Dios y Diosa de los cielos
concededme el amor de Colin.
Y recordaba que tres meses antes de la muerte de Annie Shepherd, su amiga Polly Yarkin -con sublimes poderes solo al alcance de una niña concebida de una bruja, concebida dentro del círculo mágico, cuando la luna estaba llena en Libra y su luz bañaba el altar de piedra dispuesto en la cumbre de Cotes Fell- había dejado de celebrar el Rito y cambiado al de Saturno. Polly había quemado madera de roble, vestida de negro, respirado incienso de jacinto y rezado por la muerte de Annie. Se había dicho que el miedo a la muerte era absurdo, que el final de una vida llegaba como una bendición cuando el sufrimiento había sido profundo. Así había justificado la maldad, consciente en todo momento de que la Diosa no dejaría sin castigo su perversidad.
Todo, hasta hoy, había sido un preludio a la descarga de Su ira, y la Diosa había ejercido Su venganza de una forma equivalente al mal cometido, entregando Colin a Polly en forma de lujuria y violencia, no de amor, volviendo la tríada mágica contra su creadora. Qué estupidez pensar que Juliet Spence, por no mencionar las atenciones de Colin para con ella, era el castigo de la Diosa. Verles juntos y comprender lo que significan el uno para el otro había servido de simple preludio a la mortificación que se avecinaba.
Ya había terminado. No podía suceder nada peor, excepto la muerte. Y como ya estaba más que medio muerta, ni siquiera eso se le antojaba tan terrible.
– Polly, cariño, ¿qué estás haciendo?
Polly abrió los ojos y se levantó del agua con tal rapidez que el agua se derramó por un lado de la bañera. Contempló la puerta del cuarto de baño. Detrás, oyó los resuellos de su madre. Por lo general, Rita solo subía la escalera una vez al día, para acostarse, y como nunca lo hacía hasta pasada la medianoche, Polly había supuesto que estaría a salvo cuando había anunciado, nada más entrar en el pabellón, que no quería cenar, para correr a continuación hasta el cuarto de baño y encerrarse en él. Cogió una toalla.
– ¡Polly! ¿Aún te estás bañando, muchacha? He oído correr el agua desde mucho antes de la cena.
– Acabo de empezar, Rita.
– ¿Acabas de empezar? Oí correr el agua en cuanto llegaste a casa. Hace más de dos horas. ¿Qué pasa, cariño? -Rita arañó la puerta con sus uñas-. ¿Polly?
– Nada.
Polly se envolvió en la toalla cuando salió de la bañera. Hizo una mueca cada vez que levantó una pierna.
– Nada, y un huevo. La higiene es necesaria, lo sé, pero te estás pasando. ¿Cuál es la historia? ¿Te estás emperifollando para algún muchachito que esta noche entrará por tu ventana? ¿Tienes una cita con alguien? ¿Quieres que te perfume con mi Giorgio?
– Estoy cansada. Me voy a la cama. Vuelve a la tele, ¿vale?
– No vale. -Volvió a tabalear sobre la puerta-. ¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal?
Polly se ciñó más la bata. El agua resbaló por sus piernas hasta la manchada alfombrilla verde del suelo.
– Estoy bien, Rita.
Intentó decirlo con la mayor naturalidad posible, mientras rebuscaba en sus recuerdos cómo interactuaban su madre y ella, para encontrar el tono de voz apropiado. ¿Tendría que estar ya irritada con Rita? ¿Debería reflejar impaciencia su voz? No se acordaba. Eligió un tono cordial.
– Vuelve abajo. ¿No hacen ahora tu serie policíaca favorita? ¿Por qué no te cortas un trozo de ese pastel? Córtame uno a mí también y déjalo sobre la encimera.
Aguardó la respuesta, los sonidos de la partida de Rita, pero no se oyó nada al otro lado de la puerta. Polly la contempló con cautela. Notó frío en la piel mojada que tenía al descubierto, pero no se decidía a quitarse la toalla, desnudar su cuerpo para secarlo y tener que contemplarlo de nuevo.
– ¿Pastel? -preguntó asombrada Rita.
– Puede que coma un trozo.
El pomo de la puerta retembló. La voz de Rita era perentoria.
– Abre, muchacha. No has tomado pastel en quince años. Algo pasa y quiero saber qué.
– Rita…
– No juegues conmigo, cariño. A menos que pienses saltar por la ventana, ya puedes ir abriendo la puerta, porque no me moveré de aquí hasta que lo hagas.
– Por favor. No pasa nada.
El pomo de la puerta volvió a temblar. La puerta se movió.
– ¿Tendré que pedir ayuda a nuestro agente de policía local? -preguntó su madre-. No me costaría nada telefonearle. ¿Por qué se me antoja que a ti no te haría ninguna gracia?
Polly cogió el albornoz y retiró el cerrojo. Se envolvió con el albornoz, y ya se estaba atando el cinturón cuando su madre abrió la puerta. Polly se dio la vuelta a toda prisa y se quitó la goma del cabello para que cayera sobre su cara.
– El señor Colin Shepherd estuvo aquí hoy -informó Rita-. Vino con el cuento de que quería encontrar herramientas para arreglar la puerta de nuestro cobertizo. Un tipo muy agradable, nuestro policía local. ¿Sabes algo de eso, cariño?
Polly meneó la cabeza y forcejeó con el nudo que había hecho en el cinturón del albornoz. Contempló los movimientos de sus dedos y aguardó a que su madre desistiera de su esfuerzo por comunicarse y saliera. Rita, sin embargo, siguió en su sitio.
– Será mejor que me lo cuentes, muchacha.
– ¿Qué?
– Lo que pasó.
Entró en el cuarto de baño y dio la impresión de llenarlo con su tamaño, su perfume y, sobre todo, su energía. Polly intentó reunir fuerzas para defenderse, pero su voluntad se había debilitado.
Oyó el tintineo de los brazaletes cuando el brazo de Rita se alzó detrás de ella. No se encogió, pues sabía que su madre no tenía intención de pegarle, pero esperó con temor la reacción de Rita cuando no percibiera la menor emanación, como una ola palpable, del cuerpo de Polly.
– No tienes aura -dijo Rita-, ni tampoco calor. Date la vuelta, Polly.
– Rita, por favor. Estoy cansada. He estado trabajando todo el día y quiero irme a la cama.
– No me vengas con rollos. He dicho que te des la vuelta. Ya.
Polly hizo un nudo doble en el cinturón. Sacudió la cabeza para que el cabello la ocultara un poco más. Se volvió lentamente.
– Solo estoy cansada, y un poco molida. Esta mañana resbalé en el camino particular de la vicaría y me di un golpe en la cara. Me duele. Me pincé un músculo de la espalda o algo así, también. Pensé que un baño caliente…
– Levanta la cabeza. Ya.
Polly sintió la energía que impulsaba la orden. Derrumbó la escasa resistencia que había interpuesto. Alzó la barbilla, con la vista baja. Escasos centímetros la separaban de la cabeza de chivo que colgaba del collar de su madre. Concentró sus pensamientos en el chivo, su cabeza y en lo mucho que recordaba a la bruja desnuda que se erguía en el centro del pentagrama, donde se iniciaban los Ritos y se formulaban las súplicas.
– Apártate el cabello de la cara.
La mano de Polly cumplió el deseo de su madre.
– Mírame.
Sus ojos obedecieron.
El aliento de Rita silbó entre sus dientes cuando tomó aire, cara a cara con su hija. Sus pupilas se expandieron rápidamente sobre la superficie de los iris, y después se convirtieron en diminutos puntos negros. Levantó la mano y movió los dedos a lo largo del cardenal que surcaba la piel de Polly desde el ojo a la cara. No llegó a tocarlo, pero Polly sintió el tacto de sus dedos. Flotaron sobre el ojo hinchado. Se deslizaron desde la mejilla a la boca. Por fin, se hundieron en su cabello, con una mano a cada lado de la cara, y aquel contacto pareció enviar vibraciones a todo su cráneo.
– ¿Qué más tenemos? -preguntó Rita.
Polly notó que los dedos cogían con fuerza su cabello.
– Nada. Me caí. Estoy un poco molida -dijo, sin la menor convicción en la voz.
– Abre el albornoz.