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Mei empujó con los palillos los huevos en salmuera, hundiéndolos en la sopa de arroz. No tenía hambre. Contempló cómo devoraba el tío Chen los bollitos Dragón.

– ¿Quién se está ocupando de mi madre? ¿Son los servicios secretos? -preguntó.

Una lámina de rábano en vinagre se le atravesó en la garganta al tío Chen, que tosió:

– ¿Qué te ha hecho pensar eso?

Mei frunció el ceño.

– Lo sé, tío Chen. La tía Pequeña nos lo ha contado. Tú también eres uno de ellos -apartó su cestillo de bollitos Dragón-. Tú lo sabías, ¿verdad? Por eso no te sorprendiste lo más mínimo cuando te dije que habían trasladado a mi madre.

El tío Chen enterró la cara en el cuenco de sopa. Un largo silencio cayó como una pluma.

– Song dijo que él se ocuparía -dijo al fin el tío Chen, de forma casi inaudible.

– ¿Y él quién es?

El tío Chen apoyó los palillos sobre el cuenco de sopa y se enjugó la cara con sus manos rosadas.

– Ésa es una pregunta fácil de difícil respuesta -se inclinó hacia delante-. Nunca verás su foto, ni su nombre siquiera, en los periódicos. Uno ve a Song y se figura que es un limpio funcionario de grado medio de alguna unidad de trabajo sin rostro. Y no, es un hombre que puede decidir la vida o la muerte si quisiera.

A dos mesas de allí había gente que se iba, arrastrando las sillas en el suelo y hablando fuerte. El tío Chen esperó hasta que hubieron salido y luego continuó:

– Yo seguí a tu madre hasta Pekín cuando vinimos a la universidad. No dejamos de ser buenos amigos, pero en aquellos años parecía que ella iba por delante: las mujeres maduran mucho más deprisa a esa edad. Por la época en que entró en el Ministerio de Seguridad del Estado, habíamos derivado cada uno hacia un lado. Quizá por eso luché tanto por meterme en el cupo de ese mismo ministerio. Por lo que puedo recordar, ésa fue la única vez en mi vida que competí por algo con tanta determinación. Pensaba que si entraba en el mismo ministerio podría reavivar el tipo de relación cercana que teníamos en Shanghai, y que quizá algún día ella llegaría a verme como algo más que un amigo.

El tío Chen miró a otro lado. Su voz se iba irritando.

– Pero, por supuesto, el ministerio era inmenso. Tu madre y yo no trabajábamos exactamente juntos, si es que puede decirse así. En realidad, ella vivía y trabajaba dentro del recinto principal del Jardín de Poniente, mientras que yo trabajé primero en una unidad especializada cerca del Jardín del Bambú de Púrpura y luego en la Agencia de Prensa Xinhua.

»Aun así se renovó nuestra amistad, porque pertenecíamos al mismo ministerio y hacíamos trabajos parecidos. A veces pasábamos juntos los domingos. Por aquel entonces la semana tenía seis días, y el domingo era el único día libre. Tu madre le gustaba a mucha gente y tenía muchos amigos; pronto todos nos fuimos conociendo. Así fue como conocí a Song, que era el jefe del grupo de ella en aquellos tiempos.

»Song tenía dos años más que tu madre. Era alto y guapo, era una estrella. A mí no me caía bien. Puede que me sintiera amenazado por él… pero entonces me sentía amenazado por mucha gente. Había algo en él que siempre me dejaba intranquilo, tenía siempre la sensación de estar siendo observado. Es muy raro, ya lo sé, pero así es como me sentía. Como si él tuviera un tercer ojo.

»Tres años más tarde empezó la Revolución Cultural y las cosas se pusieron mucho más oscuras. Se abrían los expedientes secretos y se creaban otros nuevos. La gente era denunciada por una razón u otra, especialmente si habían dicho o escrito cualquier cosa que pudiera considerarse «antirevolucionaria». Pronto la gente empezó a morir en grandes cantidades, de formas horribles. Yo conocí a un tipo que fue apaleado hasta la muerte porque llevaba jerséis de cachemira de marca extranjera. ¡Qué locura fue todo aquello!

» La Revolución Cultural fue un golpe para tu madre. Cuando estuvimos en Luoyang, se quedó asombrada al ver lo que estaba ocurriendo en la calle.

– Creía que me habías dicho que habías ido tú solo.

– No quería meter a tu madre en la historia, pero ahora ya lo sabes. Las Guardias Rojas se habían atrincherado en el tejado de la biblioteca con ametralladoras y habían excavado túneles por debajo de sus posiciones para las líneas de abastecimiento. Hubo muchísimas muertes. Era gente muy joven y muy llena de devoción al Presidente Mao y al Partido. Tu madre no podía soportar mirar esas caras pálidas y esos cuerpos ensangrentados. No podía aguantar los gritos ni el rugido de las balas. Acababa de tenerte a ti. Eras algo tan bonito, una vida que acababa de empezar.

»Antes de que pasara mucho tiempo estábamos todos atrapados como pequeños insectos en la telaraña cada vez más apretada de la revolución, siendo denunciados, denunciando a otros, siendo enviados a campos de trabajo… Perdí por un tiempo el contacto con tu madre y por eso no tuve contacto con Song. Unos años después, empecé a oír su nombre: mientras nosotros sufríamos, él había ascendido a los puestos más altos del ministerio.

»Hacia el final de la Revolución Cultural, Song fue depuesto. Bueno, era muy difícil bandearse en la política de aquellos tiempos, las cosas se daban la vuelta todo el tiempo… Un día Deng Xiaoping era un héroe, y al día siguiente, el enemigo público número uno. Así que no era inconcebible que Song pudiera haber errado en sus cálculos. Cuando cayó, su hijo fue enviado a las montañas de Dongbei, y oí decir que casi se muere allí.

»Luego vino la muerte de su mujer. Fue una cosa misteriosa: al parecer nadie sabía los detalles. Por lo que yo sé, pudo haber sido el propio Song el que la envió a la muerte. Tenía un algo muy frío por debajo de ese aspecto seductor. Hay personas de las que uno simplemente sabe que un día podrían golpear con la mayor crueldad.

»Su pérdida de poder y el sufrimiento de su familia hicieron de él una víctima de la Revolución Cultural, lo cual le dio los títulos para volver a ascender a la muerte del Presidente Mao.

El tío Chen suspiró.

– Así que ahí lo tienes. Cuando empezamos, Song no era más que el jefe de un grupo. Ahora es el subdirector del Ministerio de Seguridad del Estado: tiene un gran apartamento, un coche con chófer y un montón de poder.

– ¿Pero por qué quiere ayudar a mi madre?

– Dejando a un lado el hecho de que a mí no me cae bien, con tu madre parece que se ha comportado. Durante un tiempo creímos que iban a casarse.

»Cuando tus padres se conocieron, tu padre era un joven escritor prometedor, un poeta de cierta fama. Era también un idealista, lo contrario de gente como nosotros, cuyo trabajo era espiar a otros. Es posible que ya entonces tu madre albergara inconscientemente dudas sobre cuáles eran sus deberes y sobre el mundo que ella representaba. Me imagino que era por eso por lo que tu padre ejercía tanta fascinación sobre ella.