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– No te precipites. Deborah y yo hemos estado colgados del teléfono casi todo el día.

Antes de Aspatria, continuó St. James, había trabajado en Northumberland, en las afueras del pueblo de Holystone. Había ejercido las funciones de ama de llaves y señora de compañía de una anciana inválida llamada señora Soames-West, que vivía sola en una pequeña mansión georgiana, al norte del pueblo.

– La señora Soames-West no tenía familia en Inglaterra, y por lo visto, nadie la visitaba desde hacía años. No obstante, pensaba mucho en Juliet Spence; declaró que su pérdida la había desolado, y nos dio recuerdos para ella.

– ¿Por qué se marchó la Spence?

– No dio explicaciones, solo que había encontrado otro trabajo y había llegado el momento de irse.

– ¿Cuánto tiempo pasó allí?

– Dos años. Otros dos en Aspatria.

– ¿Y antes?

Lynley levantó la vista cuando Helen regresó con un metro de fax, como mínimo, colgado del brazo. Se lo entregó. Lynley lo dejó sobre el escritorio.

– Dos años en Tiree.

– ¿Las Hébridas?

– Sí, y antes en Benbecula. Supongo que captas la pauta.

En efecto. Cada población estaba más lejos que la última. A este paso, su siguiente empleo sería en Islandia.

– Ahí se enfría la pista -dijo St. James-. Se empleó en una pequeña casa de huéspedes de Benbecula, pero nadie supo decirme dónde había trabajado antes.

– Curioso.

– Considerando el tiempo transcurrido, el hecho no me parece demasiado sospechoso, pero sí su estilo de vida. Es posible que me sienta atado al terruño más que la mayoría.

Helen se sentó en la silla opuesta al escritorio de Lynley. Este había encendido la lámpara en lugar de los fluorescentes del techo, de manera que las sombras resguardaban a Helen, y solo un haz luminoso caía sobre sus manos. Lynley observó que llevaba un collar de perlas que él le había regalado por su vigésimo cumpleaños. Era raro que no se hubiera dado cuenta antes.

– Pese a su vida errabunda, de momento no irán a ningún otro sitio -decía St. James.

– ¿Quiénes?

– Juliet Spence y Maggie. La niña no ha ido hoy al colegio, según Josie. Al principio, pensamos que se habían enterado de tu viaje a Londres y habían puesto pies en polvorosa.

– ¿Estás seguro de que siguen en Winslough?

– Desde luego. Josie nos contó después de cenar que había hablado por teléfono con Maggie casi una hora, a eso de las cinco. Maggie afirma que tiene gripe, lo cual puede ser cierto o no, puesto que al parecer ha roto con su novio y, según Josie, es posible que no haya ido a la escuela por ese motivo. En cualquier caso, aunque no esté enferma y se dispongan a huir, hace seis horas que nieva y las carreteras están imposibles. -Deborah dijo algo en voz baja desde el fondo-. Exacto. Deborah te recomienda que alquiles un Range Rover, en lugar de venir con el Bentley. Si sigue nevando, no podrás entrar, de la misma manera que nadie puede salir.

Lynley colgó, no sin prometer que lo pensaría.

– ¿Alguna novedad? -preguntó Helen, mientras Lynley cogía el fax y lo extendía sobre el escritorio.

– Cada vez es más curioso -contestó.

Sacó las gafas y empezó a leer. La amalgama de datos estaba desordenada -el primer artículo hablaba del funeral-, y observó que, con un descuido hacia los detalles inaudito en ella, la sargento había fotocopiado al azar los artículos. Irritado, cogió unas tijeras, recortó los artículos, y ya los estaba ordenando por la fecha, cuando el teléfono sonó.

– Denton le cree muerto -anunció la sargento Havers.

– Havers, ¿por qué demonios me ha enviado estos artículos desordenados?

– ¡No me diga! Debió distraerme el tío que manejaba la fotocopiadora de al lado. Era clavado a Ken Branagh, aunque no se me ocurre qué podría estar haciendo Ken Branagh fotocopiando notas de prensa para una feria de anticuarios. Por cierto, dice que usted conduce muy deprisa.

– ¿Kenneth Branagh?

– Denton, inspector. Como no le ha telefoneado, está convencido de que se ha hecho fosfatina en la M1 o la M6. Si fuera con Helen a su casa, o si ella le acompañara, nos facilitaría mucho las cosas a todos.

– Estoy en ello, sargento.

– Estupendo. ¿Quiere hacer el favor de llamar al pobre tipo? Le dije a la una que usted estaba vivo, pero no se lo tragó, porque yo no le había visto la cara. ¿Qué representa una voz por teléfono, al fin y al cabo? Alguien pudo pasarse por usted.

– Me ocuparé -dijo Lynley-. ¿Qué ha averiguado? Sé que Joseph murió en la cuna…

– Ha estado muy ocupado, ¿eh? Duplique eso, y habrá puesto también el dedo sobre Juliet Spence.

– ¿Cómo?

– Muerta en la cuna.

– ¿Tuvo un hijo que murió en la cuna?

– No. Ella murió en la cuna.

– Havers, por el amor de Dios. Estamos hablando de la mujer de Winslough.

– Tal vez, pero la Juliet Spence relacionada con los Sage de Cornualles está enterrada en el mismo cementerio que ellos, inspector. Murió hace cuarenta y cuatro años. Digamos cuarenta y cuatro años, tres meses y dieciséis días.

Lynley acercó la pila de faxes recién recortados y seleccionados.

– ¿Qué pasa? -preguntó Helen. Havers siguió hablando.

– La relación que usted buscaba no era entre Juliet Spence y Susanna, sino entre Susanna y la madre de Juliet, Gladys. Sigue viviendo en Tresillian. He tomado el té con ella esta tarde.

Lynley inspeccionó la información contenida en el primer artículo, mientras prolongaba el momento en que examinaría la fotografía granulada y oscura que la acompañaba y tomaría una decisión.

– Conocía a toda la familia… Por cierto, Robin creció en Tresillian, y ella solía alojar a sus padres. Aún prepara las flores para la iglesia. Aparenta unos setenta años, y me huele que podría ganarnos a los dos en una partida de tenis en menos de un minuto. En cualquier caso, fue íntima de Susanna durante un tiempo, después de la muerte de Joseph. Como ella había sufrido la misma experiencia, deseaba ayudarla, tanto como Susanna la dejara, lo cual no era muy difícil.

Lynley buscó en el cajón una lupa, la suspendió sobre la fotografía y deseó en vano poseer el original. La mujer de la fotografía tenía la cara más llena que Juliet Spence, el cabello más oscuro, cuyos rizos le colgaban más abajo del hombro. No obstante, había pasado más de una década desde que la habían tomado. La juventud de aquella mujer tal vez había dado paso a la madurez de otra, de cara más fina y cabello veteado de gris. La forma de la boca parecía la misma, y también los ojos.

– Dijo que Susanna y ella pasaron algún tiempo juntas después del entierro -continuó Havers-. Dijo que una mujer jamás supera la pérdida de un hijo, y en particular perder a un niño de aquella manera.

»Dice que aún piensa en Juliet cada día y jamás olvida su cumpleaños. Siempre se pregunta cómo habría sido. Dice que todavía sueña con la tarde en que la niña no se despertó de su siesta.

Era una posibilidad, tan nebulosa como la fotografía, pero innegablemente real.

– Gladys tuvo dos hijos más después de Juliet. Intentó ponerlos como ejemplo para explicar a Susanna que lo peor de su dolor desaparecería cuando vinieran más hijos, pero Gladys ya había tenido uno antes de Juliet, y aquel vivió. Por eso, nunca pudo romper por completo las barreras de Susanna, porque esta siempre le recordaba el hecho.

Lynley dejó la lupa y la fotografía. Solo necesitaba confirmar un dato antes de lanzarse.

– Havers, ¿qué se sabe del cadáver de Susanna? ¿Quién lo encontró? ¿Dónde?

– Según Gladys, fue pasto de los peces. Nadie la encontró. Hubo un funeral, pero solo hay polvo en la tumba. Ni siquiera un ataúd.

Colgó el teléfono y se quitó las gafas. Las limpió con un pañuelo antes de calárselas. Miró sus notas -Aspatria, Holystone, Tiree, Benbecula- y comprendió la intención de Havers. La explicación de todo seguía donde siempre había estado, en Maggie.