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– Esta mañana he tenido una pelea espantosa con papá -dijo, mientras él la besaba-. Yo debía encontrarme con Sidney y Hortense para ir a comer, Sid ha descubierto un restaurante armenio en Chiswick y jura que es el paraíso en la tierra, si es posible combinar la comida armenia con Chiswick y el paraíso, pero papá vino ayer a la ciudad por asuntos de negocios, pasó la noche aquí y nos hundimos en abismos todavía más profundos de nuestro odio mutuo, esta misma mañana.

Lynley se quitó el abrigo. Observó que Helen se había consolado con el raro lujo de un fuego de mediodía, frente al cual había instalado una mesa de café, ocupada por el periódico de la mañana, dos tazas y dos platillos, y los restos de un desayuno que, al parecer, había consistido en huevos demasiado hervidos y consumidos solo a medias, y unas tostadas increíblemente carbonizadas.

– Ignoraba que tu padre y tú os odiabais. ¿Es algo reciente? Siempre había tenido la sensación de que realmente eras su hija favorita.

– Oh, no nos odiamos y soy su favorita, en efecto. Por eso es tan desagradable que espere esas cosas de mí. «No me malinterpretes, querida. A tu madre y a mí no nos molesta ni un ápice que utilices este piso», dijo con su habitual estilo rimbombante. Ya sabes a qué me refiero.

– De barítono, sí. ¿Quiere echarte del piso?

– «Tu abuela lo legó a la familia, y como tú formas parte de la familia, no podemos acusarte o acusarnos de hacer caso omiso de sus deseos. No obstante, tu madre y yo hemos reflexionado sobre la forma en que empleas tu tiempo», y todos los etcéteras que tanto le gustan. Le odio cuando me chantajea con el piso.

– ¿Te refieres a «Cuéntame con qué tonterías empleas tu tiempo, querida Helen»? -preguntó Lynley.

– Exacto. -Se acercó a la mesita de café y empezó a doblar los periódicos y amontonar los platos-. Y todo porque Caroline no estaba aquí para prepararle el desayuno. Ha vuelto a Cornualles. Está totalmente decidida a regresar, y esa no es la mejor noticia de la década, y la culpa es de Denton, Tommy. Y también, porque Cybele es un modelo de felicidad conyugal y porque Iris es feliz como un cerdo en el barro con Montana, el ganado y su vaquero. Pero sobre todo porque su huevo no estaba hervido como a él le gusta y quemé su tostada. Cielos, ¿cómo iba a saber yo que debes quedarte junto a la tostadora como una mujer enamorada? Eso le puso frenético. De todas formas, por las mañanas es siempre tan hiriente como un zarzal.

Lynley seleccionó de toda la información el único punto en que tenía, al menos, cierta experiencia. No podía comentar las elecciones maritales de dos de las hermanas de Helen -Cybele con un industrial italiano e Iris con un ranchero de Estados Unidos-, pero conocía bastante bien una parte de su vida. Durante los últimos años, Caroline había jugado el papel de criada, acompañante, ama de llaves, cocinera, ayuda de cámara y ángel de la guardia de Helen. Pero había nacido y crecido en Cornualles, y Lynley siempre había sabido que, a la larga, Londres la acabaría abrumando.

– No esperarías que Caroline fuera a quedarse para siempre -comentó-. Al fin y al cabo, su familia vive en Hownestow.

– Lo habría conseguido si Denton no se hubiera dedicado a romper su corazón cada mes, más o menos. No entiendo por qué no controlas a tu criado. Carece de conciencia en lo relativo a mujeres.

Lynley la siguió a la cocina. Dejaron los platos sobre la encimera, y Helen se encaminó a la nevera. Sacó un yogur de limón y lo abrió con el extremo de una cuchara.

– Iba a proponerte ir a comer -se apresuró a decir Lynley, cuando Helen hundió la cuchara en el yogur y se apoyó en la encimera.

– ¿De veras? Gracias, querido. Es imposible. Temo que estoy demasiado ocupada en decidir qué hacer con mi vida, de una forma que nos permita vivir a mí y a papá. -Se arrodilló, rebuscó de nuevo en la nevera y sacó tres yogures más-. Fresa, plátano, otro de limón. ¿Cuál prefieres?

– Ninguno, de hecho. Tuve visiones de salmón ahumado seguido de buey. Cócteles de champán antes, clarete durante, coñac después.

– En ese caso, plátano. -Helen decidió por él y le pasó el yogur y una cuchara-. Es lo mismo. Muy refrescante. Ya lo verás. Voy a preparar café.

Lynley examinó el yogur con una mueca.

– ¿De veras puedo comerme esto sin sentirme como la señorita Muffet?

Se acercó a una mesa circular de abedul y cristal que encajaba a la perfección en un hueco de la cocina. Sobre ella descansaban tres días de correo, como mínimo, sin abrir, junto con dos revistas de modas, con las esquinas de las páginas interesantes dobladas. Las hojeó mientras Helen molía el café. Su elección de lecturas era intrigante. Se había dedicado a investigar vestidos de novia y bodas. Raso venus seda versus algodón. Flores en el pelo versus sombreros versus velos. Recepciones y desayunos. La oficina de registro versus la iglesia.

Lynley levantó la vista y observó que ella le estaba mirando. Giró en redondo y se concentró en moler café, pero él ya había advertido la momentánea confusión en sus ojos -¿cuándo demonios se había quedado Helen perpleja por algo?-, y se preguntó hasta qué punto estaba relacionado con él, y hasta qué punto con las críticas de su padre, su repentino interés por las bodas. Dio la impresión de que ella había leído en su mente.

– Siempre está a vueltas con Cybele -dijo Helen-, lo cual le predispone contra mí. Ella es: madre de cuatro, esposa de uno, la gran dama de Milán, protectora de las artes, miembro de la junta directiva de la ópera, presidente del museo de arte moderno, miembro de todos los comités habidos y por haber. Y habla italiano como una nativa. Qué repugnante hermana mayor. Al menos, podría tener la decencia de ser desgraciada, o estar casada con un patán. Pero no: Cario la adora, la reverencia, la llama su frágil rosa inglesa. -Helen colocó la jarra de café bajo la espita de la cafetera-. Cybele es tan frágil como un caballo y él lo sabe.

Abrió un aparador y empezó a sacar latas, tarros y envases de cartón, que transportó a la mesa. Galletas de queso tomaron posiciones en una bandeja, junto con un trozo de Brie. Aceitunas y encurtidos fueron a parar a un cuenco. Añadió unas cuantas cebollas de cóctel. Terminó el despliegue con un pedazo de salami y una tabla de cortar.

– La comida -anunció, y se sentó frente a él mientras el café hervía.

– Una selección gastronómica ecléctica -comentó Lynley-. ¿En qué estaría pensando cuando sugerí salmón ahumado y buey?

Lady Helen se cortó un poco de Brie y lo aplicó sobre una galleta.

– No considera necesario que yo siga una carrera, es un papá muy victoriano, con toda franqueza, pero piensa que debería hacer algo útil.

– Ya lo haces. -Lynley atacó su yogur de plátano y trató de pensar en él como algo masticable, en lugar de aquella masa informe-. Piensa en la ayuda que prestas a Simon cuando va muy ahogado.

– Eso es lo que más le duele a papá. ¿Qué demonios hace una de sus hijas espolvoreando y fotografiando huellas dactilares, colocando pelos en bandejas de microscopios, mecanografiando informes sobre carne descompuesta? Dios mío, ¿es ese el tipo de vida que esperaba del fruto de sus entrañas? ¿Para eso me envió al colegio? ¿Para pasar el resto de mis días, intermitentemente, por supuesto, no pretendo dedicarme con regularidad a algo alejado de la frivolidad, en un laboratorio? Si fuera un hombre, al menos podría perder el tiempo en el club. Lo aprobaría. Al fin y al cabo, fue su principal ocupación durante la mayor parte de su juventud.

Lynley enarcó una ceja.

– Creo recordar que tu padre era presidente de tres o cuatro empresas bastante lucrativas. Creo recordar que todavía preside una.

– Oh, no me lo recuerdes. Se pasó la mañana haciéndolo, cuando no se dedicaba a enumerar la lista de organizaciones caritativas a las que debería entregar mi tiempo. La verdad, Tommy, a veces pienso que sus actitudes y él han salido de una novela de Jane Austen.