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– Me gustaría, pero… Mamá y yo no somos miembros de la Iglesia, y creo que no me dejaría entrar en el grupo. La religión… Dice que la religión deja un sabor amargo en la boca. -Maggie inclinó la cabeza después de sus últimas palabras. Parecían muy injustas, después de lo bueno que había sido el vicario con ella-. Yo no lo creo -se apresuró a añadir-. Al menos, eso me parece. Es que, de entrada, no sé gran cosa sobre religión. O sea… No he ido mucho a la iglesia.

– Entiendo. -El vicario hundió la mano en el bolsillo de la chaqueta y extrajo una pequeña tarjeta blanca, que tendió a la muchacha-. Dile a tu mamá que me gustaría hacerle una visita. Mi nombre está en la tarjeta, y también mi número. Quizá logre que se sienta más cómoda con la Iglesia, o al menos preparar el terreno para que tú te unas a nosotros.

El vicario salió del cementerio y tocó su hombro a modo de despedida.

Existían bastantes posibilidades de que mamá aprobara lo del grupo juvenil, una vez superado su desagrado hacia los lazos que lo unían con la Iglesia. Pero cuando Maggie le entregó la tarjeta, mamá la contempló durante un largo rato, y cuando levantó la vista, tenía la cara pálida y la boca desencajada.

«Has acudido a otra persona», decía su expresión, con tanta claridad como si hubiera hablado en voz alta. «No confiaste en mí.»

Maggie intentó aplacarla y acallar la muda acusación.

– Josie conoce al señor Sage, mamá -se apresuró a decir-. Pam Rice también. Josie dice que ha llegado a la parroquia hace solo tres semanas, y trata de convencer a la gente de que vuelva a la iglesia. Josie dice que el grupo juvenil…

– ¿Nick Ware es miembro del grupo?

– No lo sé. No lo he preguntado.

– No me mientas, Margaret.

– No te miento. Pensaba… El vicario quiere hablar contigo sobre esto. Quiere telefonearte.

Mamá se acercó al cubo de la basura, rompió la tarjeta por la mitad y la sepultó, con un violento giro de la muñeca, entre los posos de café y las cortezas de pomelo.

– No tengo la menor intención de hablar con un cura de nada, Maggie.

– Mamá, él solo…

– La discusión ha terminado.

Sin embargo, pese a que mamá se había negado a telefonearle, el señor Sage había ido tres veces a su casa. Al fin y al cabo, Winslough era un pueblo pequeño, y descubrir dónde vivía la familia Spence era tan fácil como preguntar por Crofters Inn. Cuando una tarde se presentó de improviso, y entregó el sombrero a Maggie cuando esta abrió la puerta, mamá estaba sola en el invernadero, replantando algunas hierbas.

– Vete al hostal -fue su contestación al nervioso anuncio de Maggie de que el vicario había venido-. Te telefonearé cuando puedas volver a casa.

Su voz irritada y la expresión de su rostro indicaron a Maggie que era más prudente callarse las preguntas. Sabía desde hacía mucho tiempo que a mamá no le gustaba la religión, pero era lo mismo que intentar recabar información sobre su padre: ignoraba el motivo.

Entonces, el señor Sage murió. Igual que papá, pensó Maggie. Y yo le gustaba. Igual que a papá. Lo sé. Lo sé.

Ahora, en su dormitorio, Maggie descubrió que ya no le quedaban palabras para suplicar al cielo. Era una pecadora, un pendón, una puta, una guarra. Era la criatura más vil que Dios había puesto en la tierra.

Se levantó y frotó sus rodillas, en el punto donde estaban rojas y dolidas por el roce de la alfombra. Se encaminó al cuarto de baño, fatigada, y rebuscó en el aparador hasta encontrar lo que mamá había ocultado en él.

– Hay que hacer lo siguiente -le había explicado Josie en plan confidencial, cuando descubrieron el extraño recipiente de plástico, con su caño aún más extraño, embutido entre las toallas-. Después de tener relaciones sexuales, la mujer llena esta especie de botella con aceite y vinagre. Después, se mete la boquilla en el cono y se rocía bien, para no tener niños.

– Pero olerá como ensalada revuelta -objetó Pam Rice-. Creo que te has hecho un lío, Jo.

– Nada de eso, señorita Pamela Sabelotodo.

– Vale.

Maggie examinó el frasco. Se estremeció solo de pensar en ello. Por un instante, sus rodillas flaquearon, pero tenía que hacerlo. Llevó el frasco a la cocina, lo dejó sobre la encimera y se aprovisionó de aceite y vinagre. Josie no había especificado qué cantidad debía utilizar. Mitad y mitad, lo más probable. Destapó el vinagre y empezó a verter.

La puerta de la cocina se abrió. Mamá entró.

5

No había nada que hacer, de modo que Maggie siguió vertiendo, con la vista fija en el vinagre, a medida que aumentaba su nivel. Cuando llegó a la mitad, tapó el frasco y destapó el aceite. Su madre habló.

– ¿Qué estás haciendo, Margaret, en nombre de Dios? -chilló su madre.

– Nada.

Estaba bastante claro. El vinagre. El aceite. La botellita de plástico con la canilla, alargada y desmontable, a su lado. ¿Qué otra cosa podía estar haciendo, sino prepararse para eliminar de su cuerpo las señales internas de un hombre? ¿Y qué hombre podía ser, sino Nick Ware?

Juliet Spence cerró la puerta a su espalda. Al oír el ruido, Punkin surgió de la oscuridad de la sala de estar y atravesó la cocina para frotarse contra sus piernas. Emitió un leve maullido.

– El gato quiere comer.

– Me había olvidado -contestó Maggie.

– ¿Por qué te has olvidado? ¿Qué estabas haciendo?

Maggie no contestó. Introdujo el aceite en la botella y vio cómo se agitaba y remolineaba al mezclarse con el vinagre.

– Contesta, Margaret.

Maggie oyó que el bolso de su madre caía sobre una silla de la cocina. Le siguió a continuación el pesado chaquetón marinero. Después, el plot plot de sus botas cuando se acercó a ella.

Nunca había sido Maggie más consciente de la altura que le sacaba su madre que cuando se paró a su lado, ante la encimera. Tuvo la impresión de que se cernía sobre ella como un ángel vengador. Un movimiento en falso, y la espada se abatiría sobre su cabeza.

– ¿Qué piensas hacer exactamente con ese potingue? -preguntó Juliet. Su voz era cautelosa, como si estuviera a punto de marearse.

– Utilizarlo.

– ¿Para qué?

– Para nada.

– Me alegro.

– ¿Por qué?

– Porque si estás desarrollando una tendencia hacia la higiene femenina, harás un buen estropicio si te lavas con aceite. Y doy por sentado que estamos hablando de higiene, Margaret. Estoy segura de que no se trata de nada más. Dejando aparte, por supuesto, una curiosa y súbita compulsión de mantener limpias y frescas tus partes íntimas.

Maggie, con un gesto premeditado, dejó el aceite sobre la encimera, al lado del vinagre. Contempló la ondulante mezcla que había creado.

– Camino de casa, vi a Nick Ware pedaleando en su bicicleta por la carretera de Clitheroe -prosiguió su madre. Hablaba con más rapidez, y daba la impresión de que tenía los dientes apretados-. No tengo muchas ganas de pensar en el significado de esa circunstancia, combinada con el fascinante experimento que estás llevando a cabo.

Maggie apoyó su dedo índice sobre la botella de plástico. Observó su mano. Como el resto de su persona, era pequeño, lleno de hoyuelos y regordete. Imposible ser menos parecida a su madre. Era poco apta para los trabajos pesados y el cuidado de la casa, inútil para excavar y trabajar la tierra.

– Todo este asunto del aceite y el vinagre no estará relacionado con Nick Ware, ¿verdad? Dime que es pura coincidencia haberle visto dirigirse al pueblo hace menos de diez minutos.