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Pecado, pecado, pecado. Apoyó la cabeza sobre sus puños y no la movió, ajena al servicio religioso. Empezó a rezar, suplicó con fervor el perdón de Dios, apretó los ojos con tal fuerza que vio estrellas.

– Lo siento, lo siento, lo siento -susurró-. No dejes que me ocurra nada malo. No volveré a hacerlo. Lo prometo. Lo prometo. Lo siento.

Era la única oración que se le ocurrió, y la repitió sin pensar, subyugada por la necesidad de comunicarse con lo sobrenatural. No oyó al vicario acercarse, y ni siquiera se enteró de que el servicio había terminado y la iglesia estaba vacía hasta que notó una mano que se apoyaba con firmeza sobre su hombro. Levantó la vista y lanzó un grito. Todas las arañas se habían apagado. La única luz que quedaba, procedente de una lámpara del altar, proyectaba un resplandor verdoso. Rozaba la cara del vicario y arrojaba largas sombras en forma de media luna sobre las bolsas agolpadas debajo de sus ojos.

– Es el perdón personificado -dijo en voz baja el vicario. Su voz era balsámica, como un baño caliente-. No lo dudes ni un momento. Existe para perdonar.

La serenidad de su tono y la dulzura de sus palabras arrancó lágrimas de los ojos de Maggie.

– Esto no -contestó-. Es imposible.

La mano del vicario apretó su hombro, y luego se retiró. Se sentó a su lado en el banco, sin arrodillarse, y ella le mintió. El vicario indicó el crucifijo.

– Si las últimas palabras del Señor fueron: «Perdónales, Padre», y si Su Padre en verdad perdonó, de lo cual podemos estar seguros, ¿por qué no va a perdonarte a ti también? Sean cuales sean tus pecados, querida, no pueden equivaler a la maldad de dar muerte al Hijo de Dios, ¿verdad?

– No -susurró la muchacha, aunque había empezado a llorar-, pero sabía que estaba mal y lo hice, porque quería hacerlo.

El vicario extrajo un pañuelo del bolsillo y se lo tendió.

– Esa es la naturaleza del pecado. Frente a una tentación, podemos elegir, y elegimos mal. No eres la única. Pero si has decidido en tu corazón no volver a pecar, Dios perdona. Setenta veces siete. Confía en ello.

El problema consistía en insuflar resolución en su corazón. Ella deseaba prometer, tanto como creer en su promesa. Por desgracia, aún deseaba más a Nick.

– Eso es -dijo.

Y lo contó todo al vicario.

– Mamá lo sabe -terminó, mientras estrujaba el pañuelo-. Mamá está muy enfadada.

El vicario dejó caer la mano y dio la impresión de que examinaba el bordado descolorido del reclinatorio.

– ¿Cuántos años tienes, querida?

– Trece.

El hombre suspiró.

– Dios bendito.

Más lágrimas asomaron a los ojos de Maggie. Las secó e hipó cuando habló.

– Soy mala. Lo sé, lo sé. Y Dios también.

– No. No es así. -El vicario cogió su mano un instante-. Lo que me preocupa es tu temprano acceso a la edad adulta. Tiene que provocar muchos problemas, siendo tan joven.

– No me da problemas.

El vicario sonrió con dulzura.

– ¿No?

– Yo le quiero, y él me quiere.

– Por ahí suelen empezar los problemas, ¿no?

– Se está burlando -dijo la muchacha, tirante.

– Estoy diciendo la verdad. -El vicario desvió la vista hacia el altar. Tenía las manos sobre las rodillas, y Maggie observó que sus dedos estaban tensos-. ¿Cómo te llamas?

– Maggie Spence.

– No te había visto nunca en la iglesia, ¿verdad?

– No. Nosotras… A mamá no le da por ir a la iglesia.

– Entiendo. -El vicario siguió aferrando con fuerza sus rodillas-. Bien, Maggie Spence, te has topado con uno de los mayores desafíos de la humanidad en una edad muy temprana: cómo enfrentarse a los pecados de la carne. Ya antes de los tiempos de nuestro Señor, los griegos recomendaban moderación en todo. Sabían las consecuencias derivadas de entregarse a los apetitos.

Maggie frunció el ceño, confusa.

El vicario captó su mirada y prosiguió.

– El sexo también es un apetito, Maggie. Algo parecido al hambre. Empieza como una tibia curiosidad, más que un rugido en el estómago, pero pronto se convierte en un ansia exigente. Por desgracia, no es como una indigestión o una borrachera, las cuales producen de inmediato un malestar físico que actúa posteriormente como recordatorio del resultado de un desenfreno impetuoso. Al contrario, proporciona una sensación de bienestar y liberación, que deseamos experimentar una y otra vez.

– ¿Como una droga?

– Como una droga. Y como muchas drogas, sus propiedades perjudiciales tardan en manifestarse. Aun sabiendo cuáles son, desde un punto de vista intelectual, la promesa del placer suele ser demasiado seductora para que nos abstengamos cuando debemos. Es entonces cuando hemos de volvernos hacia el Señor. Debemos pedir que nos infunda la fuerza necesaria para resistir. Él también hizo frente a las tentaciones. Sabe lo que significa ser humano.

– Mamá no habla de Dios. Habla del sida, los herpes, las ladillas y de quedarse embarazada. Piensa que no lo haré si me asusta lo bastante.

– Eres dura con ella, querida. Sus preocupaciones son muy realistas. En estos tiempos, la sexualidad va asociada a crueles consecuencias. Es sabio y bondadoso por parte de tu madre alertarte.

– Ah, muy bien, pero y ella ¿qué? Porque cuando el señor Shepherd y ella…

No finalizó su protesta automática. Pese a sus sentimientos, no podía traicionar a mamá ante el vicario. No sería justo.

El vicario ladeó la cabeza, pero no dio muestras de comprender en qué dirección apuntaban las palabras de Maggie.

– Embarazo y enfermedades son las consecuencias a largo plazo que arrostramos cuando nos entregamos a los placeres del sexo -dijo-, pero por desgracia, cuando nos encontramos en una situación que conduce al coito, casi siempre pensamos en las exigencias del momento.

– ¿Perdón?

– La necesidad de hacerlo. Sin más dilación. -Sacó el paño bordado para arrodillarse colgado en la parte posterior del banco delantero y lo colocó sobre el suelo de piedra irregular-. En cambio, pensamos en términos de «no lo haré» o «no puede ser». De nuestro deseo de gratificación física surge el rechazo de la posibilidad. No me quedaré embarazada; no podría transmitirme una enfermedad, porque creo que no la tiene. De estos pequeños actos de negación brotan nuestras penas más profundas.

Se arrodilló e indicó a Maggie que le imitara.

– Señor -dijo en voz baja, la vista fija en el altar-, ayúdanos a discernir Tu voluntad en todas las cosas. Cuando seamos puestos a prueba y tentados, permite que, mediante Tu amor, nos demos cuenta. Cuando caigamos en el pecado, perdona nuestros errores. Concédenos la fuerza de evitar toda ocasión de pecado en el futuro.

– Amén -susurró Maggie. Sintió, a través de su espesa mata de cabello, la mano del vicario apoyada en su nuca, una demostración de amistad que le proporcionó la primera paz real que experimentaba desde hacía muchos días.

– ¿Eres capaz de decidirte a no pecar más, Maggie Spence?

– Quiero hacerlo.

– En ese caso, yo te absuelvo, en el nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Salieron juntos a la noche. Las luces de la vicaría, al otro lado de la calle, estaban encendidas, y Maggie vio a Polly Yarkin en la cocina, atareada en preparar la mesa para que el vicario cenara.

– Claro que -dijo el vicario, como si reanudara un pensamiento anterior- la absolución y la resolución son una cosa. Lo otro es más difícil.

– ¿No volver a hacerlo?

– Y mantenernos activos en otras parcelas de la vida para que la tentación no se presente. -Cerró la puerta de la iglesia y guardó la llave en el bolsillo de los pantalones. Aunque hacía mucho frío, no llevaba abrigo, y su alzacuello brillaba a la luz de la luna como una sonrisa de Cheshire. La observó con aire pensativo y se acarició el mentón-. Voy a impulsar un grupo juvenil en la parroquia. Quizá te gustaría unirte a nosotros. Habrá reuniones y actividades, cosas que te mantendrán ocupada. Teniendo en cuenta la situación, podría ser una buena idea.