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Durante aquellos años, Hermana Mayor Hui le fue dando noticias de Yaping: se había casado, había terminado los estudios de Administración de Empresas, había empezado a trabajar, se había comprado una casa.

De vez en cuando aún pensaba en él, tratando de imaginárselo vestido de hombre de negocios, pasajero en el ferrocarril elevado. Se preguntó si llevaría todavía aquellas gafas de montura negra. Algunas veces recordaba sus ojos inteligentes y su tímida sonrisa. Cuando le odiaba se lo imaginaba viejo, ya no delgado ni apuesto. Pero la mayor parte del tiempo no era capaz de imaginárselo en absoluto. Los nombres no significaban nada para ella: Chicago, Evanston, North Shore. No tenía una imagen de ellos, ni podía hacerse una idea de cómo era la mujer de Yaping o la vida que llevaban juntos. Giró por la carretera occidental de Qinghua y apareció ante su vista el Antiguo Palacio de Verano.

Desde que se licenciaron, Hermana Mayor Hui había organizado reuniones anuales. Hermana Mayor Hui se había quedado en su departamento de la universidad, primero como alumna de doctorado y luego como profesora. Mei no fue a las primeras reuniones porque no quería hablar de Yaping ni de cómo habían roto. Después, estaba demasiado ocupada. Cuando ascendieron a su jefe, Mei, como ayudante personal suya, entró en el círculo de los favorecidos. Se le asignó un apartamento de un dormitorio y atribuciones de nivel elevado. Se volvió deseable a los ojos de los casamenteros. Le presentaron a hijos de funcionarios de alto rango y a ascendentes astros de la diplomacia. Fue con ellos a restaurantes, conciertos, estrenos de películas y banquetes ceremoniosos. Se sentó con sus familias en luminosos apartamentos que daban al paseo del Renacimiento. Dedicó su tiempo libre a tratar de conocerlos para que ellos pudieran llegar a conocerla a ella.

Pero todo cambió cuando pidió la baja en el ministerio. Las personas con quienes había trabajado durante años y a las que creía amigas le volvieron la espalda.

Quizá por eso le preocupaba tanto lo de hoy, pensó Mei, su propio aspecto y lo que pudieran pensar de ella sus antiguos compañeros de clase. Aquella gente eran sus viejos amigos. Aunque parecía que nunca antes los había necesitado, ahora los necesitaba.

Capítulo 3

Hermana Mayor Hui la estaba esperando en la entrada principal del Antiguo Palacio de Verano.

– ¡No me lo puedo creer! ¡Tú, la persona que tiene el lujo de un coche, llegando tarde! Llevamos cuarenta minutos esperándote. Ding se ha tenido que llevar a la pequeña Po adentro para que pudiera darse unas carreras. Un niño de cuatro años es como un perro: si no se desfoga en el parque, está que muerde.

Hermana Mayor Hui había adelgazado, mostrando curvas que Mei ignoraba que tuviese. Claramente le complacía su nueva forma y la había envuelto en un ajustado vestido de colores irisados.

– Lo siento -dijo Mei-. Me quedé dormida.

– Es la vida indisciplinada de los solterones. Tienes que casarte. Te hará bien.

Hermana Mayor Hui le cogió el brazo y anduvieron hasta el parque como viejas amigas, de la mano. Una brisa ligera retozaba entre la larga hierba del lago seco. En algún lugar de los bosques se alzaban columnas rotas, medio escondidas. Más allá había montones de piedras caídas desperdigados por los sinuosos senderos. Antes de que lo incendiaran las tropas británicas y francesas durante la Segunda Guerra del Opio, doscientos años atrás, los estudiosos comparaban el Antiguo Palacio de Verano con Versalles. Mei había visto estampas de Versalles en los libros, pero, aun hallándose entre las ruinas, nunca podría imaginarse el antiguo esplendor del Palacio.

– ¿Y cómo va esa vida, princesa? -Hermana Mayor Hui estaba tan jovial como de costumbre.

– ¿Por qué me llamas siempre «princesa»?

– Bueno, si te hubieras casado con alguno de tus príncipes de la revolución cuando estabas en el ministerio…

– No empieces con eso otra vez.

– Vale, vale -Hermana Mayor Hui levantó las manos en gesto de rendición-. Cuéntame de tu trabajo.

– El trabajo va bien. Viene mucha gente a verme por esto o por lo otro. Me parece que hay dos cosas que a la gente le sobran últimamente: dinero y líos.

– No me sorprende. Hay ricos por todas partes. Basta con mirar el tráfico. Cuando nosotras estábamos en la universidad, las motocicletas eran lo máximo. ¿Te acuerdas de Lan? Se echó un novio que tenía moto y todos pensábamos que era un delincuente.

Ambas se rieron.

– Estoy contenta de que las cosas por fin te vayan bien -dijo Hermana Mayor Hui -. Qué terrible prueba tuviste que pasar en el ministerio. Tú no te merecías eso.

Mei asintió y trató de sonreír.

El camino se bifurcaba. Dejaron la senda y subieron una pequeña colina. Pronto la escalada las hizo acalorarse.

– ¡Qué sofoco! Si sólo es primavera. Desde luego, el viejo cielo está revuelto este año -Hermana Mayor Hui jadeaba. Mei sentía la hierba seca quebrarse bajo sus pies.

Cuando llegaron a lo alto de la pendiente miraron hacia abajo, a un prado del valle. Había un grupo de gente allí reunida, sentada sobre plásticos.

– Fue aquí adonde vinimos a celebrar el fin de carrera -dijo Hermana Mayor Hui, tostándose al sol-. ¿Te acuerdas?

Una gran piedra blanca en forma de concha que una vez perteneció a una antigua y ornada fuente se alzaba en mitad del prado. Su mármol blanco destellaba.

– Por supuesto -dijo Mei suavemente.

De pronto le volvió el recuerdo de aquel día. Estaban sentados alrededor de los restos de un picnic, fumando y cantando. Los chicos bebían cerveza Qingtao. Las chicas soñaban con romances. Li el Gorrión tocaba la guitarra. Ya-ping leía uno de sus poemas…

– ¡Eh! -gritó alguien desde la fiesta, arrastrando su pensamiento de vuelta al presente.

– Es el Gordo -Hermana Mayor Hui le devolvió con la mano el saludo y empezaron a bajar la cuesta.

Li el Gorrión estaba sentado sobre el mantel de plástico fumando, bebiendo cerveza de una lata y tocando la guitarra. Se le veía aún más pequeño y flaco de lo que Mei recordaba. Su rostro, que nunca pareció joven, ahora claramente revelaba edad.

– Llegas tarde.

– No es por mi culpa. Es aquí la princesa -Hermana Mayor Hui dejó caer su cuerpo redondo sobre el mantel y señaló con un dedo a Mei.

– ¡Hermana Mayor Hui! -protestó Mei.

El Gordo dijo hola a las recién llegadas y les ofreció las bebidas. Mei cogió una botella de agua.