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Laurana ya había montado en grifo; estaba acostumbrada a volar y no dejó de vigilar a sus amigos, preocupada. Al cobrar altura, Brian se puso mortalmente pálido, pero una vez en el aire contempló el paisaje que se iba desplegando allá abajo y, maravillado, soltó una exclamación ahogada de asombro. Derek tenía el gesto severo, prietos los labios. No miró abajo, pero tampoco se tapó la cara. Aran estaba disfrutando. Gritó que deberían convencer a los grifos para que los llevaran a la batalla, igual que los secuaces de la Reina Oscura cabalgaban dragones malignos. Sturm tuvo que emplearse a fondo para mantener sujeto a Tasslehoff, que estuvo a punto de precipitarse al vacío en su afán por asir una nube.

Debajo se extendían las Praderas de Arena, blancas por la nieve. Vieron un grupo de los habitantes de las llanuras, que hicieron un alto en la marcha para alzar la vista al cielo cuando las sombras de los grifos se deslizaron sobre ellos. Los animales pasaron por encima de Rigitt, y aunque los amigos no vieron rastro del ejército de los dragones, divisaron los muelles abarrotados de gente ansiosa de huir. En el puerto sólo había unos cuantos barcos; demasiado pocos para transportar a todos los que querían pasaje.

Dejando Rigitt atrás, sobrevolaron el mar azul grisáceo y todos enterraron la cabeza en las crines de los grifos, aunque no por miedo, sino buscando calor. El viento gélido que soplaba del glaciar les laceraba las mejillas, les lastimaba los ojos y les congelaba el aliento. Cuando los grifos empezaron a descender en espiral, Laurana se asomó entre las plumas y vio allá abajo un territorio blanco de sombras azules, helado y desierto.

Apoyó la cabeza en las plumas del grifo e imaginó su tierra natal, donde siempre era primavera y el aire cálido estaba perfumado con los aromas fragantes de rosas, espliego y madreselva.

Las lágrimas se le congelaron en la piel de las mejillas.

26

Señores de los Dragones. Alta traición

El viaje de Kitiara desde Tarsis a Neraka no fue agradable. El cielo estaba encapotado, plomizo. Estuvo cayendo una llovizna fría mezclada con nieve casi todo el viaje. Cuando se detenían para pasar la noche no podía encender una fogata para calentarse porque toda la madera que había estaba empapada. El dragón azul se mostraba respetuoso y deferente con ella, pero no era Skie. No podía hablar con él de sus planes y sus maniobras, no podía charlar con él mientras masticaba la carne y los huesos de una vaca que había robado y ella cocinaba un conejo.

Kitiara estaba furiosa con Skie. No tenía derecho a hacer tales acusaciones, pero aun así se sorprendió esperando que el dragón cambiara de opinión respecto a su arrebato de cólera y volviera a buscarla, dispuesto a disculparse. Sin embargo, Skie no apareció.

Llegaron a Neraka cuando caía la noche. Kitiara mandó al azul al establo de dragones y le dijo al animal que estuviera preparado para marcharse en cuanto se levantara la sesión. Kitiara recorrió las calles abarrotadas hasta la posada El Escudo Roto. Tenía frío y hambre y quería una cama confortable, un buen fuego y un vino caliente con especias. Pero cuando llegó la informaron de que, lamentablemente, no les quedaban habitaciones libres. La posada estaba llena hasta los topes con la plana mayor, el séquito, los soldados y la guardia personal del Señor del Dragón Toede.

Kitiara podría haber dormido en sus aposentos privados en el Templo de la Reina de la Oscuridad, pero esas habitaciones eran frías, oscuras e incómodas, además de inquietantes. Las puertas estaban guardadas con hechizos mortíferos y tendría que acordarse de la contraseña y entregar las armas y contestar un montón de preguntas. Se llevaba bien con los guardias draconianos, pero no soportaba a los clérigos oscuros que deambulaban furtivamente de aquí para allá bajo las gruesas túnicas negras de lana que siempre olían a incienso, tinte barato y oveja mojada. El fuego en el hogar sería pequeño y débil, casi como si el Señor de la Noche recelara de cualquier fuente de luz que invadía su sagrada oscuridad. No habría vino caliente con especias porque las bebidas fuertes estaban prohibidas en el recinto del templo, y Kitiara creía —y Ariakas era de la misma opinión— que cuando se alojaba allí había unos ojos hostiles y unos oídos atentos espiándola.

Al advertir el brillo iracundo en los ojos de Kitiara cuando le dijo que no había habitación, el posadero recordó de repente que quizá hubiera una disponible. Envió rápidamente a sus criados a sacar de su cuarto a dos esbirros de Toede que se habían emborrachado hasta perder el sentido. Hicieron falta seis hombres para acarrear el peso muerto de los hobgoblins ebrios; cuando se despertaron a la mañana siguiente y abrieron los ojos legañosos, descubrieron con asombro que habían dormido en el establo. Kitiara ocupó su habitación, la aireó bien, se bebió varios vasos de vino caliente y se dejó caer pesadamente en la cama.

Puesto que aquélla era una asamblea de urgencia de los Señores de los Dragones, no hubo nada de la ceremonia por lo general relacionada con una convención de tan alto rango. Las asambleas formales de los Señores de los Dragones iban acompañadas de desfiles de soldados ataviados con brillantes armaduras que marchaban por las calles con estandartes ondeando al viento. En esta ocasión, poca gente de Neraka sabía que los Señores de los Dragones se encontraban en la ciudad. Dos de ellos, Salah Khan y Lucien de Takar, iban acompañados por su plana mayor y su guardia personal. Otros dos, Kitiara y Feal-Thas, viajaban solos.

El recién ascendido Señor del Dragón Toede era el único que había llevado consigo a todo su cortejo. Toede había esperado poder desfilar triunfalmente con sus tropas —él montado en un semental negro— por las calles de Neraka. Varias dificultades echaron por tierra los sueños del hobogoblin. El semental se espantó al olerlo; la mitad de sus soldados habían desertado durante la noche y la otra mitad estaban demasiado borrachos para ponerse de pie. Toede tuvo que contentarse con asistir a su primera asamblea con la esplendorosa armadura de dragón completa; las escamas de la armadura pesaban casi tanto como si siguieran en el reptil y causaban gran sufrimiento e incomodidad al pobre hobo, además de entorpecerlo hasta el punto de que, en lugar de ir a lomos del semental negro, lo tuvieron que transportar a la asamblea subido en una carreta. El yelmo no le dejaba ver y la espada se le enredaba en las piernas y lo hacía tropezar, pero Toede creía que tenía un aspecto sublime —un Señor del Dragón de la cabeza a los pies— y había previsto hacer una gran entrada.

La asamblea estaba programada a primera hora de la mañana. Kit dejó orden de que la despertaran al amanecer y se acostó temprano. Takhisis apareció en sus sueños casi de inmediato acuciándola para que fuera al alcázar de Dargaard. Kit se negó. La Reina Oscura la hostigó con recriminaciones y mofas; la llamó cobarde. Kitiara se tapó la cabeza con la almohada y Takhisis se cansó de acosarla, o quizá Kitiara estaba tan cansada que se sumió en un profundo sueño.

A la hora señalada, alguien llamó a la puerta. Kitiara le dirigió un insulto y gritó que se largara. Lucía un sol brillante cuando por fin se despertó, asaltada por la sensación de pánico de que llegaría tarde. Con la mente embotada y sin reflejos, Kit se vistió rápidamente el farseto y encima se puso la armadura.

Había dado órdenes de que le pulieran la armadura y le limpiaran las botas, cosa que habían hecho, aunque el trabajo no tenía la calidad a la que estaba acostumbrada. Sin embargo, eso ya no tenía remedio. Iba a llegar tarde ya. Sentía unas punzadas dolorosas en las sienes por falta de sueño y por exceso de vino. Le hubiera gustado tener la mente más despejada para poder pensar mejor.

Ataviada con la armadura de escamas azules y abrigada en la capa larga de terciopelo azul, que por desgracia estaba arrugada de haberla llevado metida en la bolsa de viaje, Kitiara se cubrió la cabeza con el yelmo de Señora del Dragón y salió. La asamblea se celebraba en el Cuartel Azul, en el edificio del cuartel general del Ala Azul, el mismo edificio en el que Kit había oído mencionar por primera vez el nombre de Tanis, había escuchado por primera vez el plan estúpido de Ariakas relacionado con el Orbe de los Dragones y había visto por primera vez a la zorra de Ariakas, de la que no recordaba ni el nombre.