Выбрать главу

Se sirvió otro chupito.

– Ella siempre decía que lo mejor de tu padre era su integridad y su valor. ¿Y qué, si tenía valor? Desafiar al Partido no era una actitud inteligente, al menos durante la Revolución Cultural. Mira lo que él te aportó: el campo de trabajo. Tu madre eligió ir con él. Él no tenía nada que ofrecerle: ni protección, ni comida. ¿Por qué fue?

– Porque le quería.

– A lo mejor necesitaba demostrarse a sí misma que le quería.

Mei le contempló. Las palabras se le demoraban pesadamente en la garganta.

– En todo caso, tu madre no se podía permitir ser tan arrogante y tan egoísta como tu padre: tenía dos hijas pequeñas de las que preocuparse. La realidad era que tú y tu hermana sencillamente no podíais sobrevivir con esa clase de vida. Así que ella volvió y me pidió ayuda. No fue fácil. Ella había sellado su propio destino cuando se negó a colaborar con el Partido y se exilió al campo con tu padre: el Partido nunca olvida ni perdona.

»Yo la ayudé, con gran riesgo para mí mismo. Ella hizo lo que el Partido le pedía y aportó pruebas contra tu padre. Tuvo que dejar el ministerio, por supuesto. El que se hubiera casado con tu padre y su conducta hasta ese momento la habían descalificado para el ejercicio de su cargo. Pero denunciando a tu padre se salvó a sí misma y os salvó a vosotras dos. Intenté ayudarla en lo que pude cuando dejó el ministerio, buscándole trabajos temporales y alojamiento. Pero en aquellos años había veces en que ni siquiera podía protegerme a mí mismo y a mi propia familia.

»Hacia el final de la Revolución Cultural, cuando hasta a mí se me puso crudo, coincidí con tu padre en la cárcel. Yo siempre le había conocido como un tipo listo, cultivado, un poco arrogante quizá. Por eso fue un golpe encontrarme con que era un hombre deshecho. Hasta hoy le recuerdo sentado en un rincón tosiendo, o cojeando por el patio de la cárcel. Cada vez que había algún ruido fuerte o se acercaban los guardias, los ojos se le contraían y se le encogía el cuerpo. Era como un pájaro aterrorizado atrapado en una jaula invisible.

«Intenté hablar con él de prisionero a prisionero, pero tu padre no quería escuchar. No era la clase de hombre que perdonara fácilmente. El odio había echado dentro de él raíces que habían desarrollado nudos mortales. Me di cuenta de que eso le estaba matando desde dentro.

»Yo no pasé en la cárcel mucho tiempo. En unos pocos meses fui trasladado, y me soltaron cuando la Revolución Cultural terminó.

»Hasta que volví a Pekín no tuve noticia de la muerte de tu padre. El relato oficial era que había muerto de una enfermedad en la cárcel. Fui a ver a tu madre, fue la única vez que accedió a verme. Quería saberlo todo sobre él. Qué tipo de comida comía, si estaba de buen ánimo, si pensaba en las niñas, qué había dicho sobre ella, por qué no le había escrito. Pensé que nunca había recibido información alguna sobre él, así que le conté todo. Buena parte de ello no fue para ella sorpresa, pero aun así se lo tomó muy mal. Cuando le conté que tu padre había dicho que nunca la perdonaría, lloró.

El hombre elegante hizo una pausa y tomó un sorbo de Wuliangye para humedecerse la garganta. Mei creyó ver un brillo de tristeza en sus ojos.

Él hizo una larga inspiración y se recompuso.

– ¿Conoces a mi hijo? -las comisuras de su boca se alzaron en una sonrisa amarga mientras Mei negaba con la cabeza-. Pues no te pierdes nada. Es un auténtico desastre, y me desprecia. Lo único que quiere de mí es usar mi coche y que le proteja cada vez que él o su amigo Wu el Padrino se meten en líos. Me dijeron que este bar era uno de sus caladeros preferidos. No nos vemos mucho el uno al otro últimamente: él sale tarde a perseguir mujeres y luego duerme toda la mañana. Sé que mi hijo es un canalla, pero ¿qué le voy a hacer? Él es lo único que tengo.

»En China lo que cuenta es el poder. El dinero no habría podido llevar a tu madre al Hospital n º 301, pero yo sí puedo, mi poder puede. Pero el poder no dura. Un día yo me moriré, y entonces ¿qué? ¿Qué va a ser de mi hijo si no estoy yo para protegerle? No resistirá la cárcel. Nunca ha sido capaz de soportar el sufrimiento. Es una de esas personas de cabeza débil. En la Revolución Cultural le enviaron a las montañas a ser reeducado. Quizá habría muerto de no ser por Wu el Padrino.

Volcó la cabeza hacia atrás, vació lo que le quedaba en el vaso y se limpió la boca con un flamante pañuelo blanco.

– Las personas como Zhang Hong destrozan vidas, la suya y las de los que les rodean. Alguien tenía que hacer algo. Nuestra sociedad está mejor sin gente como él.

»¿Por qué me miras de esa forma? No, tú no puedes juzgarme. No tienes derecho. Hice lo que tenía que hacer, igual que tu madre hizo lo que tenía que hacer. No había lugar para la moral en los tiempos de la Revolución Cultural. Uno sobrevivía a cualquier precio. Vosotros los jóvenes no lo entendéis. Os comportáis siempre como si fuéramos unos monstruos.

Song trató de impulsarse hacia arriba. Se tambaleó como si se hubiera perdido algo en su interior, algo que necesitaba para estabilizarse. Al segundo intento se levantó despacio, con el cuidado de quien ha bebido demasiado.

– Hazme el favor de irte a estar con tu madre. Hablé con el hospital antes de venir: me han dicho que se va a recuperar.

»Más tarde o más temprano nos llegará el momento. Lo único que nos queda ahora es esperar. Pero ¿sabes qué? La espera ha sido más dura de lo que pensé. Todo lo que has hecho mal en la vida te alcanza y se te come. Puede que sea así como nos vamos todos, cuando no nos queda corazón para sufrir.

Se dirigió a la puerta. Mei se puso también de pie y se le acercó para ayudarle.

Song la apartó como si ella fuera una rosa matutina, demasiado espinosa para tocarla. Enderezó el cuerpo. Las manos le temblaban un poco, pero ahora estaba firme.

– No, no importa. Ya no importa. Pero sí que quiero proteger a mi hijo y dejarle algo que le pueda mantener por mucho tiempo cuando yo ya no esté. He oído decir que el dinero es lo único que se necesita en Estados Unidos.

Se asió a la puerta de palo de rosa y empujó para abrir una de sus hojas.

– Deja de buscar el jade. Ya no existe -se dio la vuelta-. Chen es un cobarde, siempre haciendo que otras personas le resuelvan el trabajo sucio. Por eso tu madre nunca pudo enamorarse de él. Pero él se quedó por allí cerca, como una sombra sin forma, un oído sensible, siempre cerca. Nunca ha llegado a ningún sitio y nunca lo hará. Si quiere cazarme a mí, dile que venga y lo haga con sus propias manos.

Mei le vio cruzar el bar vacío con pasos pequeños, precisos. Mantenía la espalda recta. Cuando llegó a la puerta, la abrió y salió andando a la lluvia. El viento había aflojado. Su conductor corrió desde la orilla del canal, con un paraguas en alto para cubrir a su jefe.