Maggie no entendió por qué, pues el equilibrio del poder había vuelto a cambiar, y lo peor había ocurrido: estaba sola con su madre, sin posibilidad de escapatoria. Su visión se hizo borrosa, y un sollozo empezó a formarse en su interior. Procuró reprimirlo.
Juliet se alejó.
– Entra, Maggie -dijo-. Hace frío. Estás temblando.
Se encaminó hacia la casa.
Maggie levantó la cabeza. Flotaba en la nada. Nick se había ido, y mamá se alejaba. Ya no tenía dónde acogerse. No existía ningún puerto seguro en el que pudiera fondear. El sollozo estalló. Su madre se detuvo.
– Háblame -dijo Juliet. Su tono era desesperado, inseguro-. Tienes que hablarme. Tienes que contarme lo que pasó. Tienes que decirme por qué huiste. No podemos seguir así. Tienes que hablar, porque de lo contrario, estamos perdidas.
Siguieron alejadas, su madre en la puerta, Maggie en el patio. Esta experimentó la sensación de que las separaban kilómetros. Deseaba acercarse, pero ignoraba cómo. No podía ver con claridad la cara de su madre, para saber si existía peligro. No sabía si el temblor de su voz indicaba rabia o aflicción.
– Maggie, querida. Por favor. -La voz de Juliet se quebró-. Háblame, te lo suplico.
La angustia de su madre, que parecía muy real, practicó un pequeño hueco en el corazón de Maggie.
– Nick prometió que se haría cargo de mí, mamá -sollozó-. Dijo que me quería. Dijo que yo era especial, dijo que éramos especiales, pero mintió y llamó a su papá para que viniera a buscarnos y no me lo dijo y yo todo el rato pensaba…
Lloró. Ya no sabía muy bien cuál era el origen de su pena, solo que no tenía ningún lugar a donde ir y nadie en quien confiar. Necesitaba algo, alguien, un ancla, un hogar.
– Lo siento mucho, querida.
Cuánta ternura contenían aquellas cuatro palabras. Le resultó más fácil continuar.
– Fingió amansar a los perros, encontrar mantas y…
El resto de la historia surgió a borbotones. El policía de Londres, las habladurías después de las clases, los susurros, risitas, burlas.
– Tuve miedo -concluyó.
– ¿De qué?
Maggie no pudo verbalizar el resto. Se quedó inmóvil en medio del patio, mientras el viento agitaba sus ropas sucias, incapaz de avanzar o retroceder. Porque no había forma de volver atrás, como sabía muy bien, y seguir adelante significaba el desastre.
Por lo visto, no sería necesario ir a ningún sitio.
– Oh, Dios mío, Maggie… -dijo Juliet, como si lo adivinara todo-. ¿Cómo pudiste pensar…? Eres mi vida. Eres todo cuanto tengo. Eres…
Se apoyó contra el quicio de la puerta con los puños sobre los ojos y la cabeza alzada hacia el cielo. Empezó a llorar.
Fue un sonido horrible, como el de alguien a quien estuvieran arrancando las entrañas. Era grave y espantoso. Le cortó el aliento. Era como un lamento agónico.
Maggie nunca había visto llorar a su madre. Se asustó. Observó, esperó y estrujó su chaqueta porque mamá era la fuerte, mamá mantenía el tipo, mamá siempre sabía lo que debía hacer. Pero ahora, Maggie descubría que no era tan diferente de ella en lo tocante a sensibilidad. Se acercó a su madre.
– Mamá.
Juliet meneó la cabeza.
– No puedo enmendarlo. No puedo cambiar las cosas. Ahora, no. No puedo hacerlo. No me hagas preguntas.
Entró en la casa. Maggie, aturdida, la siguió hasta la cocina y vio que se sentaba a la mesa con la cara entre las manos.
Maggie no sabía qué hacer, de modo que puso la tetera al fuego y buscó alguna infusión por la cocina. Cuando estuvo preparada, las lágrimas de Juliet habían cesado, pero a la luz cruda del techo parecía vieja y enferma. Largas arrugas en zigzag partían de sus ojos. Marcas rojas moteaban su piel donde no estaba pálida. Su cabello colgaba lacio alrededor de su cara. Cogió un pañuelo y secó su cara.
El teléfono empezó a sonar. Maggie no se movió. No sabía qué hacer, y esperaba una señal. Su madre se levantó de la mesa y descolgó.
Su conversación fue breve y fría.
– Sí, está aquí… Frank Ware les encontró… No… No… Yo no… Creo que no, Colin… No, esta noche no.
Colgó poco a poco, sin apartar los dedos del auricular, como si estuviera calmando los temores de un animal. Al cabo de un momento, durante el que no hizo otra cosa que mirar el teléfono, durante el que Maggie no hizo otra cosa que mirarla, volvió a la mesa y se sentó de nuevo.
Maggie le llevó la infusión.
– Manzanilla -dijo-. Toma, mamá.
La vertió. Cayó un poco en el platillo y se apresuró a coger una servilleta para secarla. La mano de mamá se cerró sobre su muñeca.
– Siéntate -dijo.
– ¿No quieres…?
– Siéntate.
Maggie obedeció. Juliet alzó la taza y la acunó entre sus manos. Miró la infusión y la hizo girar lentamente. Sus manos parecían fuertes, firmes, seguras.
Algo importante iba a suceder, adivinó Maggie. Se palpaba en el aire y en el silencio. La tetera todavía siseaba levemente sobre el fogón, y el fogón chasqueaba a medida que se iba enfriando. Oyó todo esto como fondo sonoro de la imagen de su madre, cuando levantó la cabeza y tomó la decisión.
– Voy a hablarte de tu padre -dijo.
23
Polly se acomodó en la bañera y dejó que el agua se elevara a su alrededor. Intentó concentrarse en el calor que inyectó entre sus piernas y acarició sus muslos cuando se hundió, pero se inmovilizó en mitad de un gemido y cerró los ojos con fuerza. Vio la imagen en negativo de su cuerpo, que se desvanecía poco a poco ante sus párpados. Diminutos pozos rojos lo reemplazaron. Después, se tiñeron de negro. Eso era lo que deseaba, la negrura. La necesitaba detrás de sus párpados, pero también la quería en su mente.
Estaba mucho más dolorida que aquella tarde en la vicaría. Se sentía como si le hubieran aplicado el potro, hasta desgarrar los ligamentos de sus ingles. Los huesos de la pelvis y el pubis parecían estar rotos, destrozados. Le dolían la espalda y el cuello, pero se trataba de un dolor que, con el tiempo, desaparecería, pero temía que no ocurriría lo mismo con el otro dolor interno, que jamás la abandonaría.
Si solo veía la negrura, no tendría que ver nunca más la cara de Colin: el modo en que sus labios se curvaron, la visión de sus dientes y sus ojos como hendiduras. Si solo veía la negrura, no tendría que verle cuando se puso de pie tambaleante, después, con el pecho hinchado y borrando de su boca el sabor de Polly con el dorso de una mano. No tendría que verle apoyado contra una pared mientras se ponía los pantalones. Aún tendría que soportar el resto, por supuesto. La incansable voz gutural y la certeza de lo repugnante que le resultaba. La invasión de su lengua. La mordedura de sus dientes, los arañazos de sus manos, y por fin, los golpes. Tendría que vivir con aquello. No había píldoras para el olvido que borraran aquellos recuerdos, por mucho que quisiera confiar en su existencia.
Lo peor era saber que se lo merecía. Al fin y al cabo, su vida estaba gobernada por las leyes del Arte y ella había violado la más importante.
Ocho palabras satisfacen al Supremo Hacedor:
mientras no hagas daño, haz lo que quieras.
Durante todos aquellos años estuvo convencida de que había trazado el círculo por el bien de Annie, pero en lo más profundo de su corazón había pensado, y esperado, que Annie moriría y que su fallecimiento serviría para que Colin se acercara más a ella, impulsado por un dolor que querría compartir con alguien próximo a su mujer. De aquella forma, había creído, llegarían a amarse y él olvidaría. Con este final, al que ella calificaba de noble, generoso y correcto, empezó a trazar el círculo y a celebrar el Rito de Venus. Daba igual que no hubiera cambiado ese Rito hasta casi un año después de la muerte de Annie. La Diosa no era, y nunca había sido, idiota. Siempre leía en el alma del suplicante. La Diosa oía el cántico: