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Lynley se volvió hacia el escritorio de recepción. Aguamarina empuñaba un lápiz, como dispuesta a tomar notas. Había sacado las carpetas del escritorio, sustituyéndolas por un cuaderno de papel amarillo. Detrás de ella, un único pétalo de un ramo de rosas de invernadero, erguidas en un jarro que descansaba sobre un anaquel reluciente, cayó al suelo. Lynley sospechó que una apresurada celadora aparecería de un momento a otro como por arte de magia, armada con una pala, y haría desaparecer aquella ofensiva muestra floribunda.

– Busco a Katherine Gitterman -dijo, y extrajo su tarjeta de identificación-. DIC de Scotland Yard.

– ¿Busca a Kate? -Al parecer, la incredulidad de la joven impidió que prestara la menor atención a la tarjeta-. ¿A Kate?

– ¿Está libre?

La joven asintió, sin dejar de mirarle, levantó un dedo para indicar que no se moviera, y pulsó tres números en el teléfono. Al cabo de una breve conversación en voz baja, que sostuvo con la silla vuelta hacia el anaquel, le condujo hasta un segundo escritorio, sobre el cual descansaba un cuaderno de papel secante marrón que albergaba el correo del día, dispuesto artísticamente en forma de abanico, cuyo mango consistía en un abridor de cartas. Abrió la puerta situada al otro lado del escritorio y señaló una escalera.

– Arriba -dijo-. Le ha dado el día -añadió con una sonrisa-. No le gustan mucho las sorpresas.

Kate Gitterman le recibió en lo alto de la escalera. Era una mujer alta, vestida con una elegante bata a cuadros de franela, cuyo cinturón estaba anudado en un lazo perfectamente simétrico. El color predominante de la prenda era el mismo verde de las alfombras, y debajo llevaba un pijama del mismo tono.

– Gripe -informó-. Los últimos coletazos. Espero que no le importe. -No le dio tiempo para responder-. Hablaremos aquí.

Le guió por un estrecho pasillo que desembocaba en la sala de estar de un piso moderno y bien amueblado. Una tetera empezó a silbar cuando entraron, y la mujer le dejó con un «Espere un momento, por favor». Las suelas de sus zapatillas de piel repiquetearon sobre el linóleo cuando se movió por la cocina.

Lynley paseó la vista por la sala de estar. Como las oficinas de abajo, se veía obsesivamente limpia, con estanterías, rejillas y soportes en que cada posesión tenía su lugar señalado. Las almohadas del sofá y de las butacas estaban inclinadas en el mismo ángulo. Una pequeña alfombra persa situada frente a la chimenea ocupaba el centro exacto. En la chimenea no ardía leña ni carbón, sino una pirámide de troncos artificiales, que refulgían como si fueran brasas.

Estaba leyendo los títulos de sus cintas de vídeo, alineadas como centinelas debajo de la televisión, cuando la mujer volvió.

– Me gusta estar en forma -dijo, como para explicar el hecho de que, excepto el Cumbres borrascosas interpretado por Olivier, todas las cintas eran de ejercicios gimnásticos, a cargo de una u otra actriz.

Comprendió que estar en forma era tan importante para ella como la limpieza, pues aparte de que era esbelta, fuerte y de aspecto atlético, la única fotografía de la sala era una ampliación enmarcada de la mujer en plena carrera, con el número 194 sobre el pecho. Llevaba una cinta roja alrededor de la frente y sudaba a mares, pero había logrado dedicar una sonrisa fugaz a la cámara.

– Mi primera maratón -explicó-. La primera siempre es especial.

– Supongo que sí.

– Sí. Bien.

Se pasó los dedos índice y medio por el pelo. Era castaño claro, con cuidadas mechas rubias, muy corto y retirado de la cara, con un estilo elegante que sugería frecuentes viajes a una peluquera que manejaba tijeras y tintes con idéntica habilidad. A juzgar por las arrugas de sus ojos, y gracias a la luz del día que entraba en la sala, pese a que la lluvia empezaba a repiquetear sobre las ventanas del piso, Lynley calculó que estaría en la última etapa de los cuarenta, pero imaginó que ataviada para negocios o placer, maquillada y vista a la indulgente luz artificial de algún restaurante, parecería diez años más joven, como mínimo.

Sostenía una taza de la que se elevaba un humo aromático.

– Caldo de pollo -dijo-. Supongo que debería ofrecerle un poco, pero no sé muy bien qué hay que hacer cuando la policía viene a verte. ¿Es usted policía?

Lynley le tendió su tarjeta. Al contrario que la recepcionista, la examinó antes de devolverla.

– Supongo que no vendrá por alguna de mis chicas.

Caminó hacia el sofá y se sentó en el borde, con la taza de caldo apoyada sobre la rodilla izquierda. Lynley observó que tenía hombros de nadadora y la inflexible postura de una mujer victoriana asfixiada por un corsé.

– Investigo por completo sus antecedentes cuando envían la solicitud. Nadie entra en mis archivos sin, al menos, tres referencias. Si obtienen malos informes de más de dos patronos, las despido. De esta forma nunca tengo problemas. Nunca.

Lynley se sentó en una butaca.

– He venido a hablar sobre un hombre llamado Robin Sage. Entre sus pertenencias encontré la dirección de esta casa, y una referencia a Kate en su agenda. ¿Le conoce? ¿Vino a verla?

– ¿Robin? Sí.

– ¿Cuándo?

La mujer frunció el ceño.

– No me acuerdo bien. Fue en otoño. Quizá a finales de septiembre.

– ¿El once de octubre?

– Pudo ser. ¿Quiere que vaya a comprobarlo?

– ¿Tenía cita?

– Podría llamarse así. ¿Por qué? ¿Se ha metido en algún lío?

– Ha muerto.

La mujer cogió con un poco más de firmeza la taza, pero fue la única reacción que Lynley percibió.

– ¿Se trata de una investigación?

– Las circunstancias fueron bastante peculiares. -Esperó a que la señora Gitterman hiciera lo normal, o sea, preguntar en qué circunstancias, pero no fue así-. Sage vivía en Lancashire. Supongo que no vino a verla para contratar a una trabajadora eventual, ¿no?

La mujer bebió el caldo.

– Vino a hablar de Susanna.

– Su mujer.

– Mi hermana. -Sacó un cuadrado de hilo blanco del bolsillo, secó las comisuras de su boca y lo volvió a doblar con todo cuidado-. No le había visto ni sabido una palabra de él desde el día del funeral. Su presencia aquí no era muy grata, sobre todo después de lo sucedido.

– Entre su mujer y él.

– Y el niño. El horrible asunto de Joseph.

– Era casi un bebé cuando murió, según tengo entendido.

– Justo tres meses. Murió en la cuna. Susanna fue a despertarle una mañana, pensando que había dormido toda la noche de un tirón por primera vez. Llevaba horas muerto. Ya había empezado el rigor mortis. Le rompió tres costillas, mientras le hacía el boca a boca y le oprimía el tórax. Hubo una investigación, por supuesto, y hubo preguntas relativas a malos tratos cuando se supo lo de las costillas.

– ¿Preguntas de la policía? -se sorprendió Lynley-. Si los huesos se rompieron después de la muerte…

– Lo habrían averiguado, lo sé. No fue la policía. La interrogaron, por supuesto, pero en cuanto tuvieron el informe del patólogo, se quedaron satisfechos. De todos modos, hubo rumores en el pueblo. Susanna quedó en una posición muy delicada.

Kate se levantó, caminó hacia la ventana y descorrió las cortinas. La lluvia golpeteaba el cristal.

– Yo le culpé a él -dijo con aire ausente, pero sin excesiva ferocidad-. Todavía lo hago. En cambio, Susanna solo se culpaba a sí misma.

– Yo diría que fue una reacción bastante normal.

– ¿Normal? -Kate rió por lo bajo-. Su situación no era en absoluto normal.

Lynley aguardó, sin preguntar ni contestar. Riachuelos de lluvia resbalaban sobre los cristales. Un teléfono sonó en la oficina de abajo.

– Joseph durmió en su habitación los dos primeros meses.

– Muy poco anormal.

Kate no pareció escucharle.

– Después, Robin insistió en que tuviera su propia habitación. Susanna quería tenerle cerca, pero accedió a la petición de Robin. Ella era así. Y él era muy convincente.