Claro que todo eso no era nada. Apenas lo básico, lo indispensable para sobrevivir. No se puede aprender en unos días lo que necesita toda una vida de adiestramiento. Yo sólo era un turista privilegiado, no un viajero al antiguo estilo de esos que pasaban meses e incluso años en el lugar que querían conocer, y, como vulgar turista, mi visión de aquel mundo era la misma que recibían los miembros de un viaje organizado al estilo de «Toda Grecia en cuatro días, crucero por las islas incluido». Era consciente de ello pero, igual que la adrenalina fluía a borbotones por mis venas cuando rompía las protecciones de algún lugar con información prohibida o me colaba por las alcantarillas en el Nou Camp para dejar mi tag pintado en las paredes de la sala de prensa, ahora no podía resistirme a combatir mi supina ignorancia sobre todo lo que me rodeaba.
Una noche, muy cerca ya de nuestro destino, mientras hablábamos un rato antes de dormir, Lola me miró y se echó a reír de repente.
– Cuando vuelvas a casa -farfulló entre hipos-, ¿vas a seguir pidiéndole a Sergi que te proteja de los pequeños e inocentes bichitos de tu jardín?
Marc, que estaba fastidiado porque la tarde anterior había tocado una polilla y luego, sin darse cuenta, se había limpiado el sudor de la cara con las manos provocándose una urticaria que lo estaba matando, soltó una carcajada que hizo girar la cabeza en nuestra dirección a unos cuantos Toromonas que también permanecían charlando junto al fuego.
– ¡Quién te ha visto y quién te ve, Root, amigo! ¡Cuando lo cuente en la empresa!
– Tú te callarás la boca -le dije muy serio- si no quieres que te eche a la calle.
– No lo estás diciendo en serio, ¿verdad? -me preguntó Gertrude, preocupada. Habíamos empezado a tutearnos todos al poco de ser sacados de la ciudad en ruinas, sin saber muy bien por qué. Ahora, el usted lo usábamos al estilo de los bolivianos, sólo para las cosas más personales y Marc y Lola, en broma, se habían acostumbrado a utilizarlo para dirigirse el uno al otro cuando discutían. El mundo al revés.
– Por supuesto que lo dice en serio -le explicó Marc, retirándose con mucho cuidado las greñas rojizas de la frente con el dorso de sus doloridas manos-. Ya me ha despedido en más de una ocasión. Ahí donde le veis tan calmado y dueño de sí mismo, tiene un genio de mil demonios cuando se cabrea.
– A mí también me ha despedido un par de veces -recordó Lola, estirando de los hilillos sueltos de lo que quedaba de su carísimo pantalón de tejido HyVent-. Pero lo hace sin darse cuenta. En el fondo, es buen tipo. Raro, pero bueno.
– ¿Raro? -se rió Marta.
– Ellos son los raros -observé con gesto impasible-. Mírales y dime si no lo son. Yo los veo rarísimos.
– Nosotros no vendimos un portal de internet al Chase Manhattan Bank por una burrada de millones de dólares con treinta añitos recién cumplidos -arguyó Marc, sacando a relucir la siempre anecdótica parte de mi biografía que más llamaba la atención.
Marta, Efraín y Gertrude se volvieron a mirarme raudos como centellas.
– ¿Eso es cierto? -quiso saber el arqueólogo, muy sorprendido-. Nos lo vas a estar aclarando ahora mismo, compadre.
Puse un gesto despectivo en la cara y señalé al gordo pelirrojo con la barbilla.
– ¿Sabéis por qué le llamamos Jabba?
– ¡Eres un…! -empezó a decir Marc, hecho una furia, pero Lola le silenció poniéndole la mano sobre la boca.
– Me vale un pepino por qué le llaman de ese modo -dijo Efraín, usando una expresión muy boliviana-. ¿Es cierto lo del Chase Manhattan Bank? ¡No vas a escaparte traicionando a tu mejor amigo!
La selva también había hecho que perdiéramos los últimos restos de comportamiento social civilizado. Algo había ya de El señor de las moscas en nosotros.
– Sí, es verdad -admití a regañadientes-, pero lo gasté todo construyendo mi casa y montando mi empresa actual, Ker-Central.
Aquello no era del todo cierto, claro, pero siempre me había parecido que hablar de dinero era una incorrección.
– Pues debes de tener una casa impresionante -murmuró Marta abriendo mucho los ojos.
– La tiene, la tiene -suspiró Lola, dando a entender que era la casa de sus sueños-. Tendríais que verla para creerlo, ¿eh, Marc?
– Pero, bueno -protesté-, ¿qué os pasa esta noche?
– ¿Y tu empresa es muy grande? -inquirió Gertrude con una enorme curiosidad.
– ¡En Bolivia no te conocen! -se burló Marc. Sentí tentaciones de levantarme y darle un buen par de pellizcos en sus gordas, irritadas y picantes mejillas-. Ahí donde le veis, es uno de los pocos genios europeos de internet. Todo el tema de la inteligencia artificial aplicada a la red ha pasado por sus manos.
Nadie dijo nada, pero me pareció escuchar (virtualmente) una exclamación coral de asombro que salía de sus bocas cerradas.
– Pues, mira -le dije a Jabba con tono de advertencia-, ya que te has puesto borde te lo voy a contar: quizá ponga a la venta Ker-Central. Me lo estoy pensando.
Marc y Lola se quedaron blancos como el papel.
– ¡No digas estupideces! -consiguió escupir el gusano pelirrojo haciendo un gran esfuerzo para reponerse del susto-. ¡A ver si vamos a tener un disgusto esta noche!
– ¡Mira en lo que me he convertido! -exclamé, girándome hacia él-. Voy a cumplir treinta y seis años y soy un empresario aburrido, alguien que se pasa el día firmando papeluchos. Necesito cambiar, hacer algo que me guste de verdad. Y no hablo de esa imbecilidad de ser feliz -añadí muy serio-. Como Gertrude nos explicó en La Paz, nuestro cerebro no tiene ninguna parcelita dedicada a algo tan insignificante y vulgar. En realidad estoy hablando de hacer algo que me divierta, algo que forme parte del mundo real.
– Necesitas nuevos desafíos -afirmó Marta.
– Sí, algo así -admití a regañadientes; me sentía enfermo al verme expuesto públicamente de aquella manera-. No quiero ser el administrador financiero de las ideas de otros. No va conmigo.
– ¡Pues, si tan sobrado estás, dame a mí Ker-Central, pero no la vendas! Yo también ayudé a crearla, ¿te acuerdas?
– Ya te he dicho que todavía lo estoy pensando. ¿Vale?
– ¡Cuídate las espaldas! -me advirtió antes de cerrar la boca de manera definitiva por esa noche.
El tema no volvió a surgir. No hubo ocasión. Al día siguiente, tras atravesar un pequeño valle recortado por unas altísimas montañas que cruzamos salvando un peligroso desfiladero, nos encontramos a primera hora de la tarde en una selva completamente distinta de la que habíamos visto hasta entonces. La penumbra era completa y el suelo era cenagoso y frío y estaba cubierto por unos helechos anormalmente altos y grandes que se abrían dibujando unas estrechas sendas a través de un bosque que, cuando menos, podía calificarse de sombrío. Avanzando por él, nos sentíamos como el pobre Gulliver en el país de los gigantes. Los descomunales árboles, separados entre sí lo imprescindible para no acabar devorándose unos a otros, o caídos en el suelo, derribados por la vejez, tenían entre noventa o cien metros de altura, casi tanto como cualquier rascacielos neoyorquino, pero lo impresionante de ellos eran sus troncos, que, a ojo, podían tener unos veinte o veinticinco metros de circunferencia. Yo había oído hablar de los famosos baobabs africanos, tan gruesos que habían sido utilizados como casas, establos, cárceles y bares en los que podían meterse hasta cincuenta personas a la vez. Incluso, siendo pequeño, había visto en un libro uno de esos baobabs al que le habían hecho un agujero en el tronco para poder construir una carretera sin derribarlo, convirtiéndolo en el único túnel viviente por el que podían pasar grandes camiones sin ninguna dificultad. Pero aquellos colosales monstruos que se apiñaban en aquel rincón perdido del Amazonas eran muchísimo más grandes que los baobabs. Efraín comentó que podía tratarse de secuoyas, los árboles más altos del mundo, pero él mismo se desdijo al recordar que las secuoyas, localizadas de manera casi exclusiva en la costa Oeste de Estados Unidos, podían medir mucho más de cien metros de altura, sí, pero sus troncos no alcanzaban nunca la anchura de los que teníamos a nuestro alrededor. Sus gigantescas raíces se hundían en el lodo blando (que exudaba una ligera neblina con olor a putrefacción) y sus copas se perdían en las alturas de los cielos, imposibles de divisar, ocultas también por el ramaje que se inclinaba debido al enorme peso, y había zonas en las que, entre la apretada alfombra de helechos, los impresionantes troncos apenas separados entre sí, las larguísimas lianas y las trepadoras que colgaban desde no se sabía dónde y que se enredaban en auténticos nudos gordianos, parecía imposible que nada que no perteneciera al reino vegetal pudiera habitar allí. Pero sí lo había, al menos un animal al que no vimos pero sí escuchamos.