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– Tú estás haciendo lo mismo. -Maggie se volvió hacia su madre-. Predicas que debemos ser buenas y no tener niños, y no eres mejor que yo. Lo haces con el señor Shepherd. Todo el mundo lo sabe.

– De ahí viene todo, ¿no? Tienes trece años. No he tenido un amante en toda tu vida, y estás decidida a que tampoco lo tenga ahora. He de vivir solo para ti, tal como estabas acostumbrada, ¿no?

– No.

– Y si has de quedarte embarazada para mantenerme a raya, estupendo.

– ¡No!

– Porque, al fin y al cabo, ¿qué es un bebé? Algo que puedes utilizar para conseguir lo que deseas. ¿Quieres atar a Nick? Bien, dale sexo. ¿Quieres que mamá se preocupe por ti? Bien, quédate embarazada. ¿Quieres que todo el mundo se dé cuenta de lo especial que eres? Ábrete de piernas a cualquier tío que te olisquee. ¿Quieres…?

Maggie cogió el vinagre y tiró la botella al suelo, que se rompió contra las losas. Astillas de cristal salieron disparadas al otro extremo de la cocina. Al instante, el aire se impregnó de un aroma acre que irritaba los ojos. Punkin siseó y retrocedió hacia las latas, con el pelaje erizado y la cola como un penacho.

– Querré a mi bebé -gritó Maggie-. Lo querré y cuidaré, y él me querrá. Es lo que hacen los bebés. Todos los bebés. Quieren a sus mamás y sus mamás los quieren.

Juliet Spence examinó el suelo. El vinagre esparcido sobre las losas, que eran de color crema, parecía sangre diluida.

– Es genético -dijo con voz cansada-. Dios del cielo, lo llevas grabado en tu interior. -Acercó una silla y se desplomó sobre ella. Rodeó con las manos la taza de té-. Los bebés no son máquinas de amor -dijo a la taza-. No saben amar. No saben lo que es el amor. Solo tienen necesidades. Hambre, sed, sueño, pañales. No hay nada más.

– No es verdad -replicó Maggie-. Quieren a los padres. Les hacen sentir bien. Son suyos, al cien por cien. Puedes abrazarlos y dormir con ellos y acunarles. Y cuando crecen…

– Te parten el corazón. De una forma u otra. Se acaba así.

Maggie se pasó la muñeca sobre las mejillas húmedas.

– Tú no quieres que ame algo. Eso es lo que pasa. Tú ya tienes al señor Shepherd. Ya te basta, pero yo no puedo tener nada.

– ¿De veras lo crees? ¿No sabes que me tienes a mí?

– Tú no eres suficiente, mamá.

– Entiendo.

Maggie cogió al gato y lo acunó contra su cuerpo. Percibió derrota y dolor en la postura de su madre: derrumbada en la silla con las piernas extendidas. Daba igual. Aprovechó la ventaja. ¿Qué más daba? Si se sentía herida, mamá hallaría consuelo en el señor Shepherd.

– Quiero que me hables de papá.

Su madre no dijo nada. Se limitó a dar vueltas a la taza entre las manos. Sobre la mesa descansaba una pila de fotos que habían tomado en Navidad, y extendió la mano hacia ellas. Las vacaciones habían finalizado antes de la encuesta, y ambas se habían esforzado por poner al mal tiempo buena cara, intentando olvidar las aterradoras posibilidades que encerraba el futuro si Juliet iba a juicio. Repasó las fotos, todas de ellas dos. Siempre había sido así, años y años solo las dos, una relación que no había permitido la menor interferencia de una tercera parte.

Maggie contempló a su madre. Esperaba una respuesta. La había esperado durante toda su vida, temerosa de preguntar, temerosa de presionar, abrumada por la culpa y las disculpas si la reacción de su madre se decantaba hacia las lágrimas. Pero esta noche no.

– Quiero que me hables de papá -repitió.

Su madre calló.

– No está muerto, ¿verdad? Me ha estado buscando. Por eso siempre vamos de sitio en sitio.

– No.

– Porque él quiere encontrarme. Me quiere. Se pregunta dónde estoy. Piensa en mí sin cesar, ¿verdad?

– Eso son fantasías, Maggie.

– ¿No piensa en mí, mamá? Quiero saberlo.

– ¿Qué?

– Quién es. Qué hace. Cuál es su aspecto. Por qué no estamos con él. Por qué no hemos estado nunca con él.

– No hay nada que decir.

– Me parezco a él, ¿verdad? Porque no me parezco a ti.

– Este tipo de discusiones no impedirán que eches de menos a un padre.

– Sí, ya lo creo. Porque sabré. Y si quiero encontrarle…

– No puedes. Está muerto.

– No.

– Sí, Maggie, y no pienso hablar de eso. No inventaré una historia. No te diré mentiras. Ha desaparecido de nuestras vidas. Nunca ha existido, desde el principio.

Los labios de Maggie temblaron. Intentó controlarlos pero fracasó.

– Él me quiere. Papá me quiere. Si me dejaras encontrarle, te lo demostraría.

– Quieres demostrártelo a ti misma, eso es todo. Y si no puedes demostrarlo con tu madre, intentas demostrarlo con Nick.

– No.

– Es evidente, Maggie.

– ¡No es verdad! Le quiero. Él me quiere.

Aguardó a que su madre contestara. Como Juliet no hizo otra cosa que pasear la taza de té sobre la mesa, Maggie se encrespó. Tuvo la impresión de que una mancha negra se extendía sobre su corazón.

– Si llevo un niño en mi interior, lo tendré, ¿me oyes? Pero no seré como tú. No tendré secretos. Mi hijo sabrá desde el primer momento quién es su padre.

Salió de la cocina como una exhalación. Su madre no intentó detenerla. Su ira y determinación la transportaron hacia lo alto de la escalera, donde se detuvo por fin.

Oyó que una silla arañaba el suelo de la cocina. El agua corrió en el fregadero. La taza tintineó contra la porcelana. Un aparador se abrió. Se vertieron galletas para gato en un cuenco. El cuenco resonó sobre el suelo.

Después, silencio. Y luego, una exclamación ahogada y las palabras «Oh, Dios mío».

Juliet no rezaba desde hacía casi catorce años, no porque pasara de la religión -en algunos momentos la había necesitado con desesperación-, sino porque ya no creía en Dios. En otro tiempo, había sido creyente. Oración diaria, asistencia a la iglesia, fervorosa comunicación con una deidad amorosa, eran tan consustanciales a ella como sus órganos, sangre y carne. Pero había perdido la fe ciega tan necesaria para creer en lo indiscernible y lo desconocido cuando se dio cuenta de que no existía justicia, divina o de otro tipo, en un mundo en que los buenos padecían tormentos y los malos resultaban incólumes. En su juventud, se había aferrado a la creencia de que llegaría el día del juicio para todo el mundo. Había comprendido que tal vez no sabría de qué forma serían llevados los pecadores ante el tribunal de la justicia eterna, pero que sí serían llevados, de una manera u otra, en vida o después de muertos. Ahora, había cambiado por completo de opinión. No había un Dios que escuchara las plegarias, enmendara los entuertos o atenuara los sufrimientos. Solo existía el complicado oficio de vivir, y la espera de aquellos efímeros momentos de felicidad por los cuales valía la pena vivir. Más allá, no había nada, salvo la lucha por lograr que nada ni nadie pudiera poner en peligro la aparición de aquellos esporádicos acontecimientos en la vida.

Tiró dos toallas blancas al suelo de la cocina y vio que el vinagre las empapaba y teñía de un tono rosáceo. Mientras Punkin observaba toda la operación subido en la encimera, con expresión solemne y sin parpadear, Juliet dejó las dos toallas en el fregadero y fue a buscar una escoba y un mocho. Esto último era innecesario, porque las toallas habían conseguido absorber el líquido y la escoba daría cuenta de los cristales, pero había aprendido mucho tiempo atrás que el trabajo físico impedía cualquier propensión a la meditación, y ese era el motivo de que trabajara en el invernadero cada día, deambulara por el robledal al amanecer con las cestas de recoger, cuidara de su huerto con celosa devoción y contemplara sus flores con más necesidad que orgullo.

Recogió los cristales y los tiró a la basura. Decidió olvidar el mocho. Sería mejor fregar el suelo arrodillada, y sentir los círculos de dolor que se cerraban alrededor de sus rodillas y luego se extendían hacia el resto de las piernas. Debajo del trabajo físico, en la lista de actividades destinadas a proscribir sus meditaciones, se encontraba el dolor físico. Cuando el trabajo y el dolor se combinaban, por casualidad o a propósito, los procesos mentales se paralizaban poco a poco. Por ello, fregó el suelo, movió el cubo de plástico azul frente a ella, forzó su brazo en la tarea de fregar hasta que los músculos se tensaron, y movió el trapo húmedo sobre las losas con tal energía que su respiración se hizo entrecortada. Cuando finalizó el trabajo, el sudor bañaba su frente, y lo secó con la manga del jersey. El aroma de Colin continuaba adherido a la prenda: cigarrillos y sexo, el secreto almizcle oscuro de su cuerpo cuando se amaban.