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Ling Bai estiró la mano tratando de agarrar la pata de la mesa, para tirar de ella y acercar el cuerpo al teléfono rojo cubierto con un paño que había en la mesita del vestíbulo. Sentía ya cómo se amortiguaba el dolor en el lado izquierdo de su cuerpo y supo que en unos segundos ya no sería capaz de moverse en absoluto. El corazón le batía con fuerza. Boqueó y boqueó, pero no podía respirar. Se debatió como una mujer que se ahoga pidiendo ayuda.

Yacía con la cabeza sobre el frío suelo. Recordó la primavera que entraba por la ventana de su cocina, abertura de un metro cuadrado en una caja de cerillas de seis pisos. Pensó en la pintura inacabada que tenía en su estudio; era un tema tradicionaclass="underline" un gato jugando con una pelota en un jardín de rocas. Ante ella estaba, contemplando la composición, mientras los panes rellenos de carne se cocían al vapor en el hornillo.

La luz del sol se había colado en la salita. Ahora el día era transparente y ligero. Ling Bai sintió su cuerpo flotar hacia la claridad y la paz del más allá. Cerró los ojos y dejó de luchar.

Sin embargo el dolor, terrenal y pesado, empezó a tirar de ella hacia abajo, para recordarle la oscuridad de la muerte. Ling Bai se contrajo involuntariamente y gimió. No le importaba morir, pero no quería irse antes de ser perdonada.

Capítulo 12

Cuando Mei llegaba a lo alto de las escaleras, su móvil sonó, sorprendiéndola. En lugar de cogerlo empujó la puerta de cristal para entrar en el blanco vestíbulo de una perfumería. Frente a ella, magníficos carteles de Shiseido y Dior. Las vendedoras con su maquillaje perfecto hablaban en murmullos de cremas y carmines. No había ni rastro de Wu el Padrino y sus amigos. Mei miró alrededor con irritación, preguntándose cómo habían podido desaparecer tan rápido y por dónde debería empezar a buscar. Su móvil sonó otra vez.

Esta vez lo cogió, intentando mantener la voz en un susurro:

– ¿Quién es?

Era Gupin, gritando. Tenía más acento de lo habitual.

– Cálmate. No entiendo lo que estás diciendo.

– ¡Rápido, Mei! A tu madre le ha ocurrido algo.

Veinte minutos más tarde, Mei machacaba el acelerador por las concurridas calles de Chaoyang en su Mitsubishi rojo. A la entrada de la carretera de circunvalación se detuvo, bloqueada en un atasco de taxis y coches particulares que pugnaban por meterse en la autopista. Mei dio un bocinazo largo y ruidoso.

La carretera de circunvalación se abrió como una navaja relampagueante bajo el cielo azul. Mei pasó el Puente de los Tres Principios y otros lugares que recordaba bien de camino al apartamento de su madre.

Años antes, cuando estaba en los últimos cursos de la universidad, hizo una excursión en bici por la costa Este. Había respondido a un anuncio de un tablón del recinto universitario que decía: «Tres estudiantes de doctorado de Ciencias Políticas buscan tres chicas que vayan con ellos en bicicleta para asistir al aniversario del terremoto de Tangshan. Que sean divertidas y aventureras».

Doscientas mil personas habían muerto en aquel terremoto de 1976. Diversión y aventura no eran exactamente las palabras que venían al pensamiento. Pero Mei respondió al reclamo de todas formas. Aquel viaje los llevó a los seis más allá de Tangshan. Tres semanas y ochocientos kilómetros más tarde, dos de las bicicletas estaban para el desguace. Las chicas estaban agotadas. Haciendo señas, detuvieron un camión para que los llevara en el último tramo de su recorrido y llegaron al Puente de los Tres Principios de Pekín cubiertos de picaduras de mosquito y arañazos menores. Ella todavía tenía una foto de los seis, sonriendo triunfantes en el puente, las bicicletas amontonadas en la acera como pura chatarra.

Aquél solía ser para Mei el camino de vuelta a casa. En aquellos tiempos era el símbolo de la recién hallada prosperidad pekinesa. Todavía quedaban campos verdes al norte de la carretera. «¿Dónde está mi casa ahora?», se preguntó Mei. Ella y Lu se habían marchado del apartamento de su madre hacía mucho tiempo. A medida que se construían más alturas, el paisaje que bordeaba la carretera fue adquiriendo formas nuevas e irreconocibles. Lo mismo que sus vidas.

Mei no había conseguido enterarse de qué le había ocurrido exactamente a Mamá. La asistenta, que había telefoneado a la oficina de Mei, estaba histérica. Mei había llamado de inmediato una ambulancia para que fuera al apartamento de su madre; luego marcó el número de la tía Zhao. Ella y el tío Zhao eran vecinos suyos desde hacía casi veinte años.

Pocas palabras se cruzaron cuando la tía Zhao volvió a llamar para contarle a Mei que había llegado la ambulancia y que se iba con ella al hospital.

– Te veré allí -dijo Mei, y colgó.

Salió de la carretera de circunvalación por el Jardín de Poniente y enseguida quedó atrapada en las lentas y estrechas calles del barrio de Haidian. Había tiendas y tenderetes a ambos lados del camino. Centenares de bicicletas se apretaban hacia el centro, llenando a veces por completo los espacios entre los autobuses y los coches. Los carros de caballos se movían despacio, por más que el paisano hiciera chasquear el látigo y gritara «Arre, arre».

Pasado el Palacio de Verano, aparecieron los montes de Poniente. El Gran Canal, guarnecido de blancos álamos, fluía despreocupadamente al pie de la montaña. Ya sin construcciones delirantes ni tiendas abarrotadas. Ya sin la uniformidad de la ciudad. El aire estaba más nuevo y más fresco.

En aquella tranquila ribera, en lo hondo de la sombra de los álamos, recordó Mei a una niñita de unos diez años enfrascada en la búsqueda de setas blancas que habían brotado tras una lluvia cálida.

– Mamá, ¿son éstas las buenas? -corrió hacia su madre, que andaba unos metros por delante, sacudiendo agitada las trenzas, bien abiertos los ojos.

– Son exactamente del tipo que estamos buscando -dijo su madre, guardando las setas con una honda inspiración. Madre e hija tenían un parecido asombroso: la forma de curvar las comisuras de la boca cuando hablaban, la rectitud de la nariz (un punto demasiado afilada, según algunos)…

¡Cómo le sonreía su madre! ¡Qué joven era, qué jóvenes eran las dos! La respiración de Mei se acortó, sus latidos se aceleraron. Apenas podía sujetar el volante. Sentía que las entrañas se le iban a escapar del cuerpo. Le rodaron lágrimas por la cara. Aquellos días felices se desenfocaron en su imaginación.

El Hospital nº 309 era uno de los cuatro hospitales militares de Pekín. Una recepcionista malencarada volvió la vista con reticencia cuando Mei le preguntó dónde estaba la sala de urgencias.

– Primer piso -respondió bruscamente.

Mei se abrió paso escaleras arriba sin esperar al ascensor. Encontró cuatro pasillos oscuros. Los cansados parientes estaban tumbados en bancos, acuclillados o sentados en el suelo. Algunos comían.