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Ella iba de la mano con Yaping. Podía sentir el calor de su contacto. Sus pensamientos derivaron; en su sueño, empezó a flotar. Alcanzaron la cima y hacía sol. Mirando alrededor, no se veía más que interminables montañas cubiertas de azaleas rojas. Sólo que ahora ya no iba de la mano con Yaping.

Tenía seis años. Iba de la mano de su padre.

Bajaban andando un largo sendero de montaña, precedidos por el vigilante del campo de trabajo. Tras ellos, agitándose como hoja seca al viento, trastabillaba una anciana que había venido a visitar a su hijo y que ahora se volvía a casa. Ella era la encargada de llevar a Mei hasta la lejana Kunming, la capital del Yunnan. Allí la recogería un conocido de su madre que iba a ir a Pekín en tren.

El padre de Mei llevaba al hombro un bulto gris que contenía las pertenencias de Mei: su ropa, dos toallas de manos de las que daban en los campos de trabajo, un cepillo de dientes, una taza de aluminio y pequeños juguetes hechos de alambre, cartón y caperuzas de dentífrico. Llevaba también una libreta que su padre hizo juntando papeles amarillentos que fue encontrando y en la que él mismo había escrito de memoria poemas de la época de los Tang. Mei había prensado con cuidado entre aquellas páginas los pétalos que fue recogiendo.

Conversaron, como hacen padres e hijas, sobre el tiempo que habían pasado juntos y el tiempo que volverían a compartir. Mei iba recorriendo con los dedos las azaleas a su paso, haciendo que las flores rojas bailaran alegres como mariposas.

A mediodía llegaron al camino de tierra que había al pie de la montaña. Desde la ladera de un monte, una fría cascada se lanzaba a un pilón y de ahí, por un tubo de cemento semienterrado, caía al río que había debajo. Esperaron junto a la cascada. Los pájaros cantaban desde más allá de los árboles. A lo largo de los montes, radiantes de los vivos colores del sur, el camino se extendía ante ellos.

«¿Hasta dónde llega el camino?», se preguntó Mei. «¿Hasta dónde llegan los árboles, las montañas gigantescas y el río?»

El tiempo se iba en un tictac sin prisa. Un viejo autobús apareció a lo lejos. Lo miraron acercarse cada vez más, hasta que por fin se detuvo con estrépito ante ellos.

El padre de Mei le alcanzó el bulto al conductor del autobús, que lo puso encima del vehículo con otros equipajes.

La anciana, a quien le habían dicho que debía llamar Abuela, la cogió de la mano.

– No te preocupes, camarada Wang. La pequeña Mei estará bien conmigo – la Abuela empezó a subir al autobús.

Pero el padre de Mei no la dejaba marchar:

– Diles a tu madre y a tu hermana que las echo de menos. Diles que estaré de vuelta pronto.

– ¡Se va el autobús! -gritó el conductor, trepando hasta el interior de su cabina.

La Abuela hizo subir a Mei apresuradamente.

– Sé buena, Mei -gritó su padre-, hazle caso a la Abuela. ¡Te veré en Pekín!, ¡te lo prometo!

El autobús arrancó a toser y sacudirse. Mei corrió a la enfangada ventana trasera y se arrodilló en el asiento de madera. Agitó febrilmente los bracitos.

– Adiós -gritó, sonriendo tan ampliamente como si el sol estuviera dentro de ella y fuera a lucir siempre-. ¡Te veré en Pekín, papá!

El camino empezó a tirar hacia atrás de su padre y del vigilante, mientras ella se despedía con la mano, primero despacio, y luego más rápido. Finalmente se redujeron a dos figuras perdidas, con los verdes montes colgando sobre ellos como a punto de aplastarlos. Entonces el autobús dobló la curva. Ya no estaban.

Mei se despertó. La luz cegadora del sol había asaltado su pequeño apartamento de alquiler junto a la transitada carretera de circunvalación. Jamás volvió a ver a su padre después de su despedida en aquel camino polvoriento veintitrés años atrás.

Mei giró la cabeza para mirar el despertador negro que hacía tictac en su mesilla. Era tarde, pero no conseguía levantarse. Sentía que se había desecado su voluntad. Junto al despertador había un pequeño retrato en blanco y negro de su padre. La foto se había desvaído con los años. Tras la muerte de Papá, Mamá tiró todas sus cosas: sus manuscritos, sus fotos y sus libros. Ese retrato fue lo único que Mei logró salvar. Lo había llevado consigo, escondido en un ejemplar de Jane Eyre, al internado y a la universidad. No le enseñó la foto a nadie, ni tampoco habló de su padre. Era su secreto, su dolor y su amor.

Mei vio a su padre sonriéndole desde dentro del marco. Oyó su propio corazón latiendo latidos sin eco. Pensó en la felicidad que podía haber sido.

La tormenta había traído aire fresco y una cómoda temperatura a los tenderos que atestaban la acera a lo largo de la calle de los Centros Universitarios. Tiendas de ropa, peluquerías y supermercados tentaban a los viandantes con nuevos estilos y descuentos. Vendedores de frutas y verduras, con la mercancía en altas pilas sobre carretas, voceaban sus precios. Una campesina con pantalones anchos agitaba un abanico de paja sobre un montón de sandías. Las moscas también habían vuelto.

Detenida en el semáforo del Cruce de Tres Aldeas, Mei tamborileó con los dedos en el volante. No podía permitirse parar, llegaba horriblemente tarde. Había pasado demasiado tiempo lavándose, secándose y arreglándose el largo pelo liso. Se había puesto maquillaje y luego se lo había vuelto a quitar.

¿Por qué le importaba siquiera? Sacudió la cabeza. Nunca le importó mientras estaba en la universidad. Entonces era una marginal que nunca quiso integrarse. ¿Qué había cambiado?

Al final de la calle de los Centros Universitarios, Mei giró hacia el norte, siguiendo los altos muros de la Universidad de Qinghua. El tráfico había disminuido. Los ciclistas circulaban sin prisa por la sombra de los álamos. Mei adelantó a un grupo de estudiantes en sus bicicletas. Parecía que iban a pasar el fin de semana a los montes de Poniente.

Recordó haber transitado por esa calle en concreto cuando ella misma era estudiante. La suya y la de Qinghua eran universidades hermanas, así que por tradición la clase de Mei tenía conexión amistosa con una clase compuesta por cuarenta y cinco ingenieros electricistas de la Universidad de Qinghua. Los ingenieros, hombres casi todos, eran entusiastas organizadores de guateques amistosos; había muchas chicas en la clase de Mei. El aire de aquellas noches era caliente, y las estrellas titilaban como ojos. Las farolas de la calle brillaban suavemente por entre la brisa perfumada de jazmín. Se recordó sentada en la parte de atrás de la bicicleta de Yaping, con la larga melena volando al viento. La noche era pura y los grillos cantaban al pie de la pagoda que hay junto al lago Weiming.