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– Una mujer policía va a venir desde Clitheroe -dijo Lynley.

Colin sirvió a los dos un whisky y les tendió los vasos, indiferente a que desearan beber o no. Se dio la última circunstancia. St. James asintió y lo dejó sobre la mesa contigua al teléfono. Lynley dio las gracias y posó el vaso sobre el suelo cuando se sentó, sin pedir permiso, en una de las butacas. Indicó a Colin que le imitara, con expresión grave.

– Sí, sé que está en camino -respondió Colin con desenvoltura-. Además de sus demás dones, posee usted clarividencia, inspector. Se me ha adelantado doce horas, porque pensaba llamar al sargento Hawkins. -Le tendió el libro-. Le gustará ver esto.

Lynley lo cogió y le dio vueltas en las manos. Se puso las gafas, leyó la portada, y luego la contraportada. Abrió el libro y repasó el índice. Las páginas estaban dobladas en las esquinas, como resultado del examen de Colin, y las leyó. Leo, tirado en el suelo junto al fuego, procedió a seguir masticando el hueso de jamón. Meneó la cola con alegría.

Por fin, Lynley levantó la vista sin hacer el menor comentario.

– La confusión inicial del caso fue culpa mía -dijo Colin-. Al principio, no pensé en Polly, pero esto lo explica todo.

Pasó el informe a Lynley, quien tendió el libro a St. James y empezó a leer. Pasó las páginas. Colin le observó, a la espera de que expresara algún sentimiento, aprobación o aceptación incipiente que agitara su boca, enarcara sus cejas o iluminara sus ojos.

– En cuanto Juliet cargó con la culpa y dijo que era un accidente -explicó-, me concentré en esos aspectos. Me fue imposible comprender que alguien tuviera motivos para asesinar a Sage, y cuando Juliet insistió en que nadie podía acceder al sótano sin que ella lo supiera, la creí. No me di cuenta de que ella había sido el objetivo del envenenamiento. Estaba preocupado por ella, por la encuesta. No vi las cosas con claridad. Tendría que haberme dado cuenta mucho antes de que este asesinato no tenía nada que ver con el vicario. Fue la víctima por error.

A Lynley le quedaban dos páginas por leer, pero cerró el informe y se quitó las gafas. Las devolvió al bolsillo de la chaqueta y dio el informe a Colin.

– Tendría que haberse dado cuenta antes… -dijo, cuando los dedos del agente tocaron el documento-. Una elección de palabras muy interesante. ¿Antes o después de que le diera una paliza, agente? ¿Y por qué lo hizo, a propósito? ¿Para arrancar una confesión, o por simple placer?

De pronto, el papel resbaló de entre los dedos de Colin, como si careciera de peso. Vio que había caído al suelo. Lo recogió.

– Estamos aquí para que las sospechas recaigan sobre mí, eso debería decirle algo acerca de ella, ¿no cree?

– Lo que me dice algo es que no ha abierto la boca. No ha dicho nada sobre el ataque, ni sobre usted, ni sobre Juliet Spence. Su comportamiento no es muy propio de alguien que intenta ocultar su culpabilidad.

– ¿Por qué iba a hacerlo? La persona a la que persigue sigue viva. Quizá piense que la otra murió por equivocación.

– A causa de un amor frustrado, supongo. Debe pensar mucho en sí mismo, señor Shepherd.

Colin notó que sus facciones se endurecían.

– Sugiero que tenga en cuenta los datos.

– No, usted los va a tener en cuenta. Ahora, va a escucharme, y lo hará bien, porque cuando haya terminado, dimitirá de su cargo. Dé gracias a Dios de que sus superiores solo esperen eso de usted.

Y entonces, el inspector empezó a hablar. Enumeró nombres que carecían de significado para Colin: Susanna Sage y Joseph, Shelah Cotton y Tracey, Gladys Spence, Kate Gitterman. Habló sobre muertes en la cuna, un suicidio acaecido mucho tiempo atrás y una tumba vacía en el espacio reservado a una familia. Describió el viaje del vicario a través de Londres, y explicó la historia que Robin Sage, y él, habían descifrado. Al final, desdobló una fotocopia deficiente de un artículo periodístico.

– Mire la foto, señor Shepherd -dijo.

Sin embargo, Colin siguió con la vista clavada en el lugar donde la había posado en cuanto el hombre empezó a hablar: la vitrina de la pistola y las escopetas que había limpiado. Estaban cargadas, preparadas, y ardía en deseos de utilizarlas.

– St. James -oyó que Lynley decía, y entonces, su compañero empezó a hablar.

No, pensó Colin, ni puedo ni quiero, y conjuró el rostro de Juliet para mantener a raya la verdad. Frases y palabras ocasionales se filtraron: la planta más venenosa del hemisferio occidental… rizoma… tendría que haber visto…, un jugo aceitoso que daba cuenta de… no pudo haber ingerido…

– Estaba enferma -dijo, con una voz tan lejana que apenas pudo oírla-. Había ingerido la cicuta. Yo estuve allí.

– Temo que no es ese el caso. Había tomado un purgante.

– La fiebre. Estaba quemando. Quemando.

– Supongo que tomó algo para elevar la temperatura. Cayena, probablemente. Con eso habría bastado.

Se sintió partido en dos.

– Mire la fotografía, señor Shepherd;-dijo Lynley.

– Polly quería matarla. Quería eliminar contrincantes.

– Polly Yarkin no tuvo nada que ver con esto -dijo Lynley-. Usted hizo las veces de coartada. En la encuesta, usted sería el único testigo de que Juliet enfermó la noche que Robin Sage murió. Ella le utilizó, agente. Asesinó a su marido. Mire la foto.

¿Se parecía a ella? ¿Era aquella su cara? ¿Eran aquellos sus ojos? Habían transcurrido más de diez años, la copia era mala, oscura, borrosa.

– Esto no demuestra nada. Ni siquiera se ve bien.

Pero los otros dos hombres se mostraron inflexibles. Un simple careo entre Kate Gitterman y su hermana bastaría para la identificación. Y si no, podría exhumarse el cadáver de Joseph Sage para efectuar pruebas genéticas y compararlas con la mujer que se hacía llamar Juliet Spence. Porque, si en verdad era Juliet Spence, ¿para qué iba a negarse a pasar las pruebas, a que Maggie fuera sometida a ellas, a exhibir los documentos relativos al nacimiento de Maggie, a hacer lo que fuera para limpiar su nombre?

Se quedó con las manos vacías. Nada que decir, nada que discutir, nada que revelar. Se levantó y llevó la fotografía y el artículo acompañante hacia el fuego. Los tiró y contempló el efecto de las llamas sobre el papel; lo retorció por los extremos, prendió con fuerza y lo consumió por completo.

Leo levantó los ojos de su hueso, le miró y emitió un gemido gutural. Dios, si todas las cosas fueran tan sencillas como para los perros. Comida y refugio. Calor contra frío. Lealtad y amor inconmovibles.

– Estoy preparado -dijo.

– No le vamos a necesitar, agente -replicó Lynley. Colin alzó la vista para protestar, aun a sabiendas de que no tenía derecho. Sonó el timbre de la puerta. El perro ladró por lo bajo.

– ¿Quiere hacer el favor de abrir usted mismo la puerta? -preguntó con amargura Colin a Lynley-. Será su pájara.

Lo era, pero no venía sola. La mujer policía iba uniformada, abrigada para protegerse del frío, con las gafas empañadas.

– Agente Garrity -dijo-, del DIC de Clitheroe. El sargento Hawkins ya me ha puesto al corriente.

Mientras tanto, en el porche, había aparecido un hombre ataviado con gruesas prendas de tweed, botas y una gorra inclinada sobre la frente: Frank Ware, el padre de Colin. Desde atrás, los faros de uno de los dos vehículos los iluminaban, al tiempo que destacaban la blancura cegadora de la nieve que caía.

Colin miró a Frank Ware. Este paseó una mirada insegura desde la agente a Colin. Pateó el suelo para quitarse la nieve de las botas y se tiró de la nariz.

– Lamento interrumpirles -dijo-, pero un coche ha caído en la cuneta cerca de la presa, Colin. He pensado que lo mejor era venir a comunicártelo. Me ha parecido el Opel de Juliet.

28

No hubo otro remedio que llevarse a Shepherd con ellos. Se había criado en la zona. Conocía la configuración del terreno. Sin embargo, Lynley no quiso concederle el privilegio de conducir su propio vehículo. Le adjudicó al asiento delantero del Range Rover alquilado, la agente Garrity y St. James les siguieron en el otro, y todos se dirigieron hacia el embalse.