Maggie, tras lanzar una mirada temerosa hacia el charco de tinieblas más profundo, donde las ratas se deslizaban entre los sacos de arpillera, se tendió sobre la manta y se alojó entre los confines de la chaqueta de Nick. Se sentía rígida de miedo y frío, nerviosa por la proximidad de gente. Los perros no habían alarmado a nadie, cierto, pero si el granjero hacía una última ronda por el patio antes de acostarse, les descubriría.
Nick besó su cabeza.
– ¿Estás bien? -preguntó solícito-. Solo será un rato. Para descansar.
– Estoy bien.
Le rodeó con los brazos y dejó que su cuerpo y la manta la calentaran. Alejó sus pensamientos de las ratas y fingió que estaban en su primer piso. Era la primera noche oficial, como su luna de miel. La habitación era pequeña, pero la luz de la luna bañaba el bonito papel pintado rosa. Colgaban cuadros en las paredes, acuarelas de perros y gatos que jugaban, y Punkin estaba tendido al pie de la cama.
Se acercó más a Nick. Ella llevaba un hermoso vestido, largo hasta los pies, de seda rosa pálido, con encaje en las tirillas y a lo largo del corpiño. El cabello se derramaba a su alrededor, y se había aplicado perfume en el hueco de la garganta, detrás de las orejas y entre los pechos. Nick vestía un pijama de seda azul oscuro, y notaba sus huesos, sus músculos y la fuerza de su cuerpo. Quería hacerlo, por supuesto -siempre quería hacerlo-, y ella siempre quería hacerlo, también. Porque era muy íntimo y muy bonito.
– Mag -dijo Nick-. No te muevas.
– Si no hago nada.
– Sí.
– Solo me he acercado más. Hace frío. Dijiste…
– No podemos. Aquí, no. ¿Vale?
Ella se apretujó contra él. Notó Aquello dentro de sus pantalones, pese a sus palabras. Ya estaba duro. Deslizó la mano entre sus cuerpos.
– ¡Mag!
– Si solo es por el calor -susurró ella, y lo frotó como Nick le había enseñado.
– ¡He dicho que no, Mag!
Su respuesta susurrada fue firme.
– Pero a ti te gusta, ¿verdad?
Lo estrujó. Lo soltó.
– ¡Las manos quietas, Mag!
Lo acarició en toda su longitud.
– ¡No, maldita sea! ¡Basta, Mag!
La muchacha se encogió cuando Nick le dio una palmada en la mano, y notó que las lágrimas acudían a sus ojos.
– Yo solo… -Los pulmones le dolieron cuando respiró hondo-. Estaba bien, ¿no? Quería ser buena.
A la escasa luz, Nick aparentaba estar dolorido por algo.
– Está bien -dijo-. Tú eres buena, pero me entran ganas y ahora no podemos hacerlo. No podemos. Bien, estate quieta. Tiéndete.
– Quería estar más cerca.
– Estamos cerca, Mag. Ven, te abrazaré. -La atrajo hacia él-. Así está bien, los dos juntos, muy cerquita.
– Yo solo quería…
– Sssh. No pasa nada. -Abrió la chaqueta de Maggie y la rodeó con el brazo-. Se está bien así -susurró en su oído. Movió la manos hacia su espalda y empezó a acariciarla de arriba abajo.
– Yo solo quería…
– Sssh. Se está bien así, ¿eh?, solo abrazados.
Sus dedos describieron lentos y largos círculos y se inmovilizaron sobre la región lumbar, una suave presión que la relajó, la relajó, la relajó por completo. Se sumió por fin en el sueño, protegida y amada.
Fue el movimiento de los perros lo que la despertó. Se levantaron, dieron vueltas y se precipitaron hacia el exterior cuando oyeron el ruido de un vehículo que entraba en el patio. Cuando empezaron a ladrar, Maggie se incorporó, completamente despierta, y descubrió que estaba sola sobre la manta.
– ¡Nick! -susurró, frenética.
El muchacho se desgajó de la oscuridad. La luz de arriba ya no brillaba. Maggie no tenía ni idea de cuánto rato había dormido.
– Ha venido alguien -anunció Nick, sin necesidad.
– ¿La policía?
– No. -Miró hacia la ventana-. Creo que es mi papá.
– ¿Tú papá? Pero ¿cómo…?
– No lo sé. Ven aquí y estate quieta.
Amontonaron las mantas y treparon hasta un lado de la ventana. Los perros hacían tanto ruido como si estuvieran anunciando la Segunda Venida, y empezaban a verse luces fuera.
– ¡Ya basta! -gritó alguien. Unos cuantos ladridos más, y los perros enmudecieron-. ¿Qué pasa? ¿Quién anda ahí?
Unos pasos atravesaron el patio. Se entabló una conversación. Maggie se esforzó por oírla, pero hablaban en voz baja.
– ¿Es Frank? -preguntó una mujer.
– Mamá, quiero ver -gritó una voz de niña. Maggie ciñó más la manta a su alrededor. Se agarró a Nick.
– ¿Dónde vamos a ir? ¿Podemos huir, Nick?
– Calla. Tendría que… Maldita sea.
– ¿Qué?
Entonces, lo oyó.
– No te importa que eche un vistazo por aquí, ¿verdad?
– En absoluto. ¿Has dicho que son dos?
– Un chico y una chica. Llevaban uniformes escolares. Puede que el chico utilice una chaqueta de aviador.
– No he visto ni rastro de ellos, pero ve a mirar. Voy a ponerme las botas y te echaré una mano. ¿Necesitas una linterna?
– Tengo una, gracias.
Los pasos se encaminaron hacia el establo. Maggie tiró de la chaqueta de Nick.
– ¡Vámonos, Nick! Correremos hacia el muro. Nos esconderemos en el prado. Después…
– ¿Y los perros?
– ¿Qué?
– Nos seguirán y darán con nosotros. Además, el otro tío dijo que iba a colaborar en la búsqueda. -Nick paseó la vista por el cobertizo-. Lo mejor será escondernos ahí.
– ¿Escondernos? ¿Cómo? ¿Dónde?
– Mueve los sacos y ponte detrás.
– ¡Las ratas!
– No hay otro remedio. Ven, ayúdame.
El granjero atravesó el patio en dirección al padre de Nick, mientras los adolescentes dejaban caer las mantas y empezaban a apartar sacos del muro.
– Nada en el establo -oyeron que gritaba el padre de Nick.
– Probemos en el cobertizo -respondió el otro hombre.
El sonido de sus pasos al acercarse espoleó a Maggie, que se puso a alejar sacos de la pared para improvisar una madriguera. Se habían acurrucado en ella, cuando la luz de una linterna penetró por la ventana.
– Parece que no hay nadie -dijo el padre de Nick.
Una segunda luz se unió a la primera; el cobertizo quedó más iluminado.
– Los perros duermen ahí. No sé si buscaría su compañía, aunque me hubiera dado a la fuga. -El hombre apagó la antorcha. Maggie dejó escapar su aliento. Oyó pasos en el estiércol-. Será mejor asegurarnos.
La luz reapareció, más potente, y desde la puerta.
El gemido de un perro acompañó al sonido de botas mojadas sobre el suelo del cobertizo. Clavos tintinearon sobre las piedras y se acercaron a los sacos.
– No -musitó Maggie desesperada, sin emitir el menor sonido, y notó que Nick se arrimaba más.
– Fíjate en eso -dijo el granjero-. Alguien ha revuelto ese tocador.
– ¿Esas mantas estaban en el suelo?
– Yo diría que no.
La luz inspeccionó el cobertizo en círculo, y del suelo al techo. Arrancó destellos del retrete abandonado y brilló sobre el polvo de la mecedora. Se detuvo en lo alto de los sacos e iluminó la pared situada sobre la cabeza de Maggie.
– Ah -dijo el granjero-. Ya los tenemos. Salid de ahí, jovencitos. Salid ahora, o enviaré a los perros para que os ayuden a tomar la decisión.
– Nick -dijo su padre-. ¿Estás ahí, muchacho? ¿La chica va contigo? Salid ahora mismo.
Maggie fue la primera en levantarse, temblorosa, y parpadeó al recibir en los ojos la luz de la linterna.
– No se enfade con Nick, señor Ware, por favor -tartamudeó-. Solo quería ayudarme.
Se puso a llorar, y pensó que no me envíen a casa, no quiero ir a casa.
– ¿En qué demonios estabas pensado, Nick? -dijo el señor Ware-. Largo de aquí, Jesús, debería darte una buena paliza. ¿Sabes lo preocupada que está tu madre, muchacho?