Todo eso estaría muy pronto bajo el agua, desaparecido para siempre, cuando la presa de las Tres Gargantas estuviera terminada. Mei pensó que tenía que ir y ver por sí misma el río antes de que fuera demasiado tarde.
– Aquí tienes el té -la tía Zhang entró con una bandeja en la que había una tetera de hierro fundido y delicadas tazas con ribete de oro.
– ¿Dónde está Lu? -preguntó Mei.
– Ha ido al salón de belleza, pero estará de vuelta muy pronto.
La tía Zhang sirvió la primera taza, verde como el valle.
– Bebe sin prisa -dijo-. Si no me necesitas, tengo que ir a ayudar a la cocinera.
Las dos mujeres se sonrieron. Luego la tía Zhang salió, balanceando sus largos brazos.
Mei se acercó con su té a la ventana. El crepúsculo rosa cubría los tejados de Pekín. Ella siempre había sentido ajena esa parte de la ciudad, con sus chalés vallados, sus embajadas de otros países y su arquitectura de escaparate a lo largo del paseo de la Paz Eterna. No había puesto el pie en esa zona hasta su último año en la universidad. Un estudiante japonés de intercambio la había llevado de compras a la Tienda de la Amistad, que estaba dedicada a los extranjeros, a dos manzanas hacia el sur de allí, en el paseo de la Puerta Interior de Jianguo.
Era la primera vez que Mei entraba en la Tienda de la Amistad. No podía creer lo que veían sus ojos. Las salas forradas de mármol estaban llenas de cosas que nunca había visto antes: oro, perlas, zapatos españoles, ropa deportiva estadounidense, cosméticos y perfumes. Y todas ellas eran extraordinariamente caras. Su compañero llevaba cupones por valor de cincuenta mil yenes japoneses. Mei apenas recordaba ya a aquel acompañante, salvo que siempre llevaba un largo abrigo negro y que era buen cocinero. La había enseñado a hacer sushi.
– Mei -dijo una voz suave detrás de ella.
Mei se volvió y vio a la tía Pequeña. Llevaba una camisa azul recién planchada. Su pelo negro brillaba del lavado y el suavizante.
– ¿Has dormido bien?
– Profundamente, como hacía días que no dormía -la tía Pequeña sonaba animada.
– Hay té, pero se está quedando frío. A lo mejor la tía Zhang te puede hacer otro.
– No, ya he tomado mucho té.
Se sentaron en el sofá. Mei le preguntó a la tía Pequeña por su familia y si había alguna novedad cuando les llamó por la tarde. Intercambiaron noticias de otros parientes. Desde algún punto de la parte de atrás se oyó un suave tintineo de platos y vasos: la tía Zhang debía de estar poniendo la mesa para la cena en el comedor.
– ¿Está ya la cena? -las sorprendió la voz cantarína de Lu. Se volvieron y la vieron en lo alto de los escalones con un vestido rosa. Era como si un trozo del cielo ardiente se hubiera desprendido y hubiera entrado con ella. Su pelo largo brillaba y lanzaba destellos de luz reflejada-. ¡Estoy muerta de hambre! -se quitó de un puntapié los zapatos de tacón y saludó con la mano a su hermana y a su tía.
La tía Zhang le llevó sus zapatillas de piel de cordero.
– Ya está preparada, ya está -asintió.
– Muy bien. ¡Mei! ¡Tía Pequeña! -les hizo gestos con la mano-. Venga, vamos a comer -Se disculpó por llegar tarde-: Hoy mi manicura estaba enferma y me ha tenido que atender otra que no entendía lo que yo quería que me hiciera. ¡Uf, qué dolor de cabeza!
Luego cogió del brazo a la tía Pequeña y le dijo amablemente:
– ¿Por qué no te vas mañana al salón de belleza con mi tarjeta de socia? Que te hagan la cara, un corte de pelo o lo que a ti te apetezca.
Entraron en el comedor. Había una gran mesa de palo de rosa cubierta con un mantel y puesta con centelleante cristal y palillos de punta de marfil. Las paredes eran blancas y estaban decoradas con pinturas abstractas al óleo. Del techo colgaba una araña tan grande que más parecía propia de un salón de baile.
La tía Zhang y una mujer fornida traían platos servidos en fuentes de un azul Ming.
– Tienes que probar ese tratamiento nuevo que llaman «envoltura de algas» -le dijo Lu a Mei cuando estuvieron sentadas a la mesa-. Es fantástico, garantizado contra la energía negativa y la celulitis.
– ¿Ah, sí? -dijo educadamente Mei.
– Ya sé que piensas que los salones de belleza son una cosa artificial. Pero, mi querida hermana, podemos darnos una ayudita de vez en cuando, sobre todo ahora que ya tenemos cierta edad -Lu le guiñó el ojo a su hermana y sonrió. La tía Zhang les trajo arroz blanco como la nieve.
Lu dijo a sus invitadas:
– He estado leyendo el Última edición de Pekín en el salón de belleza. Dice que el gobierno ha mandado cerrar todos los puestos de compraventa de acciones. Parece que por fin van a tomar medidas para acabar con la Bolsa de andar por casa.
La tía Pequeña asintió, mirando primero a Lu y luego a Mei.
– Últimamente en Shanghai todo el mundo se dedica a la Bolsa de andar por casa. En cuanto se abren los puestos de compraventa por la mañana están las abuelas haciendo cola para comprar y vender.
– Se meten a especular como quien apuesta en las carreras de caballos -dijo Lu-. La mayor parte de los pequeños inversores son unos ignorantes. Mira a esas abuelas, por ejemplo: apenas tienen estudios. ¿Qué sabrán ellas del mercado de valores? Al fin y al cabo, el mercado de valores no es lo mismo que el mercado donde hacen la compra por las mañanas.
»Bueno, en los negocios te encuentras con el mismo problema -continuó-. La cantidad de empresas que hay últimamente, construyendo hoteles, apartamentos, oficinas, y hasta carreteras; algunas pueden ser bastante corruptas y harían lo que fuera por dinero. El gobierno tiene que mirar con cuidado a quién encarga esos proyectos. Eso no es ni monopolio ni elitismo. Es como lo que ha dicho la Central del Partido: capitalismo con una orientación socialista. Si el gobierno puede regularlo y hacer que manejen la economía buenos hombres de negocios, a China sólo puede irle mejor. Mirad Singapur: se valora más a la gente que tiene una educación superior porque, bueno, afrontémoslo, son mejores.
»Cuando Lining y yo vamos al extranjero, la gente siempre nos dice: «Qué cosmopolitas sois». Nos ven como representantes de la China moderna.
La tía Pequeña asintió:
– La gente como Lining y tú es lista.
– Pero también trabajamos mucho -dijo Lu-. El elitismo es un error si los que son especiales no cumplen con sus obligaciones. Somos un modelo de comportamiento, no debemos olvidarlo.