– A ese respecto, y si sus llamadas estaban relacionadas con Maggie, ¿por qué consultar a Londres el problema de la chica?
– No querría que su madre se enterara, supongo.
– Podría haber telefoneado a Manchester, o a Liverpool, ¿no? Y si no lo hizo, ¿por qué no lo hizo?
– Esa es la cuestión. Sea como fuera, hay que descubrir la respuesta. Supón que telefoneara por algo que Maggie le había confiado. Si estaba invadiendo lo que Juliet Spence consideraba su territorio, la educación de su hija, y si lo estaba invadiendo de una forma amenazadora para ella, y si le reveló dicha invasión para forzarla de alguna forma, ¿no crees que ella tal vez se rebeló contra la situación?
– Sí. Me inclino a pensar que sí.
Deborah colgó el vestido y lo alisó en la percha. Su aspecto era pensativo.
– Pero no estás convencida.
– No es eso. -Cogió la bata, se la puso y se sentó en la cama, a su lado. Se estudió los pies-. Es que… -Frunció el ceño-. Quiero decir… Lo más probable es que si Juliet Spence le asesinó y si Maggie es el motivo de que le asesinara, lo hizo porque sentía que ella estaba amenazada. Es su hija, al fin y al cabo. No lo olvides. No olvides lo que eso significa.
St. James notó que los pelos de su nuca se erizaban, como una advertencia. Sabía que la frase final de Deborah podía conducirles hacia terrenos resbaladizos. Calló y esperó a que continuara. Deborah lo hizo, y su mano trazó una configuración en el cubrecama, entre ambos.
– Es el ser que creció en sus entrañas durante nueve meses, que escuchó los latidos de su corazón, que compartió el flujo de su sangre, que pataleó y se agitó durante los últimos meses para anunciar su presencia. Maggie surgió de su cuerpo. Mamó de sus pechos. Al cabo de unas semanas, ya reconocía su cara y su voz. Creo… -Sus dedos se detuvieron. Intentó adoptar un tono práctico, pero fracasó-. Una madre haría cualquier cosa con tal de proteger a su hijo. Quiero decir… ¿No haría cualquier cosa para proteger la vida que creó? ¿No crees que, en el fondo, es la causa de este asesinato?
– ¡Josephine Eugenia! -gritó Dora Wragg en algún lugar del hostal-. ¿Dónde te has metido? ¿Cuántas veces he de decirte…?
El ruido de una puerta al cerrarse apagó sus palabras.
– No todo el mundo es como tú, mi amor -dijo St. James-. No todo el mundo siente lo mismo por sus hijos.
– Pero si es su única hija…
– ¿Nacida en qué circunstancias? ¿Qué clase de impacto produjo en su vida? ¿De qué forma puso a prueba su paciencia? ¿Quién sabe lo ocurrido entre ellas? No puedes mirar a la señora Spence y a su hija a través del filtro de tus propios deseos. No puedes ponerte en su lugar.
Deborah lanzó una amarga carcajada.
– Lo sé.
St. James comprendió que había dado la vuelta a sus palabras para autoflagelarse.
– No -dijo-. No sabes lo que el futuro te depara.
– ¿Cuando el pasado es su prólogo?
Deborah meneó la cabeza. St. James no pudo ver su cara, salvo un fragmento de mejilla, como un pequeño cuarto de luna, casi cubierto por el cabello.
– A veces, el pasado es el prólogo del futuro, pero otras, no.
– Aferrarse a ese tipo de creencia es una manera muy fácil de evadir la responsabilidad, Simon.
– Ya lo creo, pero también puede ser una manera de seguir adelante, ¿no? Siempre miras hacia atrás en busca de augurios, mi amor, pero eso solo te causa dolor.
– Mientras tú nunca buscas augurios.
– Eso es lo peor -admitió St. James-. No busco augurios. Para nosotros, al menos.
– ¿Y para los demás? ¿Para Tommy y Helen? ¿Para tus hermanos? ¿Para tu hermana?
– Tampoco. Seguirán su camino, pese a mis meditaciones sobre lo que les guió hacia sus decisiones.
– Entonces, ¿para quién?
St. James no contestó. La verdad era que sus palabras habían traído a su recuerdo un fragmento de una conversación sobre el que deseaba pensar, pero temía cambiar de tema, no fuera que Deborah malinterpretara su actitud.
– Dime. -Su mujer empezaba a encresparse. Lo supo cuando vio que sus dedos se extendían y pellizcaban el cubrecama-. Te ronda algo por la cabeza y no me gusta nada que me dejen plantada cuando estamos hablando de…
St. James apretó su mano.
– No tiene nada que ver con nosotros, Deborah, ni con esto.
– Entonces… -Ella lo adivinó enseguida-. Con Juliet Spence.
– Tus instintos suelen ser correctos en lo tocante a personas y situaciones. Los míos no. Siempre busco los hechos escuetos. Tú te sientes más a gusto con las conjeturas.
– ¿Y?
– Fuiste tú quien habló del pasado como prólogo del futuro. -Se desanudó la corbata, la pasó por encima de su cabeza y la tiró en dirección al tocador. No llegó y cayó sobre uno de los tiradores-. Polly Yarkin escuchó una conversación que Sage sostuvo el día que murió por teléfono. Estaba hablando del pasado.
– ¿Con la señora Spence?
– Creemos que sí. Dijo algo acerca de juzgar… -Se detuvo en el acto de desabotonarse la camisa. Buscó las palabras exactas que Polly había recitado-. «Usted puede juzgar lo que ocurrió entonces.»
– El accidente náutico.
– Creo que eso es lo que me ha estado intrigando desde que nos fuimos de la vicaría. Esa afirmación no encaja con su interés en Servicios Sociales, me parece a mí, pero algo me dice que encaja en otra parte. Polly dijo que había estado rezando todo el día. No comió.
– Ayuno.
– Sí, pero ¿por qué?
– Quizá no tenía hambre.
St. James consideró otras opciones.
– Sacrificio, penitencia.
– ¿Por un pecado? ¿Cuál?
St. James terminó de desabrocharse la camisa y la tiró al igual que la corbata. También erró su objetivo y cayó al suelo.
– No lo sé -dijo-, pero apostaría cualquier cosa a que la señora Spence sí.
Cuando el pasado es Prólogo
24
Una salida temprana, iniciada mucho antes de que el sol se alzara sobre las laderas de Cotes Fell, logró que Lynley llegara a las afueras de Londres a mediodía. El tráfico de la ciudad, que cada día se iba convirtiendo más en una especie de nudo gordiano sobre ruedas, añadió una hora más a la duración de su viaje. Entró poco después de la una en Onslow Square y se adjudicó un espacio que estaba abandonando un Mercedes-Benz, con la puerta del conductor arrugada como un acordeón pateado y un conductor ceñudo y ceñido a un collarín.
No la había telefoneado, ni desde Winslough ni desde el Bentley. Al principio, se había dicho que era demasiado -¿cuándo, al fin y al cabo, se había levantado Helen antes de las nueve de la mañana, si no era absolutamente necesario?-, pero a medida que transcurrían las horas, varió su razonamiento y pensó que no deseaba obligarla a variar sus horarios en función de él. No era una mujer a la que gustara estar a la disposición de un hombre, y Lynley no pensaba imponerle aquel papel. Al fin y al cabo, el piso estaba bastante cerca de su casa. Si había salido, se dirigiría a Eaton Terrace y comería allí. Aquellas ideas tan liberadas le halagaron, pero solo servían para ocultar la verdad evidente: quería verla, pero no deseaba llevarse un chasco si Helen tenía un compromiso que le excluía.
Tocó el timbre y esperó, mientras escudriñaba un cielo del color aproximado de una moneda de diez peniques y se preguntaba cuánto tardaría en llover, y si lluvia en Londres significaba nieve en Lancashire. Llamó por segunda vez y la oyó por el altavoz.
– Estás en casa -dijo.
– Tommy.
La puerta se abrió.
Salió a recibirle en la puerta del piso. Sin maquillaje, con el cabello apartado de la cara y sujeto con una ingeniosa combinación de goma y cinta de raso, parecía una adolescente. El tema que eligió para conversar acentuó la similitud.