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– Vas a coger frío -dijo-. Acuéstate.

– Enseguida.

Esperó. Pensó en cuánto tiempo de la vida ocupaba aquel acto, y en que esperar siempre implicaba a otro individuo o a una fuerza exterior. Hacía mucho tiempo que había dominado el arte de esperar. Un don acompañado de demasiado alcohol, faros deslumbrantes y el chillido de los neumáticos al resbalar. Por pura necesidad, «espera y verás» y «dale tiempo» se habían convertido en sus lemas defensivos. En ocasiones, las máximas le conducían a la inacción. En otras, le proporcionaban paz mental.

Deborah se removió bajo su mano.

– Tenías razón la otra noche, por supuesto -dijo-. Lo deseaba por mí, pero también lo deseaba por ti. Quizá incluso más.

Volvió la cabeza para mirarle. St. James no vio sus rasgos en la oscuridad, solo su forma.

– ¿Como castigo? -preguntó. Notó que sacudía la cabeza.

– Estábamos alejados en aquellos días, ¿verdad? Yo te quería, pero tú no te permitías corresponderme. Por eso intenté querer a otra persona. Y lo conseguí. Quererle.

– Sí.

– ¿Te duele pensar en ello ahora?

– No pienso en ello. ¿Y tú?

– A veces, se abre paso hasta mi mente. Nunca estoy preparada. Ocurre de repente.

– Me siento desgarrada por dentro. Pienso en cuánto daño te he hecho, y quiero que todo sea diferente.

– ¿El pasado?

– No. No se puede cambiar el pasado, ¿verdad? Solo puede perdonarse. Lo que me preocupa es el presente.

St. James adivinó que le estaba guiando hacia algo que había meditado largo y tendido, tal vez aquella noche, tal vez en los días previos. Quería ayudarla a decir lo que fuera, pero aún no veía en qué dirección apuntaba. Solo presentía que Deborah estaba convencida de que iba a herirle de una manera indefinible. Y si bien no tenía miedo a las discusiones -en realidad, estaba decidido a provocarlas desde el momento en que salieron de Londres-, descubrió en aquel momento que solo deseaba una discusión si era capaz de controlar su contenido. Que aquella fuera la intención de Deborah, con un objetivo todavía oscuro, le obligó a ceñirse una capa de cautela. Intentó disimularlo, pero no lo consiguió por completo.

– Tú eres todo para mí -dijo Deborah en voz baja-. Eso es lo que quería ser para ti. Todo.

– Lo eres.

– No.

– Ese asunto del niño, Deborah… La adopción, todo el rollo de los hijos.

No terminó la frase, porque ignoraba cómo continuarla.

– Sí -dijo Deborah-. Eso es. El asunto del niño. Todo el rollo de los hijos. Sentirse completo gracias a ello. Es lo que deseaba para ti. Iba a ser mi regalo.

Entonces, comprendió la verdad. Era el único hueso seco de realidad que existía entre ellos, al que atacaban y daban vueltas como perros vagabundos. Lo había masticado y atormentado durante los años de su separación. Deborah lo había martirizado desde entonces. Incluso ahora, cuando ya no era necesario, lo revolvía.

No dijo nada más. Deborah había cubierto una larga distancia, y confió en que dijera el resto. Estaba demasiado cerca para retroceder, y retroceder, de hecho, no era su estilo. Comprendió que lo había hecho durante meses para protegerle, cuando él no necesitaba protección, de ella o de aquello.

– Quería compensarte -dijo. Di lo demás, pensó, no me duele, no te dolerá, puedes decir lo demás.

– Quería darte algo especial.

De acuerdo, pensó. No cambia nada.

– Porque estás lisiado.

La atrajo hacia él. Ella se resistió al principio, pero accedió cuando St. James pronunció su nombre. Después, el resto surgió a borbotones, susurrado en su oído. Casi nada tenía sentido, una extraña combinación de recuerdos con la experiencia y la comprensión de los últimos días. Él se limitó a abrazarla y escuchar.

Deborah recordó cuando le habían traído a casa de su convalecencia en Suiza, dijo. Había estado ausente cuatro meses, ella tenía trece años, y recordaba aquella tarde lluviosa. Lo había observado todo desde el último piso de la casa, cuando su padre y la madre de él le seguían poco a poco escaleras arriba, atentos a que se cogiera bien de la barandilla, y sus manos volaban para impedir que perdiera el equilibrio, pero no llegaban a tocarle, en ningún momento, pues a pesar de que no podían ver la expresión de su cara -que ella sí veía desde lo alto de la casa-, sabían que no podrían tocarle nunca más de aquella manera. Una semana más tarde, cuando los dos se quedaron solos, ella en el estudio, y aquel hosco extraño llamado señor St. James en el piso de arriba, en el dormitorio que no abandonaba desde hacía días, había oído el ruido, el golpe sordo, y comprendió que había caído. Corrió escaleras arriba y se detuvo ante su puerta, con la agónica indecisión propia de los trece años. Después, le oyó llorar. Oyó que se arrastraba por el suelo. Se marchó de puntillas. Dejó que se enfrentara solo a sus demonios, porque ignoraba cómo podía ayudarle.

– Me prometí que haría cualquier cosa por ti -susurró en la oscuridad-. Para mejorar la situación.

Pero Juliet Spence no había visto ninguna diferencia entre el niño que había dado a luz y el que había robado, dijo Deborah. Los dos eran hijos suyos. Ella era la madre. No había diferencia. Para ella, la maternidad no era el acto inicial y los nueve meses que seguían, pero Robin Sage no lo veía del mismo modo, ¿verdad? Le ofreció dinero para escapar, pero debería haber sabido que ella era la madre de Maggie, no abandonaría a su hija, sin importarle el precio que debería pagar para quedarse con ella, lo pagaría, la querría, era su madre.

– Ella lo entendía así, ¿verdad? -susurró Deborah.

St. James besó su frente y la tapó más con las mantas.

– Sí -dijo-. Lo entendía así.

29

Brendan Power caminaba por la cuneta en dirección al pueblo. Se habría hundido hasta las rodillas en la nieve, pero alguien ya había practicado un sendero. Estaba sembrado, cada treinta metros o así, de tabaco quemado. La persona que había paseado antes fumaba una pipa que tiraba tan mal como la de Brendan.

No estaba fumando aquella mañana. Se había llevado la pipa por si experimentaba la necesidad de hacer algo con las manos, pero hasta el momento no había sacado la bolsa de piel, aunque sentía su peso consolador sobre la cadera.

El día posterior a cualquier tormenta solía ser glorioso, y Brendan consideró aquella mañana tan espléndida como aterradora había sido la noche. El sol de la mañana diseminaba grandes hogueras de incandescencia cristalina sobre la tierra. La escarcha cubría la parte superior de los muros de piedra seca. Un espeso manto de nieve se había posado sobre los tejados. Cuando pasó ante la primera casa adosada, camino del pueblo, vio que alguien se había acordado de los pájaros. Tres gorriones estaban picoteando un puñado de mendrugos delante de un portal, y si bien le observaron con cautela cuando pasó, el hambre impidió que huyeran a los árboles.

Deseó haber traído algo. Una tostada, una rebanada de pan rancio, una manzana. Daba igual. Cualquier sobra que ofrecer a los pájaros habría servido de excusa, más o menos creíble, para marcharse. Y necesitaría una excusa cuando volviera a casa. De hecho, lo más prudente sería empezar a pensar en una mientras paseaba.

No se le había ocurrido antes. De pie ante la ventana del comedor, desde donde contemplaba el prado blanco perteneciente a la propiedad Townley-Young, solo había pensado en escapar, practicar agujeros en la nieve y mover los pies hacia una eternidad que pudiera soportar.

Su suegro había acudido a su habitación a los ocho en punto. Brendan había oído sus pasos militares en el pasillo y había saltado de la cama, no sin liberarse de la presa que suponía el pesado brazo de su mujer. En sueños, lo había deslizado en diagonal sobre su cuerpo, con los dedos apoyados sobre su entrepierna. En otras circunstancias, Brendan había considerado de una intimidad muy erótica aquella implicación soñolienta, pero en aquel caso, siguió tendido flácido, algo asqueado y, al mismo tiempo, agradecido de que ella estuviera dormida. Sus dedos no se deslizarían con timidez un poco más a la izquierda, a la espera de encontrar lo que consideraba una erección matutina adecuada. No exigiría lo que él era incapaz de dar, sacudiendo su miembro con furia, a la espera, agitada, ansiosa, por fin encolerizada, de que su cuerpo respondiera. No seguirían acusaciones formuladas con voz metálica, ni sollozos desprovistos de lágrimas que deformaban su cara y resonaban en los pasillos. Mientras durmiera, Brendan era dueño de su cuerpo y su espíritu volaba en libertad, así que caminó hasta la puerta al oír los pasos de su suegro, y la abrió antes de que Townley-Young llamara y la despertara.