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– ¿Curarle? -la ayudé a terminar.

– Sí -murmuró, mirándome a los ojos-. ¿Qué harás? ¿Cómo vas a plantear la situación?

– No tengo ni idea. Supongo que antes tendré que hablar con la catedrática para preguntarle qué va a hacer ella, si le abrirá expediente administrativo o alguna otra cosa por el estilo. Después, ya veremos. En estos momentos -titubeé- no lo sé, no puedo pensar en eso.

– A lo mejor, si entregas una importante cantidad económica a la facultad… -insinuó Jabba, -Marta Torrent no parece una persona que se deje comprar -le atajó Proxi.

No, no lo parecía en absoluto. Nos quedamos callados un rato más y, luego, charlamos de cosas intrascendentes hasta que salimos del restaurante. Fuimos paseando hasta la Plaza de Isabel la Católica y torcimos por la calle Pedro Salazar hasta llegar frente a la urbanización San Francisco, un conjunto de viviendas residenciales de estilo colonial que guardaban un cierto aire andaluz, con paredes blancas, ventanas enrejadas y plantas por todas partes.

Cuando llamamos al timbre, la luz de una cámara de circuito cerrado nos iluminó.

– Hola -dijo la catedrática-. Sigan la calle principal hasta el final y, a la derecha, verán la casa. Se llama «Los Jazmines».

La urbanización tenía el aspecto de estar habitada por gente acomodada. La pequeña avenida por la que circulábamos estaba limpia e iluminada y adornada con macizos de flores a ambos lados. La casa «Los Jazmines» era un pequeño chalet de dos pisos con tejados rojos y una gran puerta de madera de dos hojas, una de las cuales ya estaba abierta dejando ver a Marta con el rostro muy sonriente y una nueva imagen que hacía olvidar a la Indiana Jones de las excavaciones, con aquella blusa blanca llena de bordados rojos y una falda también roja y ceñida que la convertían otra vez en la catedrática de la Autónoma.

– Adelante -dijo con cordialidad-. ¿Cómo se encuentran? ¿Han descansado?

– No lo suficiente -replicó Proxi con una sonrisa afable (e hipócrita)-. ¿Y usted?

– ¡Oh, yo estoy perfectamente! -comentó cediéndonos el paso. Tras ella, una pareja un tanto estrafalaria nos esperaba con las manos tendidas-. Voy a presentarles. Ella es la doctora Gertrude Bigelow y él es su marido, el arqueólogo Efraín Rolando Reyes, con quien trabajo en Tiwanacu desde hace casi veinte años, ¿verdad Efraín?

– ¡O más! -se burló él-. Gusto en conocerles, amigos -añadió. Efraín Rolando era el tipo calvo con el que Marta había entrado en el restaurante de don Gastón el sábado anterior, cuando nos la encontramos por primera vez, aquel con gafas y barbita grisácea. Su mujer, la doctora Bigelow, era una norteamericana alta, flaca y desgarbada, de pelo pajizo y ondulado recogido en un moño y cubierta, porque no se podía decir que vestida, con un largo y veraniego sayo estampado de flores. Ambos llevaban sandalias de cuero.

– Gertrude -añadió Marta- es médico de verdad, de ahí lo de doctora. No como Efraín y yo, que somos doctores en disciplinas humanísticas.

Siempre me resultaba incómodo conocer gente nueva y tener que ser amable con desconocidos. Para mí constituía un auténtico misterio por qué el afán del mundo entero era salir por ahí y relacionarse con unos y con otros, con cuantos más mejor, y presumir de tener muchos amigos como si eso fuera un triunfo -y lo contrario un fracaso, claro-. Hice el esfuerzo habitual y estreché las manos del arqueólogo y de la doctora mientras Marta terminaba con las presentaciones. Luego, nos invitaron a pasar al salón, una amplia habitación abarrotada de extraños y feos objetos de arte tiwanacota. Sobre el largo sofá blanco, una gran fotografía enmarcada de las ruinas, tomada al atardecer y en blanco y negro, daba una idea clara de la pulsión que animaba al tal Efraín.

Nos sentamos en torno a una mesa baja y cuadrada de madera clara -como todos los muebles de aquel salón- y la doctora Bigelow, haciéndole un gesto a Marta para que se quedara con nosotros y no la siguiera, desapareció discretamente por la puerta.

– Voy a ponerles en antecedentes -dijo rápidamente la catedrática-. Efraín y Gertrude ya saben todo lo que hemos descubierto esta pasada noche. Efraín y yo hemos compartido durante muchos años el mismo interés por la cultura tiwanacota y sus grandes misterios, y hemos sido cómplices en esta investigación cuyos documentos, Arnau, encontró su hermano en mi despacho.

– A ese respecto, Marta… -empecé a decir, pero ella levantó una mano en el aire como un guardia de tráfico y me cortó.

– No vamos a discutir este asunto ahora, Arnau. Tiempo habrá para ello. En este momento las dos únicas cosas importantes son, por un lado, devolverle la salud a Daniel, y, por otro, continuar con las investigaciones desde el punto en el que nos encontramos ahora. Vamos a hacer tabla rasa y, puesto que tenemos intereses comunes, vamos a trabajar todos en colaboración, ¿les parece bien?

Asentimos sin despegar los labios aunque, curiosamente, Jabba, Proxi y yo aprovechamos la ocasión para cambiar de postura al mismo tiempo en nuestros asientos.

– No se sientan mal por lo de Daniel -dijo el arqueólogo-. Sobre todo usted, Arnau. Lo que Marta y yo quisiéramos es que todos laburáramos juntos, dejando este tema al margen. Es muy lindo opinar desde fuera, como hago yo, lo sé, pero les aseguro que recordar este asunto sólo puede enturbiar el proyecto. Mejor nos fijamos en lo importante, ¿les parece?

Volvimos a asentir y a cambiar de postura. En ese momento regresó la doctora Bigelow cargada con una pesada bandeja. Marta y Efraín se inclinaron para quitar de la mesa todos los cachivaches y revistas y los minutos siguientes transcurrieron con el reparto y la asignación de tazas, servilletas, cucharillas, café, leche y azúcar. Cuando por fin todos estuvimos servidos y cómodos, incluida la norteamericana, volvimos a la conversación:

– Este país -explicó la catedrática- está plagado de leyendas sobre civilizaciones antiguas que perviven ocultas en la jungla. La región amazónica ocupa siete millones de kilómetros cuadrados, lo que significa que Latinoamérica es selva casi en su totalidad y que sólo los bordes oceánicos están habitados, de modo que la inmensa mayoría de los países comparten estas mitologías. La existencia de grandes tesoros, de culturas milenarias, de monstruos prehistóricos, forma parte del folclore latinoamericano en general. Sin ir más lejos, no debemos olvidar la leyenda de El Dorado o Paitití, la famosa ciudad de oro, cuya supuesta localización se encuentra, de acuerdo con las nuevas fronteras, aquí, en Bolivia. Por supuesto, nadie cree realmente en estas cosas, no de manera oficial, pero lo cierto es que cada poco tiempo los gobiernos que comparten la jungla amazónica envían expediciones en busca de minas de oro y tribus de indios no contactados.

– ¿Y tienen éxito? -pregunté con una sonrisa de ironía en los labios, sonrisa que se cortó en seco en cuanto di el primer sorbo a mi café… ¡En mi vida lo había probado tan fuerte y espeso! ¿Aquél era el maravilloso café de Bolivia o es que en aquella casa les gustaba el cianuro?

– Pues sí -me respondió la doctora Bigelow, sorprendiéndome porque hasta ese momento no había abierto la boca-. Sí tienen éxito. Yo misma he formado parte del equipo médico en un par de ellas y siempre hemos regresado con un material realmente interesante. En ambas se localizaron pequeños grupos de indios de tribus desconocidas que salieron huyendo en cuanto nos vieron tras dispararnos algunas flechas. No quieren contacto con el hombre blanco.

Hablaba con un fuerte acento norteamericano, muy nasal y suavizando mucho las erres, pero sin apenas traza de la dulce musicalidad y de los giros bolivianos. Quizá ambas cadencias fueran incompatibles en su boca a pesar de la fluidez con la que articulaba el castellano.

– Se supone que quedan casi un centenar de grupos de indios no contactados en la selva -nos aclaró el arqueólogo-. De hecho, Brasil, por ser el país que más jungla posee, tiene amplias reservas de territorios donde tanto los buscadores de oro, como las empresas madereras, las petroleras y los cazadores furtivos tienen prohibida la entrada porque se han realizado avistamientos casuales desde el aire de tribus desconocidas. La política actual es la de preservarles del contacto con la civilización para evitar su destrucción, porque, entre otras cosas, les contagiaríamos nuestras enfermedades y podríamos terminar con ellos.