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Luego se despidió amistosamente de Mei.

El señor Tang siguió con los ojos a Xiao Yang hasta que hubo salido por la puerta. Luego volvió a echar la gorra encima de la mesa y se encendió otro pitillo. No le apetecía ayudar a Mei ni a nadie. Le contrariaba ostensiblemente que su jefe le hubiera cargado con tan pesada tarea. Estaba pálido y tenía aspecto de necesitar un trago.

Se apoyó hacia atrás en el borde de su mesa, soplando el humo por entre los dedos amarillos:

– ¿Qué es lo que busca?

– Me gustaría ver el registro de entradas en la consigna de hace dos semanas -dijo Mei-, y también hablar con las empleadas.

El señor Tang aspiró de su pitillo. Se dirigió a una vitrina y empezó a sacar carpetas.

– En esta oficina sólo se guardan las cuatro últimas semanas -murmuró, con el pitillo columpiándose de la comisura de su boca. Un humo fino merodeaba a su alrededorcomo una amante celosa-; el resto se manda a los archivos. Pensará usted que en estos tiempos hay poca gente que tenga cosas de tanto valor como para pagar por dejárnoslas aquí. Pues se sorprendería. Hay todo tipo de chatarra aquí metida.

El señor Tang soltó una pila de papeles sobre la mesa, delante de Mei. Luego volvió a su acodamiento, con un nuevo pitillo en la boca.

Mei empezó a repasar las anotaciones. La gente dejaba todo tipo de cosas en la consigna: una urna de cenizas, un sobre sellado, un bulto pequeño envuelto en tela ordinaria, un pájaro vivo en su jaula… Venían de cualquier parte del país para dejar allí un trozo de sus vidas: de los campos de arroz del sur, de los bosques cubiertos de carámbanos del noreste, de las praderas, los caballos y las montañas del oeste. Algunos eran de Luoyang, donde empezaba la Ruta de la Seda. Mei separó esos registros.

Uno de los halógenos titilaba. El señor Tang cogió de un rincón una escoba y golpeó el tubo sin resultado.

– ¿De qué departamento de la Dirección ha dicho que es? -preguntó.

– No lo he dicho -dijo Mei.

El señor Tang se quedó callado, y así permaneció durante los veinte minutos siguientes. Al fin, Mei levantó la vista y le dijo:

– ¿Puede decirle a alguna de sus camaradas que venga a verme?

El señor Tang estrujó el pitillo en un pequeño espacio del cenicero y lo convirtió en colilla. Se puso la gorra y, dando un ruidoso portazo, salió.

Mei esperó. Al cabo de un largo rato el señor Tang volvió con la más joven de las gemelas, de unos veintitantos años, no guapa pero sí de ojos vivaces. Tenía las mejillas enrojecidas de haber pasado horas detrás del mostrador, y resecas del aire rancio de la estación. Entró decidida.

– ¿Cómo está usted, camarada Wang? -tenía la voz aguda. Le tendió la mano-. Me ha dicho el viejo Tang que es usted de la Dirección. Yo me ocupo de la consigna. ¿Puedo sentarme? -se acercó una silla y esperó.

Mei se volvió al señor Tang:

– ¿Podría disculparnos?

Él miró hacia otro lado. Con el índice y el pulgar se quitó algo de tabaco de entre los dientes.

– ¡Por favor! -ordenó Mei.

Después de darle una última calada a otro pitillo, el señor Tang tiró la colilla al suelo y la aplastó con el pie. Luego cogió su gorra y salió del cuarto.

– ¿Recuerdas a este hombre: Zhang Hong? -Mei le pasó a la chica una hoja de papel-. Aquí dice que depositó una gran caja de madera el día uno de abril y que la recogió cinco días más tarde. La caja sería como mínimo así de grande -Mei dibujó un rectángulo con las manos-. Creo que era un tipo fuerte, de estatura mediana, y con una cicatriz justo encima del ojo izquierdo. Tenía acento de Henan.

La joven asentía y le sostenía la mirada a Mei. Mientras la escuchaba, adoptó la expresión de quien busca en un largo y tortuoso túnel de recuerdos.

– Llevaba algo de mucho valor en la caja. Puede que estuviera nervioso o alterado o que hiciera algo fuera de lo corriente -dijo Mei-. Pienso que habrá venido alrededor de las seis de la tarde a recoger la caja. Hay dos trenes diarios a Hong Kong y a Shenzhen más o menos a las ocho de la tarde, ¿verdad? -de acuerdo con los cálculos de Mei, eso le habría dado al tipo el tiempo suficiente para completar la transacción de la vasija ritual e irse en el siguiente tren a la región de Hong Kong.

La mujer frunció el ceño, inclinó la cabeza hacia un lado y cerró los ojos. Mei imaginó su silencioso repaso del día a día, peinando el recuerdo de caras que hasta ese momento no significaban nada.

Mei continuó, con la esperanza de que algo de lo que había dicho o estaba a punto de decir pudiera despertar la memoria de la joven.

– Era la primera vez que venía a Pekín. Tenía grandes planes. Había venido a hacerse rico. Yo diría que traía guardarropa nuevo para la ocasión: zapatos nuevos, ropa nueva, corte de pelo nuevo, maleta nueva, el conjunto entero.

La mujer abrió los ojos; tenía la mirada desenfocada. Los volvió a cerrar y a abrir. Luego habló:

– Creo que ahora me acuerdo. Tenía una gran cicatriz, como si se la hubiera hecho una máquina -bizqueó-. Sí, llevaba un traje nuevo, pero de aspecto barato, y una bolsa de mano de cuero, como suele llevar la gente de provincias -le dedicó a Mei una sonrisa cómplice-. Llevo muchos años trabajando en el ferrocarril. Siempre es igual -su pensamiento había llegado al final del túneclass="underline" la luz se acercaba. Su memoria se empezó a acelerar-. Todos quieren estar elegantes cuando vienen a una ciudad grande como Pekín, con peinados nuevos y ropa nueva que están de moda en sus ciudades. Pero todos acaban pareciendo animales del zoo. Yo les huelo la suciedad a un li de distancia. Así que al principio no presté atención a ese, cómo se llamaba, Zhang Hong.

– Pero te fijaste en él.

– Al final, sí. ¿Por qué? Ahora me acuerdo. Había mucho que hacer aquella tarde. Le dije que todo el mundo tenía prisa y que tenía que ponerse a la cola. Estuvo trajinando y protestando, unas veces de nuestros servicios y otras de otras cosas. Odio a la gente así. ¿Quiénes son ellos para decirnos que no ofrecemos un buen servicio?

»Ya me acuerdo, tan claro como si hubiera sido ayer. Cuando por fin le traje la caja, me gritó con un acento muy fuerte (puede que fuera de Henan, no lo sé): «¡Con cuidado, con cuidado, que es valiosísimo!».

»Todos se creen que lo que traen es el oro y el moro, cuando en realidad no vale un céntimo. Vemos un montón de gente así por aquí. ¿Sabe usted que nuestra Estación Oeste es la más grande de Asia? A veces estamos tres personas atendiendo; a veces, como hoy, sólo dos. La gente no sabe cómo es esto, o no lo entienden o son demasiado estúpidos; llegan tarde y quieren sus cosas. Nos insultan y pretenden darnos órdenes. Servimos al pueblo, pero no somos sirvientas.