Mei dejó la pregunta sin respuesta, en espera de que la chica continuara. Al ver que no lo hacía, dijo:
– Has mencionado que Zhang Hong hablaba de hacerse rico otra vez. ¿Te dijo de dónde iba a sacar el dinero? -las preguntas no encajaban en el tono de la conversación, pero Mei necesitaba algunas respuestas.
– ¿Qué dinero? -Lili bajó la vista; hasta entonces había estado mirando al nido que había en lo alto del árbol-. ¿Me estás espiando? -contempló a Mei como si nunca la hubiera visto antes.
Mei dio un paso atrás. De pronto había percibido algo turbio y siniestro tras la mirada de Lili, algo que no cuadraba realmente con aquel rostro de mejillas rosadas e inocencia infantil.
– No te preocupes, se hará rico y compartirá conmigo su dinero -Lili acercó su cara a la de Mei-. El ojo de jade -susurró.
Sorbió ruidosamente con la nariz y empezó a contonearse. Enroscó el índice en su pelo rizado, como un taladro. Sus ojos redondos se nublaron. Soltó una risita.
Mei se preguntó para qué sería en realidad la medicina. En aquella chica había algo que no andaba bien.
El hombre de la bicicleta estaba calentando cola en un hornillo. Un olor punzante se elevó de las volutas de fino humo negro.
Mei salió en silencio de aquel patio a la normalidad de las callejuelas ruidosas y las cuerdas de ropa tendida.
Capítulo 22
Mei llamó desde el coche a su oficina. Gupin le dijo que la había llamado la señora Fang, de la Dirección de Tráfico.
– Ha pedido que la llames -dijo.
Fang Shuming sonaba cauta al teléfono.
– ¿Podemos vernos? Es mejor que hablemos cara a cara.
Mei tuvo la impresión de que Shuming le había encontrado algo. Acordaron verse después del trabajo en el parquecillo de la calle de las Diez Mil Fuentes.
En el parque, un hombre barbado intentaba hacer volar una cometa. Se humedecía el dedo índice y lo ponía al viento; luego corría con la cometa, cada vez desde un ángulo distinto. Mei contemplaba el forcejeo de la cometa desde el pabellón.
En la calle el tráfico rugía. La gente iba camino de sus casas a cenar. Los autobuses más que abarrotados pasaban oscilantes.
Mei pensó en Zhang Hong. Seguro que en algún momento había tomado uno de aquellos autobuses. Puede que pasara junto a pequeños parques como ése. Quizá había visto el hotel Esplendor desde un autobús, le había gustado su aspecto y se había trasladado allí cuando consiguió el dinero. Pero ahora era un cuerpo frío que yacía en el depósito de cadáveres. ¿Le habrían asesinado los matones de la casa de juego? ¿Habría habido lucha? ¿Le habrían envenenado? ¿Para qué?
Mei pensó en Lili, la chica con mentalidad de catorce años y cuerpo de veinte: al parecer no tenía ni idea de lo lejos que había ido ni de cuál era su sitio.
Una joven pareja de inconfundibles trabajadores de provincias se había sentado en uno de los pétreos bancos de la glorieta. La chica tenía la cabeza apoyada en el regazo de su novio. Parecía exhausta. El jersey ajustado que llevaba se le subía por la tripa desnuda. Él tenía aspecto de acabar de salir del trabajo, quizá de la cocina de algún hotel o algún restaurante. De vez en cuando se besaban, no apasionada sino dolorosamente. Dos jubilados del barrio que se estaban dando su paseo diario por la glorieta lanzaban miradas malintencionadas a la joven pareja.
A unos metros de allí, un gorrión despreocupado daba saltitos a lo largo de un sendero de piedra, buscando comida. El viento había amainado un poco y el aire estaba empezando a refrescar. Una fragancia distante de clavo infiltraba el atardecer cual mínima gota de pigmento en el agua clara.
En la distancia estalló una cacofónica percusión de tambores y címbalos. Mei escuchó mientras el sonido se iba acercando. Apareció una procesión de danzantes de yangge: hombres y mujeres de cincuenta o sesenta años, con maquillajes chillones. Los bailarines llevaban pantalones de seda de anchas perneras y camisas con mangas de farol. Sus pies, con calcetines blancos y zapatillas de tela, se movían como locos. Al tiempo que avanzaban, meneaban las cabezas y agitaban a su alrededor con exuberancia pañuelos de seda roja. Tenían las caras brillantes de embeleso.
El yangge era en origen una danza popular campesina que se ejecutaba alrededor de una hoguera en las aldeas y en los campos. Era un baile de celebración que remedaba el nacimiento de las flores y el batir de las alas de los pájaros. El Ejército de Liberación Popular había llevado el yangge a las solemnes ciudades. Más tarde, en algún punto del sinuoso camino de la revolución, el yangge fue transformado en una manifestación artística. Pero a la muerte del Presidente Mao el yangge fue devuelto a puntapiés a los lejanos campos. Lo que estaba de moda en las ciudades eran los bailes de salón, elegantes y occidentales: Ling Bai y sus vecinos tomaban lecciones en el Centro de Actividades de los Camaradas; Mei bailaba el foxtrot en cantinas estudiantiles convertidas los domingos por la noche en salones de baile; Lu era una de las mitades de la pareja ganadora de los Bailes de Salón de la Liga Universitaria. Sin embargo un año antes, sin previo aviso, el yangge había resurgido, sin que nadie supiera cómo ni por obra de quién. De golpe había en Pekín miles de procesiones vespertinas de yangge, organizadas por los propios ciudadanos, que producían el caos en la circulación.
Mucha gente se detenía a contemplar a los danzarines de yangge. Algunos los señalaban con el dedo y se reían. Un grupo de adolescentes en chándal, que volvían a sus casas tras un partido de fútbol, los contemplaba en silencio, con aspecto de disgusto y horror.
Una mujer regordeta que iba empujando una impecable bicicleta Paloma Voladora se abrió paso hasta el pabellón. Era una mujer muy cuidadosa con su indumentaria: había escogido una bufanda de seda a juego con el color de su chaqueta, y llevaba unos finos zapatos de tacón propios de una mujer diez años más joven. Aparcó la bicicleta cerca del pabellón y subió los escalones de piedra. Su pelo permanentado apenas se movió.
– Paso por aquí todos los días, pero nunca me había detenido -dijo Shuming, alisándose la chaqueta de fieltro azul-. ¡Caramba, desde aquí se ven hasta los pies de los bailarines!
– Me alegro de verte, Shuming. Estás estupenda -Mei se levantó a saludar a su amiga. Ella había ayudado a Shuming en su divorcio.
– Uf, qué va. Qué le voy a hacer: demasiado trabajo -Shuming se sentó-. ¿Sabías que todos los meses se solicitan diez mil matrículas nuevas en Pekín? Tiene que haber lista de espera. Nosotros no podemos con ello, y las calles de Pekín tampoco.