que encontró y esperó.

– Eh, ¿por qué me sigues? -preguntó, apoyándose en el poste de madera de la entrada.

Sus palabras cogieron al joven galgo por sorpresa. Se paró en el sitio.

– Me dijo mi tío que lo hiciera -dijo el chico, con una fugaz sonrisa avergonzada.

– Entonces vamos a verle -le dijo Mei.

Sentada en un taburete de palo de rosa oscuro en la parte interior de la tienda, Mei contó ocho billetes de cien yuanes, pero no los entregó.

– ¿O sea que sí la ha visto?

– No exactamente. Sólo vi unas fotos. Bueno, creo que eran de la misma vasija.

– ¿Es que no está seguro?

– A mi edad no hay nada seguro -dijo el viejo-. Fue hace más de dos semanas. Vino un joven con algunas fotos de la vasija y me preguntó cuánto pagaría yo por ella -se frotaba las manos al hablar-. Cuando digo joven quiero decir de unos cincuenta y pocos.

– ¿Y usted qué le respondió?

– Me dijo que la vasija era de la dinastía Han. ¡Estamos hablando de más de mil ochocientos años de antigüedad! Eso es lo que llamamos «mercancía caliente». La ley dice que no se puede exportar nada anterior a 1794, lo cual significa que ningún extranjero la compraría. Los chinos no pueden pagar esos precios. Aunque eso no significa que no haya conductos para venderla, ¿me entiendes? Es un negocio peligroso, sacarla de China… podría ser asunto de vida o muerte. Así que le respondí que si era auténtica, cosa que él me juró sobre la tumba de su madre, podríamos estar hablando de, digamos, veinte mil yuanes. No volvió por aquí -el marchante hablaba despacio, deteniéndose de vez en cuando en busca de palabras biensonantes.

Mei inspeccionó largamente al viejo. Tenía el pelo escaso y seco como hierba desenraizada; en la cara, una expresión de disculpa perpetua. Regentaba una tienda excesiva llena de cosas que nadie tenía interés en comprar. Aun así, continuaba amontonando más, en la esperanza de que algo le hiciera rico y la gente de altos vuelos tuviera que mirarle con otros ojos. Mei consideró la elaborada forma en que le había regateado el dinero que sostenía en la mano. He aquí un buscavidas con pretensiones, pensó. Hablaba de «conductos» y de «mercancía caliente». A juzgar por su aspecto y el de su tienda, no tenía ni medios ni arrestos para tanto.

– Francamente, no le creí -dijo el viejo-. Ya no quedan antigüedades valiosas de verdad. Mi familia lleva tres generaciones en Liulichang. En los años cincuenta, ellos venían y compraban todo lo que había de valor en las tiendas. Luego la Revolución Cultural se encargó de lo que hubiera quedado -al decir «Revolución Cultural» dejó de frotarse las manos, y por un instante bajó los ojos.

– ¿Quiénes son «ellos»?

– El gobierno: museos, universidades, bibliotecas, como quieras llamarlo -dijo-. Hoy en día sólo hay dos formas de conseguir cosas de auténtico valor: ser un ladrón de tumbas afortunado o un ojeador ambulante de antigüedades con suerte. El tipo no era ninguna de las dos cosas.