Выбрать главу

»El marchante se llama Wu el Padrino y es especialmente desagradable. Le seguí la pista hasta el Centro Lufthansa y allí se encontró con otro tipo. Por desgracia no los pude seguir, pero apunté la matrícula del coche del otro y le he pedido a una amiga de la Dirección de Tráfico que la busque en los archivos. Sospecho que nuestro hombre de Luoyang sigue en Pekín. Pu Yan dijo que la vasija podría haber alcanzado los cuarenta mil yuanes. Eso es un montón de dinero, ¿por qué iba a irse de Pekín sin probar la buena vida?

– ¿Pero cómo le vas a encontrar? En Pekín hay diez millones de personas -el tío Chen sonaba preocupado.

– Empezaré por el principio: la Estación Oeste de Pekín. ¿Me puedes encontrar algo de guanxi dentro de la estación? Cuanto más alto sea el cargo, mejor.

– ¿Cuándo quieres ir?

– Esta noche. Es mejor que nos demos prisa. Creo que hemos revuelto la hierba: las serpientes están asustadas.

– Déjame que haga unas llamadas -dijo el tío Chen-. ¿Dónde estás?

– En la oficina.

– Luego te llamo.

A la media hora sonó el teléfono. Mei anotó la información en un papel, que luego dobló y guardó en su monedero. Metió el monedero, un bote de spray antivioladores y una pequeña linterna en un bolso de nailon negro. Se aseguró de que su móvil tenía suficiente batería. Luego se colgó el bolso del hombro y salió.

El viento se había extinguido. Las nubes se espesaron, arrebujadas como una acogedora manta. Las luces se encendieron, iluminando la Estación Oeste de Pekín, un edificio nuevo con la forma de las antiguas puertas de la ciudad, con cuatro torrecillas en forma de pagoda. Frente a él, gente sentada sobre su equipaje esperaba autobuses. Los vendedores de comida andaban por entre la multitud gritando: «¿Tiene hambre? ¡Coma bollos calientes rellenos de carne!».

Dentro de la estación, rostros frescos y ojos exaltados se maravillaban de la rutilante decoración. Había un flujo constante de avisos por los altavoces, anuncio de salidas, retrasos, niños y adultos perdidos. Trabajadores de provincias corrían de aquí para allá con costales al hombro. Las familias se arracimaban en blancas salas de espera, compartiendo cenas de fritanga con arroz en bandejas de cartón. Otros dormían, tendidos como cadáveres en los largos bancos.

Mei se detuvo ante la oficina del jefe de estación. En la puerta, un cartel rezaba: «Vagabundos no».

Empujó y abrió la puerta. Dentro contó ocho personas sentadas en un banco pegado a la pared. Mei se acercó a la mujer joven que estaba tras el mostrador y preguntó por el jefe de estación.

– ¿Quiere hacer una reclamación? -la mujer empujó a un lado una brillante revista y alzó los gruesos párpados-. Rellene un impreso y espere ahí.

– No, es un asunto privado -dijo Mei.

Ella la miró de arriba abajo:

– ¿Qué tipo de asunto privado? -su tono ya no era tan seco.

Mei se inclinó sobre el mostrador:

– Dígale por favor que soy una amiga del señor Rong Feilin, de la Dirección de Ferrocarriles.

La mujer se levantó y desapareció por la puerta que había detrás del mostrador. Enseguida, Mei oyó moverse una silla. La puerta volvió a abrirse, y un hombre corpulento con el uniforme ferroviario gris y rojo se acercó para saludarla. Su sonrisa solícita llegó antes que su mano.

– Entre, por favor -le dijo. Se dieron la mano.

– Soy Wang Mei -dijo ella.

– Yo me llamo Li Gou. Soy el subjefe de estación. El jefe de estación se ha ido a casa. ¿En qué puedo ayudarla? -tenía la boca llena de dientes marrones-. Xiao Yang -le dijo a la mujer del mostrador-: té.

Xiao Yang asintió y salió.

– Siéntese, por favor. Qué día tan malo, de pronto ha vuelto el frío -el señor Li arrastró una silla para sentarse cerca de Mei-. ¿Qué tal sigue el camarada Rong? Yo antes trabajaba para él; bueno, no directamente. Él era el jefe de la Estación de Pekín y yo era uno de los encargados de pasajeros. Luego el camarada Rong fue ascendido a la Dirección de Ferrocarriles. No sé si se acordará de mí; antes de venirme aquí, yo llevaba la línea Pekín-Cantón.

Mei sonrió y no dijo nada.

– Bueno, bueno -volvió él a enseñarle a Mei los dientes y se alisó el uniforme-. Hablemos de lo que la trae aquí.

– Estoy buscando a un hombre que llegó de Luoyang a Pekín hace dos semanas. Puede que dejara algún objeto de valor en la consigna. Me gustaría ver el libro de registro.

– Desde luego -dijo el señor Li. Se levantó y se metió detrás de su escritorio a consultar sus libros.

Llegó el té. Xiao Yang les sirvió una taza al señor Li y otra a Mei y se fue.

El señor Li abrió un gran cuaderno y fue recorriendo las páginas con el dedo. Cuando encontró la página que buscaba, dijo:

– Esta noche el encargado de servicio en la consigna de equipajes es… eh… Tang Yi. Le diré a Xiao Yang que la acompañe hasta allí.

Cogió su taza de té y volvió a sentarse junto a Mei.

– Me temo que la persona que hizo la anotación quizá no esté esta noche. Normalmente hay dos turnos, uno de mañana y otro de noche. No estoy seguro de cómo llevan allí los turnos exactamente. A veces los van rotando. Tang Yi le podrá dar más detalles.

– ¿Puedo ir ahora? -preguntó Mei, dejando su té sin tocar.

– Por supuesto, como usted quiera -dijo el señor Li, levantándose.

– Le diré al camarada Rong que ha sido usted de gran ayuda -dijo Mei.

– Gracias. Si puedo atenderla en algo más, hágamelo saber -los dientes marrones se desplegaron en una mueca.

Mei siguió a Xiao Yang hasta la consigna de equipajes. Ante el mostrador se había formado una pequeña aglomeración; era difícil decir dónde estaba el final de la cola o si había llegado a haberla. Dos mujeres de aspecto idéntico manejaban aquel cotarro con la menor cantidad posible de palabras y miradas. Llevaban los uniformes abotonados con desgaire. Gruñían a los clientes como gatos ansiosos. Estaban llegando al final de su turno.

– ¿No le he dicho que se aparte? Todavía no necesito su carné de identidad. ¡Rellene primero el impreso! -chillaba la mayor de las gemelas.

Xiao Yang se aproximó a ella y le preguntó por el encargado, y le respondieron que estaba en la parte trasera.

El señor Tang se levantó de un salto cuando entraron Mei y Xiao Yang. Intentó apagar el pitillo con una mano y ponerse la gorra con la otra.

– Xiao Yang, ¿qué viento te trae hasta mí? -su sonrisa era amplia.

– La señorita Wang es de la Dirección de Ferrocarriles -dijo Xiao Yang con voz de hielo-. Necesita ver vuestros registros. El jefe de estación Li dice que la ayudes en todo lo posible, y quiere saber los resultados.