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Mei salió de la carretera de circunvalación. Al bajar del paso elevado, el torbellino de la ciudad la engulló como una ola de marea, dispersando sus penas con su caótica energía.

Mei paró al costado del edificio de su apartamento y detuvo el motor. La urbanización estaba en calma a la hora de la siesta. Salió del coche e inhaló toda una bocanada de polvo primaveral. Tenía la garganta seca: necesitaba beber algo.

Subió las oscuras escaleras y abrió la puerta de su apartamento. La ventana seguía estando entornada; el ruido de la carretera de circunvalación se vertía dentro. Encontró una lata de coca cola en la nevera. La abrió con un chasquido y se la bebió entera, al tiempo que oía que llamaban a la puerta.

Era Yaping. Llevaba su alta figura vestida con una camisa blanca y unos pantalones informales. Un gran montón de rosas rojas florecía en sus manos. Se le veía fresco y aseado, tan atractivo en todos los detalles como la noche anterior.

– Iba hacia el aeropuerto y pensé que debía dejarme caer para probar suerte -dijo.

– Pero esto no está de camino al aeropuerto.

– Pues entonces será mejor que nos demos prisa. Déjame llevarte a algún sitio donde podamos hablar.

Mei vaciló.

– Por favor… -suplicó Yaping-. He venido desde muy lejos, y estas rosas me han costado una fortuna.

Aquello la hizo reír.

– Está bien -cogió las rosas-. Déjame que las ponga antes en agua -y fue a buscar un jarrón. Yaping se apoyó en el quicio de la puerta.

– ¿Qué tal está tu madre? -preguntó, cruzándose de brazos.

– La han trasladado a la unidad de cuidados intensivos del Hospital nº 301. Es lo mejor para ella. Esperamos que con eso se ponga mejor.

– Me alegro de oírlo. Por favor, transmítele mis mejores deseos la próxima vez que la veas.

Mei asintió, aunque no estaba del todo segura de cómo respondería su madre a un saludo como ése.

En el exterior del Estadio de los Trabajadores, los vendedores estaban instalando sus puestos. Se descargaban cajas de agua mineral, cola y bebidas gaseosas con sabor a fruta. Una mujer de habla rápida daba órdenes relativas a la colocación de los dulces de ciruela, las frutas secas, los cacahuetes tostados y las pipas de girasol.

El estadio todavía no había abierto.

Yaping le pidió a Mei que le esperara junto a la entrada y desapareció en la taquilla. Unos minutos después salió con un hombre trajeado. Iban riéndose. El hombre abrió el cerrojo de una puerta lateral.

– Son sólo veinte minutos -le dijo Yaping. Era muy educado, pero tenía un aire de autoridad.

– No hay problema, señor, tómense el tiempo que necesiten -asintió el hombre. Era un hombre joven con actitud de viejo.

– ¿Cómo has conseguido que te abra la puerta? -le preguntó Mei a Yaping cuando estuvieron dentro.

– Con un buen fajo de billetes -respondió Yaping.

El estadio estaba inundado de clara luz del sol y vacío kilométrico.

Yaping sonrió:

– ¿Te acuerdas del partido de fútbol que vimos aquí? Era la clasificatoria de la Copa del Mundo, China contra Corea del Sur. Lo recuerdo como si fuera ayer. Gritaste y te exaltaste como todos los demás. Yo creo que nunca te había visto así.

Mei negó con la cabeza.

– No me acuerdo -mintió.

Pero sí que se acordaba. Aquel día el estadio estaba abarrotado y estridente. Por todas partes se agitaban pañuelos, sonaban tambores. Fue la primera y la última vez que estuvo allí.

Empezaron a andar junto a la barrera. A mucha distancia había unas pocas figuras indistintas preparando el campo para el partido de por la tarde. Las líneas blancas estaban resplandecientes bajo el sol, tan agudas que herían la vista.

– Era un día de mucho calor. Luego vino la lluvia. Yo me fui a Estados Unidos -Yaping se inclinó sobre la barra hacia el cálido espacio que había entre ellos.

– Y dejaste de escribirme -dijo Mei, contemplando el perfil de Yaping. Con la luz, su boca parecía suave. Un mechón de pelo se había ido deslizando hasta su frente. Pero tenía una expresión perdida en la mirada.

Se sentaron en uno de los bancos.

– Sentía que nunca iba a poder ser lo bastante bueno para ti -dijo Yaping-. Tú siempre me hacías sentirme inferior. Daba igual cuánto me esforzase en impresionarte: tú siempre tenías el listón más alto.

– Ah, así que fue culpa mía.

– No, fue mía. Yo era joven e inseguro, un chico del sur, un pueblerino. Me ofendía con facilidad -Yaping respiró profundamente y dejó caer los hombros-. Conocí a mi mujer (mejor dicho, ex mujer) en el avión a Chicago. Para mi sorpresa, ella me persiguió. Yo me sentí halagado: ella pensaba que yo valía algo. Era un cambio agradable: sentirme solicitado, no tener que demostrar nada… y, por estúpido que suene, me gustó sentirme necesario. Tú nunca me habías necesitado, ni a mí ni a nadie. Me sentía inútil a tu lado. Y a veces te cerrabas: no podía alcanzarte. Era como si quisieras echarme de tu lado. ¿Es tan ilógico que un hombre quiera confianza, que quiera ayudar y proteger a la mujer que ama?

Mei frunció el ceño.

– ¿Prefieres estar con alguien que sea débil?

– No, no es eso lo que quiero decir. Soy un hombre, ¿entiendes? Se supone que debo ser tu protector.

– Yo puedo cuidarme a mí misma -replicó Mei.

Yaping sacudió la cabeza y suspiró.

– Sabía que no lo entenderías. Pero no importa. Como te iba diciendo, yo estaba lejos de casa y solo en un mundo nuevo. Necesitaba cariño y aplomo. Luego vino el movimiento democrático estudiantil. Cuando vimos en la tele las noticias de la huelga de hambre de los estudiantes en la plaza de Tian'anmen, los estudiantes chinos de Chicago nos pusimos en movimiento. Conseguimos dinero, hicimos manifestaciones ante la embajada china. Hay algo en las épocas turbulentas que crea vínculos entre la gente. Nos enamoramos.

– ¿Y qué pasó entonces? ¿Por qué os divorciasteis?

– Bueno, las personas cambian -Yaping contempló el estadio vacío como si tuviera el pensamiento muy lejos de allí.

– ¿He cambiado yo? -preguntó Mei, inclinando la cabeza hacia un lado. Al hacerlo, sintió que algo tocaba su pelo. Era la manga de la camisa de Yaping.

– Todavía no lo sé. Pero sé que yo sí que he cambiado.

De no se sabe dónde vino un pequeño gorrión y se puso a tamborilear alegremente con sus minúsculas patas en los bancos.

– No estoy segura de si en realidad cambiamos -dijo Mei-. Cuando decimos que hemos cambiado, a lo mejor lo que queremos decir es que ha cambiado nuestra comprensión del mundo. ¿Recuerdas que cuando éramos jóvenes solíamos decir «para siempre»? Prometimos amarnos para siempre y recordarnos para siempre el uno al otro. No digo que no lo dijéramos de verdad, éramos sinceros al decirlo. Sólo que no teníamos ni idea de lo que significa «para siempre». No eran más que palabras que usábamos, como «lluvia» o «viento». Era una cosa que estaba ahí, una cosa oportuna.