– Rita.
Las manos de Rita aumentaron su presión, no con violencia, sino como si proyectaran calor, como círculos en un estanque cuando una piedra ha golpeado su superficie.
– Abre el albornoz.
Polly deshizo el primer nudo, pero descubrió que el segundo se le resistía. Su madre lo hizo por ella, con sus largas uñas azules y manos tan inseguras como su respiración. Apartó el albornoz del cuerpo de su hija y dio un paso atrás cuando cayó al suelo.
– Santa Madre -dijo Rita-. ¿No fue él quien lo hizo, después de salir de aquí?
– Olvídalo -dijo Polly.
– ¿Que lo…?
El tono de Rita expresó incredulidad.
– No le hice ningún bien. Mis deseos no eran puros. Mentí a la Diosa. Me oyó y me castigó. No fue él. Estaba en sus manos.
Rita la cogió por el brazo y la volvió hacia el espejo que colgaba sobre el lavabo. Aún estaba opaco a causa del vapor. Rita lo frotó vigorosamente con la mano, que luego secó en el caftán.
– Mírate, Polly -dijo-. Mírate bien. Ya.
Polly vio reflejado lo que ya había visto. La profunda marca de sus dientes en su pecho, los morados, las señales apaisadas de los golpes. Cerró los ojos, pero sintió que las lágrimas intentaban abrirse paso a través de las pestañas.
– ¿Crees que Ella castiga así, muchacha? ¿Crees que envía a algún bastardo con intenciones de violar?
– El deseo recae tres veces en quien desea, sea cual fuese. Tú lo sabes. Mis deseos no eran puros. Deseaba a Colin, pero él pertenecía a Annie.
– ¡Nadie pertenece a nadie! -exclamó Rita-. Y Ella no utiliza el sexo, el auténtico poder de la creación, para castigar a Sus sacerdotisas. Has perdido el juicio. Piensas de ti lo que pensaban aquellos santos cristianos maricones: «Pasto de gusanos… un montón de estiércol. Ella es la puerta por la que entra el diablo… Es como el aguijón del escorpión…». Eso piensas de ti, ¿eh? Algo que merece ser pisoteado. Algo maligno.
– Me porté mal con Colin. Tracé el círculo…
Rita la obligó a volverse y agarró sus manos con firmeza.
– Y volverás a trazarlo, ahora mismo, conmigo. A Marte. Como tenías que haber hecho.
– Lo tracé a Marte como tú dijiste la otra noche. Ofrecí las cenizas a Annie. Puse la piedra anular, pero yo no era pura.
– ¡Polly! -Rita la agitó-. Lo hiciste bien.
– Quería que ella muriera. No puedo borrar ese deseo.
– ¿Crees que ella no quería morir también? El cáncer roía sus entrañas, cariño. Se propagó desde sus ovarios hasta el estómago y el hígado. No habrías podido salvarla. Nadie habría podido salvarla.
– La Diosa sí, si se lo hubiera pedido como es debido, pero no fue así, y me castigó.
– No seas estúpida. Lo que ha pasado hoy no tiene nada que ver con el castigo. Es maldad, la maldad de él. Y pagará por lo que ha hecho.
Polly apartó las manos de su madre.
– No puedes utilizar magia contra Colin. No te lo permitiré.
– Créeme, muchacha, no pienso utilizar magia. Pienso utilizar a la policía.
Giró en redondo y se encaminó a la puerta.
– No. -Polly se estremeció de dolor cuando se agachó para coger el albornoz del suelo-. Será inútil. No hablaré con ellos. No diré ni una palabra.
Rita se volvió.
– Vas a escucharme…
– No, tú me escucharás a mí, mamá. No importa lo que hizo.
– ¿Que no…? Eso es como decir que tú no importas. Polly ató con firmeza el albornoz.
– Sí, lo sé -dijo.
– Por lo tanto, la conexión con Servicios Sociales consiguió que Tommy se convenciera aún más de que existe una relación con Maggie, fueran cuales fuesen las razones de su madre para deshacerse del vicario.
– Y tú, ¿qué piensas?
St. James abrió la puerta de su habitación y la cerró con llave.
– No sé. Hay algo que todavía no encaja.
Deborah se quitó los zapatos de una patada y se derrumbó sobre la cama. Levantó las piernas a la manera hindú y se masajeó los pies. Suspiró.
– Siento los pies como si tuvieran veinte años más que yo. Creo que los zapatos de mujer están diseñados por sádicos. Deberían fusilarlos.
– ¿A los zapatos?
– También.
Liberó su cabello de una peineta de carey y la tiró sobre el tocador. Llevaba un vestido de lana verde, del mismo color que sus ojos, y se onduló a su alrededor como un manto.
– Puede que tus pies se sientan como si tuvieran cuarenta y cinco años -observó Simon-, pero tú aparentas quince.
– Es la luz, Simon. Agradablemente amortiguada. Ve acostumbrándote. En los años venideros, ese tipo de luz será el que habrá cada vez más en casa.
St. James lanzó una risita y se quitó la chaqueta, así como el reloj, que dejó sobre la mesita de noche, bajo una lámpara de pantalla con borlas, cuyos extremos se habían enmarañado. Se sentó a su lado en la cama y volvió la pierna lisiada para acomodarse mejor.
– Me alegro -dijo.
– ¿Por qué? ¿Te has aficionado de repente a las luces amortiguadas?
– No, pero sí a los años venideros. Que vamos a pasar juntos, quiero decir.
– ¿Acaso pensabas lo contrario?
– La verdad, contigo nunca sé qué pensar.
Deborah levantó las piernas, apoyó la barbilla sobre ellas y rodeó su cuerpo con el vestido. Miró hacia el cuarto de baño.
– No vuelvas a pensar eso, mi amor. No permitas que lo que soy, o quién soy, te impulse a pensar que nos separaremos. Soy difícil, lo sé…
– Siempre lo fuiste.
– … pero nuestra unión es lo más importante de mi vida. -Como St. James no contestó, volvió la cabeza, todavía apoyada sobre las rodillas, hacia él-. ¿Me crees?
– Quiero creerte.
– ¿Pero?
St. James enrolló alrededor de su dedo un rizo de Deborah y examinó cómo capturaba la luz. El color oscilaba entre el rojo, el castaño y el rubio. No supo qué nombre darle.
– A veces, el problema de vivir y su confusión general se cruzan en el camino de la unidad -empezó diciendo-. Cuando eso ocurre, es fácil olvidar dónde empezaste, adonde te dirigías y por qué te liaste con la otra persona.
– Nunca ha representado el menor problema para mí. Siempre estuviste en mi vida y siempre te quise.
– ¿Pero?
Deborah sonrió y se escurrió con mayor habilidad de la que St. James pensaba.
– La noche que me besaste por primera vez dejaste de ser el señor St. James, el héroe de mi infancia, y te convertiste en el hombre con quien me propuse casarme. Así de sencillo.
– Nunca es tan sencillo, Deborah.
– Yo creo que sí, siempre que dos mentes sean una.
Le besó en la frente, en el puente de la nariz, en la boca. St. James deslizó la mano desde su cabello a la nuca, pero Deborah saltó de la cama, bajó la cremallera del vestido y bostezó.
– ¿Quieres decir que perdimos el tiempo, yendo a Bradford?
Se encaminó al ropero y buscó una percha. St. James la miró, perplejo, sin captar el sentido de sus palabras.
– ¿Bradford?
– Robin Sage. ¿Descubristeis algo en la vicaría sobre su matrimonio, la mujer sorprendida en adulterio, o san José?
St. James aceptó el cambio de tema, por el momento. Al fin y al cabo, facilitaba las cosas.
– Nada, pero sus cosas estaban guardadas en cajas de cartón, docenas de ellas, y puede que aún podamos descubrir algo. No obstante, Tommy lo considera improbable. Cree que la verdad está unida a la relación entre Maggie y su madre.
Deborah se quitó el vestido por la cabeza.
– De todos modos, no sé por qué habéis desechado el pasado -dijo, con la voz ahogada por los pliegues de la tela-. Parecía tan prometedor: una esposa misteriosa, un accidente náutico todavía más misterioso, todo eso. Quizá telefoneara a Servicios Sociales por razones que no tengan nada que ver con la muchacha.
– Es cierto, pero ¿para qué telefonear a Servicios Sociales de Londres? ¿Por qué no llamó a una sede local, si se trataba de un problema local?