Se metió en su coche. Cuando intentó girar la llave de contacto, las manos le temblaban. Por la calle, la gente pasaba en bicicletas cargadas de compras. Los niños jugaban y los vecinos charlaban al sol. Volvió a girar la llave: el motor rugió. Segundos más tarde, entre goma quemada y revoloteo de basura, arrancó.
En el Hospital nº 309, Mei le pagó diez yuanes por un pase de visita al amodorrado soldado de la ventanilla. Se lo enseñó al vigilante y entró. Corrió escaleras arriba hasta el largo corredor oscuro. La oficina de las enfermeras estaba abierta, pero vacía.
Parada en mitad del pasillo oscuro, Mei de pronto se percató del silencio. Todas las puertas estaban cerradas. No había nadie alrededor, ni carritos de agua hervida, ni parientes durmiendo en el suelo. Era como si hubiera tenido lugar una evacuación, como si ella estuviera en un edificio abandonado escuchando el paso del tiempo.
Se le encogió el corazón; no por ella misma, sino por su madre. Las paredes, vacías y encaladas, parecían estar mirándola. Con la imaginación se puso a dibujar formas absurdas en ellas.
Se dio la vuelta bruscamente y anduvo a paso ligero pasillo abajo, luego hacia la derecha y cruzó el corredor en voladizo hasta el despacho del médico. Salían voces del cuarto: una mujer se reía, unos hombres hablaban. Mei empujó la puerta y vio la larga mesa con unas cuantas cosas encima: una taza, un periódico en desorden, un montón de pipas de girasol tostadas, un par de pies sin zapatos con un dedo gordo asomando fuera del calcetín negro.
La televisión estaba encendida y el médico, con la boca abierta, abriendo y cerrando las ventanas de la nariz, sesteaba. Las gafas se le habían resbalado hacia un lado. Mei dio unos golpecitos en la puerta y él abrió los ojos. Era el mismo médico joven con el que había hablado el primer día.
Quitó los pies de la mesa y se enderezó en su asiento, colocándose las gafas.
– ¿Sí? -preguntó. Se enjugó una comisura de la boca con la manga de su bata blanca.
– ¿Cuándo han trasladado a mi madre? -preguntó Mei, mirándole con desprecio.
El médico se acomodó las gafas. Parecía confundido.
– ¿Es usted… la hija de Ling Bai?
– Sí, una de ellas.
Él se puso aún más derecho en su silla, con la espalda recta, y miró su reloj de pulsera:
– Hace media hora, o quizá tres cuartos de hora.
– ¿Por qué? ¿Quién ha tomado la decisión de moverla? ¿Cómo de mal estaba? ¿Por qué no se han puesto en contacto con la familia?
– Eh, eh, despacio, ¿vale? -el médico se puso de pie e hizo un gesto con las palmas a modo de barrera para detener elrío de preguntas de Mei-. ¿Hemos cuestionado algo? no. Hemos hecho lo que nos han dicho. ¡No me puedo creer que esté usted gritándome a mí! -se daba en el pecho con la mano.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– Seamos francos. He sido yo quien ha tenido que redactar los informes médicos sobre su madre y mandarlos para arriba todos los días. Ustedes tienen amigos en las alturas. Pues muy bien. No tenemos nada que discutirles. Al fin y al cabo, no es la primera vez que lo vemos. Si tiene usted contactos, por todos los medios, úselos. Yo también lo haría.
– ¿De qué me está hablando? -Mei retrocedió.
– ¿No han dispuesto ustedes el cambio al Hospital nº 301? No ha sido decisión nuestra trasladar a su madre.
Mei negó con la cabeza.
– No. Nosotras no sabíamos nada de eso.
– Bueno, pues es raro -el doctor se echó hacia atrás para alcanzar su taza de té. Le dio un sorbo, frunció el ceño y la dejó en la mesa. Debía de haberse enfriado hacía ya rato-. Esta mañana llegó directamente de la dirección del hospital la orden de trasladar a su madre. Nos imaginamos que tenían ustedes buenos contactos.
– No. Desde luego, nosotras no hemos sido. ¿Me está diciendo que mi madre no se ha puesto peor?
– Tampoco es que esté mejor.
Ahora tanto Mei como el médico se sentían incómodos. Ella sonrió torpemente. Él trajinaba con sus gafas.
– Bueno, pues perdone que le haya molestado -dijo Mei, agarrándose el bolso.
– No, en absoluto.
Se despidieron educadamente y se volvieron cada uno para un lado, perplejos.
Capítulo 26
En la carretera de circunvalación había habido un accidente; uno pequeño, sin apenas consecuencias para ninguno de los coches implicados, pero no por eso había dejado de amontonarse el tráfico durante kilómetros. Cuando Mei rebasó la escena, había tres hombres y dos mujeres, los dueños de los coches accidentados, parados junto a la barrera central, señalándose con el dedo y gritando. Otros conductores abrían sus ventanillas al pasar y metían baza en la disputa.
Cuando Mei llegó por fin al Hospital nº 301, se encontró con su hermana y la tía Pequeña ante la puerta de la unidad de cuidados intensivos.
La tía Pequeña parecía exhausta. La piel de la cara se le había encogido, haciendo sobresalir sus ojos. No había duda de que había comido mal y dormido poco en los últimos dos días. Estaba claro que el dolor de contemplar la agonía de su hermana era un gran peso en su corazón.
– No tenemos nada que hacer aquí. Está aislada, no permiten visitas -le dijo Lu a Mei-. ¿Has desayunado ya? Yo estoy muerta de hambre.
Mei pensó en las dos tazas de café que se había tomado por la mañana.
– No -dijo.
– ¿Por qué no vamos a tomar algo rápido a la cafetería del hospital? Y luego, si ya no nos necesitan, nos podemos ir a casa.
– Id vosotras dos. Yo ya he desayunado -dijo solemnemente la tía Pequeña-; mejor me quedo por aquí, por si acaso.
– No me parece mala idea que se quede aquí una de nosotras -Lu miró primero a Mei y luego a la tía Pequeña-. ¿Estás segura de que no quieres que te traigamos algo de la cafetería? ¿Bollos al vapor, o quizá té?
– No, estoy bien -dijo la tía Pequeña.
La cafetería del hospital estaba en la planta baja del edificio principal, y las ventanas daban a un jardincillo de arbustos. En ese jardín, unos pocos pacientes acompañados por familiares daban paseos lentos, tomando el sol. Tras ellos estaba el edificio que alojaba la unidad de cuidados intensivos.
La cafetería acababa de empezar a servir la comida. Llegaban grandes fuentes de carne frita en manteca y pilas de bollos al vapor. Se había formado una cola mientras los empleados de la cocina se afanaban con las fuentes, los cestos de comida al vapor y las cajas de calderilla. Entró un grupo de enfermeras con gorritos blancos que llevaban cuencos de aluminio y palillos. Charlaban alegremente mientras hacían cola.
Lu se hizo con un espacio vacío de una mesa larga mientras Mei se ponía en la cola de la comida. Había cerca unos pocos embatados y visitantes terminándose sus desayunos o sus tentempiés. Algunos de ellos miraron a Lu con curiosidad, probablemente pensando que les resultaba familiar y preguntándose dónde la habían visto antes.