– O que la tiraran -insinuó Lynley.
Havers se mostró de acuerdo, aunque de manera indirecta.
– La verdad es que pudo ser un suicidio, pero también otra cosa. Lo mismo pensaron, al parecer, los polis de ambos lados del Canal. Pasaron por la piedra a Sage dos veces. Salió impoluto, al menos lo máximo que pudo, al no haber testigos de nada, incluyendo la visita de Sage al bar o sus paseos para estirar las piernas.
– ¿No pudo largarse la mujer del barco cuando atracó? -preguntó Lynley.
– Una frontera internacional, inspector. Tenía el pasaporte en el bolso, junto con el dinero, el permiso de conducir, las tarjetas de crédito y todo eso. No habría podido bajar del barco en ninguna de ambas escalas. Lo registraron de arriba abajo en Francia y en Inglaterra.
– ¿Y el cuerpo? ¿Dónde la encontraron? ¿Quién la identificó?
– Aún no lo sé, pero estoy en ello. ¿Quiere que apostemos?
– A Sage le gustaba hablar sobre la mujer sorprendida en adulterio -dijo Lynley, casi para sí.
– Y como no había piedras a mano en el barco, le dio el típico empujón que merecía, ¿no?
– Tal vez.
– Bien, pasara lo que pasase, todos están durmiendo ya en el seno de Jesús. En el cementerio de Tresillian. Todos, de hecho. Fui a comprobarlo.
– ¿Todos?
– Susanna, Sage y el niño. Los tres. Alineados en una diminuta hilera.
– ¿El niño?
– Sí, el niño. Joseph. Su hijo.
Lynley frunció el ceño, mientras escuchaba a su sargento y miraba a Helen; la primera le estaba suministrando los últimos datos averiguados, mientras Helen deslizaba el cuchillo sobre el pedazo de Brie, al azar, con las revistas cerradas y apartadas a un lado.
– Tenía tres meses cuando murió -dijo Havers-. Y ella murió. Déjeme ver… Aquí está. Murió seis meses después, lo cual fortalece la teoría del suicidio, ¿no? Debía llevar una depresión del copón, después de que su hijo muriera. ¿Cómo lo dijo? No sé encontrar la luz.
– ¿Qué provocó la muerte del niño?
– No lo sé.
– Averígüelo.
– De acuerdo. -Removió unos papeles, como si tomara notas en su cuaderno-. Coño, inspector -exclamó de repente-, tenía tres meses. ¿Cree que ese tal Sage puso… o su mujer…?
– No lo sé, sargento. -Al otro lado de la línea, oyó el ruido de una cerilla al encenderse. Otro cigarrillo. Anheló imitarla-. Profundice un poco más en Susanna, a ver si descubre algo acerca de su relación con Juliet Spence.
– Spence… Ya lo tengo. -Más papeles crujieron-. He hecho copias de los artículos periodísticos para usted. No son gran cosa, pero los enviaré por fax al Yard.
– Está bien, por si acaso.
Parecía poca cosa, desde luego.
– De acuerdo. Bien. -Lynley oyó que chupaba su cigarrillo-. Inspector…
Apenas susurró la palabra.
– ¿Qué?
– Manténgase firme ahí. Ya sabe, con Helen.
Muy fácil de decir, pensó mientras colgaba el teléfono. Volvió a la mesa, vio que Helen había llenado de rayas la superficie del Brie. No había comido el yogur, y apenas había tocado el salami. En aquel momento, estaba utilizando el tenedor para dar vueltas en el plato a una aceituna negra. Su expresión era desolada. Experimentó una curiosa compasión.
– Creo que tu padre tampoco aprobaría que jugaras con la comida -dijo en voz baja.
– No. Cybele nunca juega con la comida. Iris nunca come, por lo que yo sé.
Lynley se sentó y miró sin el menor apetito el Brie que había esparcido sobre la galleta. Lo cogió, lo dejó, extendió la mano hacia el cuenco de encurtidos, lo alejó.
– Muy bien -dijo por fin-. Me voy. Debo ir a…
– Lo siento muchísimo, Tommy -le interrumpió Helen-. No quería herirte. No sé qué me pasa o por qué lo hago.
– Yo te empujo. Nos empujamos mutuamente.
Helen se quitó la cinta elástica del pelo y jugueteó con ella.
– Creo que busco pruebas, y como no las encuentro, me las invento.
– Esto no es un tribunal, Helen, sino una relación. ¿Qué intentas demostrar?
– Indignidad.
– Entiendo. La mía.
Intentó fingir objetividad, pero no lo logró.
Helen levantó la vista. Tenía los ojos secos, pero la piel colorada.
– Sí, la tuya, porque bien sabe Dios que ya cargo con la mía.
Lynley extendió la mano hacia la cinta que retorcía en sus manos. Las había enlazado, y Lynley aflojó el nudo.
– Si estás esperando a que dé por terminado lo nuestro, olvídalo. Tendrás que hacerlo tú.
– Soy muy capaz, ¿sabes?
– No lo dudo.
– Sería mucho más fácil.
– Sí, pero solo al principio. -Se levantó-. He de ir a Kent. ¿Cenarás conmigo? -Sonrió-. ¿Desayunarás, también?
– Hacer el amor no es lo que procuro evitar, Tommy.
– No, Helen. Hacer el amor es bastante fácil. Lo malo es vivir con ello.
Lynley entró en el aparcamiento de la estación ferroviaria de Sevenoaks, justo cuando las primeras gotas caían sobre el parabrisas del Bentley. Unas cuantas curvas después de dejar atrás el lugar donde se habían alzado los robles que daban nombre a la ciudad, y ya salió al campo. Bajó por dos sendas más, subió por una pendiente suave, y desembocó en un corto camino particular llamado Wealdon Oast. Conducía a una casa, de tejas arriba y ladrillo debajo, adornada con el típico horno secador circular de chimeneas inclinadas, adosado al edificio en su extremo norte. La casa miraba a Sevenoaks al oeste, y a una mezcla de tierras de labranza y bosques al sur. La tierra y los árboles estaban sometidos al colorido monótono del invierno, pero el resto del año, sin duda, desplegarían toda una paleta cromática.
Mientras aparcaba entre un Sierra y un Metro, Lynley se preguntó si Robin Sage habría venido a pie desde la ciudad. No habría conducido todo el rato desde Lancashire, y la colección de direcciones parecía indicar dos hechos: había llegado en tren sin la menor intención de coger un taxi en la estación, y nadie había ido a recibirle, ni en la estación ni en la ciudad.
Un letrero de madera, escrito con letras amarillas y sujeto a la izquierda de la puerta principal, identificaba el horno secador no como una casa sino como un local comercial. «Agencia de Colocaciones» rezaba. Y debajo, en letras más pequeñas, «Katherine Gitterman, propietaria».
Kate, pensó Lynley. Otra respuesta aparecía a las preguntas suscitadas por la agenda de Sage y la caja de cartón que contenía cosas sueltas.
Una joven levantó la vista del mostrador de recepción cuando Lynley entró. Lo que había sido una sala de estar se había convertido en una oficina de paredes color marfil, alfombras verdes y muebles de roble modernos que olían levemente a aceite de limón. La chica le saludó con un cabeceo, al tiempo que continuaba hablando por teléfono.
– Puedo enviarle otra vez a Sandy, señor Coatsworth. Se entendió bien con su personal, y sus aptitudes… Bueno, sí, es la del aparato de ortodoncia. -Volvió los ojos hacia Lynley. Este observó que les había aplicado con pericia una sombra aguamarina que hacía juego con su blusa-. Sí, por supuesto, señor Coatsworth. Déjeme ver… -Sobre el escritorio, por lo demás muy bien ordenado, había seis carpetas de papel manila. Abrió la primera-. Ningún problema, señor Coatsworth. De veras. Ni lo piense, por favor. -Examinó la segunda carpeta-. No ha probado a Joy, ¿verdad? No, no, claro, no lleva aparato de ortodoncia. Y mecanografía… Déjeme ver…
Lynley miró hacia su izquierda, a la puerta que daba acceso al nicho circular. Media docena de pulcros cubículos se habían construido a lo largo de la pared. Dos estaban ocupados por muchachas que tecleaban en una máquina eléctrica, mientras un metrónomo hacía tictac a un lado. En un tercero, un joven trabajaba con un ordenador.