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Sin disimular su satisfacción, Jabba me miró triunfante.

Su opción había resultado la ganadora… por el momento, pensé.

Segundos después, mi abuela se asomó discretamente para decirnos adiós pero, esta vez, fuimos un poco más educados y respondimos con sonrisas amables aunque distraídas. Si en aquel momento hubiera sabido que iba a tardar tanto tiempo en volver a verla, con toda seguridad me hubiera levantado para darle un beso y decirle adiós, pero no lo sabía, de modo que se fue y yo no le dije nada. Eran poco más de las siete de la tarde y mi cuerpo empezaba a crujir como una silla vieja.

– ¿Por qué no buscamos algún documento que comente, aunque sea de pasada, si la Puerta del Sol pudo haber estado alguna vez en Lakaqullu? -preguntó Jabba de repente.

Proxi le miró con una sonrisa:

– Es una buena idea. Yo lo hago.

– Utiliza filtros para limitar la búsqueda -le sugirió Jabba, acercándose a ella y doblándose por la mitad para apoyarse de codos sobre la mesa.

– ¿«Tiwanacu», «Lakaqullu» y «Puerta»?

– ¡Y algo más, mujer! Añade también «Puerta del Sol» y «mover», por ejemplo, ya que los yatiris la cambiaron de sitio.

– Vale. Allá va.

Yo seguía trabajando en lo mío, buscando todo lo relativo a la Puerta, que era mucho.

– ¿Sólo cinco documentos? -oí decir a Jabba-. Qué pocos, ¿no?

Pero Proxi no le contestó. Entonces me giré y la vi mover la mano y poner el dedo sobre la pantalla, señalando algo. Recuerdo que pensé que iba a dejar una huella digital del tamaño de un camión. Luego, ambos se inclinaron al unísono sobre el monitor sin decir palabra y permanecieron inmóviles durante mucho tiempo, tanto que, al final, me cansé de ver los fondillos de Jabba frente a mi cara y me incorporé para acercarme.

– ¿Qué pasa? -pregunté.

Ahora eran ellos los que no parecían tener ganas de hablar.

– ¡Eh, que estoy aquí! -dije, acercándome. Entonces Jabba se apartó un poco para dejarme ver la pantalla y yo me incrusté entre ambos. Lo primero que vi fue una foto bastante benévola de la doctora Torrent, de primer plano, en la que exhibía una ligera sonrisa. La página era de un diario de Bolivia, El nuevo día, y el titular informaba de que la famosa antropóloga española acababa de llegar a La Paz para sumarse a las nuevas excavaciones de Tiwanacu. El resto de la noticia, que llevaba fecha de aquel mismo martes, 4 de junio, contaba que Marta Torrent, quien había sido tan amable de atender al periodista nada más bajar del avión a pesar del cansancio del largo viaje, iba a sumarse al equipo del arqueólogo Efraín Rolando Reyes, quien había iniciado recientemente las excavaciones en Puma Punku con la intención de sacar a la luz la pirámide gemela de Akapana o, al menos, parte de ella. Esta incomparable mujer, antropóloga de profesión pero arqueóloga de vocación, había conseguido incluir la pirámide de Puma Punku en el plan de financiación del Programa de Investigación Estratégica en Bolivia (PIEB) gracias a sus magníficos contactos con el gobierno boliviano y a su gran influencia en los sectores culturales y económicos del país. «Tenemos un enorme laburo por delante de varios meses de duración. Habrá que mover toneladas de tierra», había dicho. La catedrática española, a quien gustaba más el trabajo de campo que el de despacho, procedía de una familia de arqueólogos con larga tradición de exploraciones en Tiwanacu, como su tío abuelo, Alfonso Torrent, estrecho colaborador de don Arturo Posnansky, y su padre, Carlos Torrent, que pasó más de media vida junto a las ruinas intentando reconstruir el período preincaico y estudiando la Puerta del Sol. Ella había heredado la pasión de la familia y su apellido la ponía a salvo de los muchos obstáculos con los que tan a menudo se encontraban otros investigadores. Prueba de ello era la autorización para iniciar excavaciones preliminares en Lakaqullu obtenida pocos días antes, por teléfono, desde España. «Nadie hace caso a Lakaqullu por ser un monumento menor, pero vengo dispuesta a demostrar que todos se equivocan.» «Lo conseguirá», acababa diciendo el periodista.

– ¡Está… en Bolivia! -tartamudeó Proxi, espantada.

Jabba escupió una retahíla de improperios tal, que a la catedrática debieron de pitarle los oídos al otro lado del Atlántico. Yo no me quedé corto. Los dije en catalán y castellano, y hasta solté todos los que sabía en inglés. Sentí que la sangre me hervía en las venas: el rápido viaje de la catedrática a Bolivia confirmaba su intención de aprovecharse de los descubrimientos realizados por mi hermano.

– Ha ido a buscar la cámara -mascullé cargado de veneno.

– Sabe lo de Lakaqullu… -dijo Jabba, perplejo.

– ¡Lo sabe todo, la muy…!

– Tranquila, Proxi.

– ¿Tranquila…? ¿Cómo puedes decirme que me quede tranquila, Marc? ¿Es que no ves que va a entrar en la cámara antes que nosotros? ¡Puede dejarnos sin la ayuda para Daniel!

– Iniciar la excavación de Lakaqullu le va a llevar cierto tiempo -comenté, echándome las manos a la cabeza, no sé si para retirarme el pelo o para contener los pensamientos asesinos.

– Ése es nuestro plazo para llegar a Tiwanacu -comentó Proxi con firmeza. Jabba se puso súbitamente muy pálido y pareció quedarse desencajado.

– ¡Localiza a Núria! -le grité al sistema.

El monitor de la pared mostró cómo se marcaban varios números de teléfono simultáneamente hasta que, en uno de ellos, hubo respuesta. Núria estaba en su casa desde hacía dos horas y su voz demostraba la alarma que mi inesperada llamada le había causado. La tranquilicé diciéndole que no sucedía nada malo, que sólo tenía que pedirle un favor:

– Necesito que consigas tres billetes en el próximo vuelo que salga para Bolivia.

– ¿Quieres que vaya a la oficina? -me preguntó.

– No, no hace falta. Conéctate al sistema y hazlo desde casa.

– ¿Los quieres para ayer o me das algún margen?

– Para ayer.

– Lo suponía. Vale, en unos minutos te mando las reservas.

Jabba y Proxi, con las caras serias, se habían puesto en pie y me observaban.

– ¿Cuánto se tarda en llegar a Bolivia? -preguntó Jabba, con el ceño fruncido.

– No lo sé -dije, y era cierto; yo no había viajado nunca al continente americano-, pero no debe de ser mucho. Piensa que, si Marta Torrent me llamó el domingo por la tarde, debió de salir hacia allí esa misma noche o, como muy tarde, ayer, lunes, por la mañana, y que llegó a tiempo para hacer una entrevista que sale hoy en el periódico. O sea, unas ocho o diez horas, supongo.

– ¡Qué poco sabes de la vida, Root! Olvidas un pequeño detalle -me espetó él, volviendo a tomar asiento frente al ordenador-. En el mejor de los casos, hay un desfase de seis o siete horas con el continente americano.

– Lo que Marc intenta decirte -me explicó Proxi, imitándole-, es que, cuando en España son las nueve de la noche, en Bolivia los relojes marcan, aproximadamente, las tres de la tarde y que, si Marta Torrent salió ayer por la mañana y llegó ocho o diez horas después, a eso hay que sumar la diferencia, de manera que el tiempo real de vuelo podría ser de unas dieciséis horas.

Pero no, no duraba dieciséis horas. Cuando Núria me llamó para informarme de los detalles, la cosa resultó muchísimo peor. No había vuelo directo a Bolivia desde España. La mejor opción era viajar a Madrid por la mañana y, desde allí, coger un avión hacia Santiago de Chile, donde, si no había retrasos, podríamos embarcar en un vuelo con escalas hasta La Paz. Duración estimada del viaje: veintidós horas y veinte minutos. La otra alternativa era salir desde Barcelona hacia Amsterdam y, allí, coger un vuelo a Lima, Perú, y, luego, otro hasta La Paz. Totaclass="underline" veintiuna horas y cincuenta y cinco minutos. La cara de Jabba era como una de esas máscaras japonesas que se ponen los actores para representar al demonio o a un espíritu maligno que vuelve a la Tierra para buscar venganza.