Con una risita sofocada, Kit entró en el bosque y avanzó entre la espesa maleza en dirección al lugar en que había dejado escondido a Jinete del Viento. Al clérigo lo vio por última vez corriendo calzada abajo mientras llamaba a gritos a su caballo. Kit se había fijado en las marcas dejadas por la fusta en el cuello del animal y suponía que éste no se sentiría muy inclinado a detenerse y esperarlo.
Kitiara se puso encima de su ropa la suntuosa túnica de terciopelo negro de un clérigo de alto rango y se colgó al cuello la cadena de oro con el medallón de la reina. Los anillos le estaban demasiado grandes y se los guardó en la bolsa del dinero, llena de monedas de acero.
—¿Qué aspecto tengo? —le preguntó a Jinete del Viento mientras desfilaba delante del caballo, que pareció aprobar su apariencia. A lo mejor el animal también pensaba en las mejores posadas, la avena más fina, el establo más cálido.
De parecer una mercenaria de poca monta, Kitiara se había convertido en una rica sacerdotisa de Takhisis. Ahora nadie se cuestionaría que tuviera en su posesión un caballo tan valioso. Cabalgaría por las calzadas principales y lo haría de día. Dormiría en regias camas en vez de pasar la noche en barrancos. Sus perseguidores estarían buscando a una Señora del Dragón renegada, una mujer guerrera. Nunca se les pasaría por la cabeza buscar a una sacerdotisa de alto rango. El infeliz clérigo le contaría lo ocurrido al primer alguacil que encontrara, pero que él supiera, lo había atacado una mendiga o, como había mencionado a Paladine, una servidora del Dios de la Luz.
Kitiara rió de buena gana. Tomó una buena comida —la del clérigo— y después montó a caballo. Salió a galope hacia el norte. Había dejado atrás el peligro.
Para su desdicha, eso le dio tiempo de sobra para pensar en el verdadero peligro —un peligro sobrecogedor— que la esperaba.
31
El Quebrantador de Hielo. Designación de un escudero
La idea de Laurana para el ataque al castillo del Muro de Hielo provocó un alboroto. Los caballeros se oponían, los amigos de la elfa estaban a favor, en tanto que Harald parecía dubitativo pero interesado. Se pasaron esa noche y el día siguiente discutiendo sobre ello. Finalmente Harald accedió a apoyar el plan de Laurana, principalmente porque Raggart el Viejo lo aprobaba, pero en parte porque Derek estaba en contra. Derek dijo en tono cortante que ningún hombre que tuviera un poco de sensatez iría a la batalla armado únicamente con la fe en unos dioses que, si realmente existían, habían demostrado no ser merecedores de la confianza de los hombres. Por lo tanto, no tomaría parte en esa empresa.
Brian tuvo que admitir que en lo tocante a esa cuestión estaba de acuerdo con Derek. El plan de Laurana era ingenioso, pero dependía de los dioses, e incluso Elistan dijo que no garantizaba que los dioses se unieran a la batalla.
—Aun así estás dispuesto a arriesgar la vida porque crees en ellos y en la remota posibilidad de que acudan en tu ayuda —señaló Aran, que ofreció cortésmente la petaca a todos antes de echar él un trago.
—No he dicho eso. He dicho que tengo fe en que los dioses nos ayudarán —respondió Elistan.
—Pero acto seguido has añadido que no puedes prometer que lo hagan —argüyó Aran en tono afable.
—Nunca me atrevería a hablar por los dioses —dijo Elistan—. Les pediré humildemente su ayuda, y si lo creen oportuno, accederán. Si por alguna razón se negaran a prestar su ayuda, aceptaré su decisión, porque ellos saben lo que es mejor para nosotros.
Aran rompió a reír.
—Les estás dando una salida a los dioses. Si te ayudan, se llevan el reconocimiento, pero si no lo hacen, les facilitas una disculpa.
—Deja que intente explicarlo —sonrió Elistan—. Me contaste que tienes un sobrino de cinco años al que adoras. Pongamos que ese niño te suplica que le dejes jugar con tu espada. ¿Le darías lo que quiere?
—Por supuesto que no —contestó Aran.
—Amas muchísimo a tu sobrino. Quieres que sea feliz pero, sin embargo, le niegas eso. ¿Por qué?
—Porque es un niño. Para él una espada es un juguete. Aún no tiene suficiente discernimiento para comprender el peligro al que se expondría él mismo y los que estén a su alrededor. —Aran sonrió—. Entiendo lo que quieres decir, señor. Afirmas que ésa es la razón de que los dioses no nos den todo lo que les pedimos. Porque podríamos hacernos trizas.
—Concedernos todos los deseos y peticiones sería lo mismo que permitir a un niño que juegue con tu espada. No alcanzamos a ver el plan eterno de los dioses ni cómo encajamos en él. En consecuencia, pedimos con la esperanza de que nos sea concedido lo que queremos, pero si no es así, tenemos fe en que ellos saben lo que es mejor para nosotros. Aceptamos su voluntad y seguimos adelante.
Aran reflexionó sobre esos razonamientos y se ayudó a pasarlos con un trago de la petaca, pero volvió a sacudir la cabeza.
—¿Crees en esos dioses? —le preguntó a Sturm.
—Sí —repuso Sturm, serio.
—¿Crees que los dioses verdaderos saben lo que es mejor para ti?
—Tengo prueba de ello. Cuando estuvimos en Thorbardin para buscar el Mazo de Kharas, oré a los dioses para que me entregaran el mazo a mí. Quería esa sagrada arma para forjar las legendarias Dragonlances. Al menos eso era lo que me decía a mí mismo. Me enfadé con los dioses cuando creyeron conveniente entregarles el mazo a los enanos.
—¡Y todavía estás enfadado por eso! —comentó Flint al tiempo que negaba con la cabeza.
Sturm sonrió.
—Tal vez lo esté. Todavía no entiendo por qué los dioses consideraron adecuado dejar el mazo en el reino enano cuando nos es tan necesario. Pero sí sé por qué los dioses no me lo entregaron a mí. Al final comprendí que no quería el mazo por el bien de la humanidad, sino por mi propio bien. Quería el mazo porque me traería gloria y honor. Para mi vergüenza, llegué incluso a acceder a tomar parte en un ardid deshonroso para conservar el mazo y engañar a los enanos.
»Cuando comprendí lo que había hecho, pedí perdón a los dioses. Me gusta pensar que habría utilizado el mazo para hacer el bien, pero no estoy seguro. Si estaba dispuesto a caer tan bajo para obtenerlo, quizá me habría hundido aún más. Los dioses no me dieron lo que creía que quería; me dieron un regalo mayor: conocimiento de mí mismo, de mi debilidad, de mis flaquezas. Me esfuerzo a diario para superar esas faltas y, con la ayuda de los dioses y de mis amigos, llegar a ser un hombre mejor.
Brian miró a Derek mientras Sturm hablaba, sobre todo cuando se refirió a querer el mazo para su propia gloria. Pero Derek no escuchaba. Estaba sentado junto a Harald y discutía con él para intentar convencerlo de que apoyara su plan. Tal vez fue mejor que Derek no oyera lo que Sturm había admitido. Si Derek ya tenía mal concepto de él, con eso habría tocado fondo.
Aran siguió preguntando a Elistan cosas sobre los dioses, como los nombres o en qué se diferenciaba Mishakal de Chislev y por qué había dioses de la neutralidad, como había dicho Lillith, y lo de mantener el equilibrio en el mundo. Aran escuchaba las respuestas de Elistan con atención, aunque Brian suponía que el interés de su amigo en esos recién descubiertos dioses era puramente académico. Brian no se imaginaba al cínico Aran abrazando una religión.
La voz de Derek se alzó cortante y acabó con la conversación.
—¿Esperas que confíe el éxito de mi misión en los delirios de un par de viejos y en las ideas estúpidas de una muchacha? ¡Estás loco!
Harald se puso de pie y desde su prominente estatura miró a Derek.