Giraron a la izquierda, en dirección sur, camino de Winslough. Durante el siguiente kilómetro, divisaron las luces de algunas casas, muy alejadas de la carretera. Se alzaban muros sobre la tierra, y los muros se estaban transformando en otra erupción blanca, de la que surgían piedras individuales, como picos inclinados, que conseguían romper la capa de nieve. Ni muros ni vallas servían de demarcación entre la tierra y la carretera. Solo los surcos dejados por un pesado tractor les guiaban. Dentro de media hora, habrían quedado borrados.
El viento formaba con la nieve pequeños ciclones de cristal. Surgían tanto del suelo como del aire. Remolineaban frente al vehículo como derviches fantasmales y volvían a desaparecer en la oscuridad.
– La nevada empieza a aminorar -indicó Shepherd. Lynley le dirigió una rápida mirada, en la que el agente leyó incredulidad-. Solo es el viento, que la levanta -explicó.
– Mal asunto, igualmente.
No obstante, cuando Lynley estudió el panorama, vio que no era puro optimismo de Shepherd. La intensidad de la nevada estaba disminuyendo. La mayoría de los remolinos de nieve se elevaban de la tierra en lugar de caer del cielo. Suponía el único alivio de que la situación no iba a empeorar.
Continuaron otros diez minutos, mientras el viento aullaba como un lobo a su alrededor. Cuando los faros iluminaron un portal que cortaba la carretera, Shepherd volvió a hablar.
– Ya hemos llegado. El establo queda a la derecha, detrás del muro.
Lynley miró por el parabrisas. Solo vio remolinos de nieve y oscuridad.
– A treinta metros de la carretera -dijo Shepherd. Abrió su puerta-. Echaré un vistazo.
– Usted hará lo que yo le diga -replicó Lynley-. Quédese donde está.
Un músculo se movió iracundo en la mandíbula de Shepherd.
– Tiene una pistola, inspector. Si está ahí, no es probable que me dispare. Hablaré con ella.
– Ahora no va a hacer nada de eso.
– ¡Sea sensato! Déjeme…
– Ya ha hecho bastante.
Lynley salió del coche. La agente Garrity y St. James le siguieron. Apuntaron las linternas hacia delante y vieron el muro de piedra, que se elevaba en una finca perpendicular a la carretera. Movieron las linternas y descubrieron los barrotes de hierro rojo de un portal. Al otro lado del portal se alzaba Back End Barn. Era de piedra y pizarra, con una puerta grande para vehículos y otra más pequeña para sus conductores. Estaba orientado hacia el este, de modo que el viento había arrojado grandes ráfagas de nieve contra la fachada. Las ráfagas formaban montoncitos contra la puerta más grande. Un único montón se veía contra la pequeña. En él se había practicado un orificio en forma de V. Nieve fresca espolvoreaba sus bordes.
– Dios, lo ha conseguido -exclamó en voz baja St. James.
– Alguien lo ha conseguido, al menos -replicó Lynley. Miró hacia atrás. Vio que Shepherd había salido del Range Rover, pero se mantenía inmóvil junto a la puerta.
Lynley sopesó sus posibilidades. Contaban con el elemento sorpresa, pero la mujer iba armada con una pistola. No tenía la menor duda de que la utilizaría en cuanto se acercara a ella. Lo único razonable, en verdad, era enviar por delante a Shepherd, pero no deseaba arriesgar la vida de nadie, máxime cuando era posible hacerla salir sin disparar. Al fin y al cabo, era una mujer inteligente. En primer lugar, había huido porque sabía que estaban a punto de descubrir la verdad. No podía confiar en escapar con Maggie y salir bien librada por segunda vez en su vida. El tiempo, su historia y todas las posibilidades estaban en su contra.
– Inspector. -Apretaron algo contra su mano-. Quizá quiera utilizar esto. -Bajó la vista y vio que la agente Garrity le había dado un altavoz-. Forma parte del arsenal del coche. -Dio la impresión de que estaba algo violenta, cuando movió la cabeza hacia su vehículo y abrochó el cuello de la chaqueta para protegerse del viento-. El sargento Hawkins dice que un agente siempre ha de saber lo que se necesita en el lugar de un crimen o en una emergencia. Hay que demostrar iniciativa, dice. También llevo una cuerda, chalecos salvavidas, de todo.
Sus ojos parpadearon solemnemente detrás de los cristales mojados de sus gafas.
– Es usted un verdadero regalo del cielo, agente -dijo Lynley-. Gracias.
Levantó el altavoz. Miró hacia el establo. No se veía ni una rendija de luz en las puertas. No había ventanas. Si Juliet estaba dentro, se había encerrado por completo.
¿Y qué le digo?, se preguntó. ¿Qué estupidez cinematográfica serviría para obligarla a salir? Está rodeada, no puede escapar, tire la pistola, salga con las manos en alto, sabemos que está dentro…
– Señora Spence -gritó-. Va armada. Yo no. Hemos llegado a un callejón sin salida. Me gustaría que Maggie y usted salieran de ahí sin que nadie sufriera daños.
Esperó. Silencio. El viento siseó cuando se deslizó entre tres hileras de salientes de piedra que corrían a lo largo de la parte norte del establo.
– Se encuentran todavía a ocho kilómetros de High Bentham, señora Spence. Aunque lograran sobrevivir esta noche en el establo, ni usted ni Maggie estarían en condiciones de seguir caminando por la mañana. Estoy seguro de que lo sabe.
Nada, pero casi la sintió pensar. Si le disparaba, se apoderaría de su vehículo, mejor que el suyo, y huirían. Pasarían horas antes de que alguien reparara en su desaparición, y si le hería de gravedad, no tendría la fuerza suficiente para arrastrarse hacia High Bentham y encontrar ayuda.
– No empeore más la situación -continuó-. Sé que no quiere hacer eso a Maggie. Tiene frío, está aterrorizada, probablemente hambrienta. Quiero que vuelva al pueblo ahora mismo.
Silencio. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad. Si se precipitaba sobre ella y tenía la suerte de deslumbrarla con la linterna a la primera, aunque apretara el gatillo no le alcanzaría. Quizá funcionara. Si podía localizarla en cuanto irrumpiera por la puerta…
– Maggie nunca ha visto a alguien herido por un disparo. No sabe lo que es. No ha visto sangre. No deje que eso se sume a sus recuerdos de esta noche. Si la quiere, no lo hará.
Deseó añadir algo más. Que sabía que su marido y su hermana le habían fallado cuando más los necesitaba. Que el dolor por la muerte de su hijo habría cesado si alguien la hubiera ayudado a superar el mal trago. Que sabía que había actuado en función de lo que consideraba el bien de Maggie cuando la había raptado del coche aquella noche lejana. Pero también deseó decirle que, en último extremo, no había tenido derecho a decidir el destino de una niña que pertenecía a una muchacha de quince años. Que si bien quizá había sido mejor para Maggie que la raptara, no podía saberlo con certeza. Y por aquel simple no saber, Robin Sage había decidido llevar a cabo una cruel justicia.
Descubrió que deseaba echar la culpa de lo que iba a ocurrir aquella noche al hombre que ella había envenenado, a causa de sus ideas fijas y sus torpes intentos por enmendar los errores cometidos. Al final, Juliet era tanto su víctima como él lo era de ella.
– Señora Spence -dijo-, sabe que no hay salida. No se empeñe en empeorar las cosas para Maggie, por favor. Sabe que he estado en Londres. He visto a su hermana. He conocido a la madre de Maggie. He…
Un grito se impuso de repente al viento. Espeluznante, inhumano; taladró su corazón y luego cobró forma en una única palabra: «Mamá».
– ¡Señora Spence!
Y después, de nuevo el chillido, henchido de terror, con el tono inconfundible de una súplica.
– ¡Mamá, tengo miedo! ¡Mamá! ¡Mamá!
Lynley tiró el altavoz a las manos de la agente Garrity. Se lanzó hacia la puerta. Y entonces, vio una forma que se movía a su izquierda, a lo largo del muro, como él.
– ¡Shepherd! -gritó.
– ¡Mamá! -gritó Maggie.