Выбрать главу

La mención de su madre, como una piedra arrojada al agua en calma, le perturbó el ánimo. De pronto oyó a Guang: tenía el brazo alrededor de la cintura de la camarera de aspecto corriente y cantaba a grito pelado. Abandonado en el sofá, su busca estaba sonando, y no era la primera vez: su mujer se tenía que estar irritando. Hermana Mayor Hui sostenía una acalorada discusión con el director de orquesta. El donjuán y su novia habían vuelto a su besarse y manosearse.

Yaping no advirtió el cambio de humor de Mei.

– ¿Recuerdas esas excursiones a la montaña que hacíamos para fotografiar el mundo silvestre? Te emocionabas tanto que apenas reparabas en mí. Y los picnics que hicimos. Llevábamos las tarteras de aluminio llenas de zumos de esos aguados con burbujas, que de zumo no tenían nada, ¿no crees?: puros químicos tóxicos. Pero cómo echo de menos su sabor; los estoy buscando desde que he vuelto, pero parece ser que ya no los hacen.

Llegó el té, pero Mei había perdido el apetito.

– Lo siento, me tengo que ir a casa -dijo con tristeza. Sintió cómo la soledad pesaba de pronto sobre ella-. Mi madre está en el hospital. Necesito ir a verla mañana por la mañana.

– ¿Qué le pasa?

– Le dio un ataque. El médico ha dicho que puede que no se recupere.

– Cómo lo siento. No lo sabía.

– Me encantaría quedarme y ponerme a tono, pero… -bajó las largas pestañas. La vida estaba llena de decisiones difíciles.

– Deja que te lleve a casa -dijo Yaping, levantándose.

– No. No puedes dejar así a todos estos amigos. Han venido especialmente para verte.

– Entonces coge mi coche; que mi chófer te deje en casa.

Él le dio la mano, y ella se la cogió. Mirándole a los ojos, sintió cómo las fuerzas se le escapaban. El tacto de su piel era cálido y sugerente.

– ¿Ya te vas? -Hermana Mayor Hui y el director de orquesta se pusieron de pie.

– La madre de Mei está muy enferma, y ella tiene que ir al hospital por la mañana -explicó Yaping.

El donjuán y su extensión corporal pararon su abrazo el tiempo suficiente para decir adiós. Guang ya no tenía remedio, agarrado a la camarera, cantando y llorando.

Yaping le pidió a la camarera de pelo largo que le dijera a su chófer que trajera el coche. Informó a sus amigos de que estaría de vuelta enseguida, recogió el abrigo de Mei y salieron.

La discoteca había cerrado, la multitud se había ido y el pasillo estaba vacío. Andaban el uno junto al otro.

– Vuelvo a Estados Unidos mañana por la tarde. ¿Puedo verte otra vez?

– No sé.

– Déjame que te lleve mañana al hospital.

– Tengo coche.

Anduvieron en silencio un rato y luego llegaron al patio cubierto. Los tacones de Mei tamborileaban en el suelo de mármol. Los ascensores de vidrio estaban anclados en la planta baja. El espacio vacío permanecía iluminado como un palacio de cristal.

– Quiero explicarte por qué me casé -dijo finalmente Yaping. Lo dijo de forma cuidadosa; sonó como si hubiera ensayado la frase muchas veces. Mei oyó cómo le palpitaban las palabras en la garganta.

– No hay nada que explicar -le dijo.

– No, es que quiero hacerlo. Llevo mucho tiempo queriendo hacerlo; pensé en escribirte.

Había refrescado. Faltaban pocas horas para que se hiciera de día. El conductor esperaba con sus guantes blancos.

– Me alegro de haberte vuelto a ver -dijo Yaping.

– Yo también me alegro de haberte visto.

Mei trepó al asiento trasero del coche. Notó el cuero frío.

– ¿Le apetece un poco de música, señorita? -preguntó el conductor. Iban pasando por delante de los chalés del barrio de las embajadas. Las banderas estaban arriadas. Las luces estaban apagadas y los guardias, descansando.

– Sí, por favor -Mei se echó hacia atrás y cerró los ojos.

El sonido sensual de una voz de jazz salió flotando del estéreo del coche. Fuera, las calles oscuras corrían silenciosas, dejando atrás sus farolas apagadas. La noche estaba azul. Había aparecido un resplandor en la línea del horizonte; hacía señales a lo lejos, fuera de su alcance.

Capítulo 25

Mei se despertó con dolor de cabeza. No recordaba haber bebido mucho vino. No podía haber tomado ni medio vaso. Aun así, tenía la cabeza pesada.

Se acercó a la ventana y la abrió. El ruido del tráfico se vertió dentro como si estuvieran pasando por su salón. Mientras ella dormía, el mundo de cinco pisos más abajo había vuelto a la vida. Dejó una mano fuera y sintió el sol caliente. Ésa era la locura de la primavera en Pekín, pensó. Un día estaba invernal y el siguiente era un preludio del verano.

Mei estaba a punto de salir cuando sonó el teléfono. Era Lu.

– Mamá está peor. La trasladan al Hospital nº 301.

– ¿Qué ha pasado? Ayer estaba bien.

– No lo sé. Y la tía Pequeña tampoco. Sólo le han dicho lo que van a hacer, sin explicaciones. Estoy esperando a que el médico de guardia me devuelva la llamada, si es que lo hace.

– ¿No deberían habernos consultado antes de hacer una cosa así? -la rabia se elevó en el pecho de Mei, la voz le salió forzada, la respiración se le aceleró.

– Sí, deberían. Pero no lo han hecho, ¿vale? ¡No nos sirve de nada discutirles su forma de proceder!

– ¿Por qué la tomas conmigo? -estalló Mei.

– Bueno, la tomo con todo el mundo. La tía Pequeña no resulta muy útil en casos como éste. Y tú ¿dónde has estado?

– Ah, no me lo puedo creer. ¿Me estás echando la culpa por no haber estado allí? -replicó Mei-. ¿Por qué no estabas tú? Tú habías dicho que ibas a ir ayer al hospital, por eso no fui yo.

– Bueno, yo tengo un montón de obligaciones.

Mei sintió que el cuerpo se le tensaba y los brazos le empezaban a temblar. Tenía ganas de colgar de golpe el teléfono.

Pero encontró difícil rebatir a Lu. Lo que decía era cierto: nada había impedido a Mei estar al lado de su madre. Ella no tenía una carrera propiamente dicha. No tenía una familia, ni nadie a quien proteger o agradar. Aun así, no había cumplido con lo que era su deber de hija: cuidar a su madre. Se arrepentía de no haber ido al hospital la noche anterior, deseaba más que ninguna otra cosa haberlo hecho. Aflojó la mano del teléfono, súbitamente desbordada de remordimiento.

– Tienes razón. No tiene sentido que nos peleemos. Me voy al Hospital nº 309, estaba a punto de salir para allá en cualquier caso -le dijo a Lu.

– Yo iré al 301.

Colgaron. Mei cerró la puerta con varias vueltas de cerrojo y luego voló escaleras abajo. Había un niñito sentado en un escalón dibujando círculos con un trozo de tiza; Mei casi se lo lleva por delante.