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Se quitó el jersey por la cabeza y lo dejó sobre la chaqueta, en la silla. Por un momento, se dijo que Colin era el problema. Nada habría ocurrido, nada habría alterado la sustancia de sus vidas, si ella, en un momento de necesidad egocéntrica, no se hubiera entregado a su ansia. Dormida durante años, había dejado de creer que aún poseía la capacidad de sentir deseo por un hombre. Cuando surgió en su interior sin previa advertencia, se encontró indefensa.

Se amonestó por no haber sido más fuerte, por olvidar las lecciones que los discursos paternales de su niñez, por no mencionar toda una vida dedicada a la lectura de Grandes Libros, habían grabado en su mente: la pasión conduce inexorablemente a la destrucción, la única salvación reside en la indiferencia.

Pero nada de esto era culpa de Colin. Su único pecado, en caso de existir, consistía en amar y en la dulce ceguera de su devoción. Ella lo comprendía. Porque también amaba. No a Colin, pues jamás se permitiría el grado de vulnerabilidad suficiente para dejar que un hombre entrara en su vida como un igual, sino a Maggie, por quien notaba latir su sangre, en una especie de abandono angustiado que lindaba con la desesperación.

Mi niña. Mi querida niña. Mi hija. Qué no haría por protegerte de todo mal.

Pero había un límite a la protección maternal. Se daba a conocer en el momento que el niño elegía un sendero propio: tocar la superficie de la estufa pese a haber oído la palabra «¡No!» cien mil veces, jugar demasiado cerca del río en invierno, cuando el agua estaba alta, tomar un sorbo de coñac o fumar un cigarrillo. Que Maggie se decantara, por voluntad propia, deliberadamente, con una incipiente comprensión de las consecuencias, por adentrarse en la sexualidad adulta siendo todavía una niña, con la percepción del mundo propia de una niña, era el único acto de rebelión adolescente que Juliet no estaba preparada aún para afrontar.

Había pensado en drogas, en música estridente, en bebida y tabaco, en estilos de vestir y cortes de pelo. Había pensado en maquillaje, discusiones, límites horarios de llegar a casa, en la creciente responsabilidad y en el típico «tú no entiendes nada, eres demasiado vieja para comprender», pero nunca había pensado en el sexo. Aún no. Ya habría tiempo de pensar en el sexo más tarde. No lo había relacionado con la niñita a la que su mamá cepillaba el cabello por la mañana y sujetaba la larga masa bermeja con una hebilla ámbar.

Conocía todos los principios que regulaban el camino de un niño desde la infancia hasta convertirse en un adulto autónomo. Había leído libros, decidida a ser la mejor madre posible, pero ¿cómo tratar este problema? ¿Cómo trenzar un delicado equilibrio entre realidad y ficción para dar a Maggie el padre que deseaba y, a la vez, apaciguar su mente? Y aun en el caso de que lo lograra, tanto por su hija como por ella misma -cosa que no podía ni quería hacer, pese a las consecuencias-, ¿qué aprendería Maggie de la capitulación de su madre: que el sexo no es una expresión de amor entre dos personas, sino una táctica muy eficaz?

Maggie y el sexo. Juliet no quería pensar en ello. A lo largo de los años se había aficionado cada vez más al arte de la represión, y se negaba a reflexionar sobre cualquier cosa que evocara desdicha o inquietud. Seguía adelante, con la atención concentrada en el horizonte lejano, donde existía la promesa de exploración en forma de nuevos lugares y nuevas experiencias, donde existía la promesa de paz y refugio en forma de gente que, gracias a siglos de costumbre, se mantenía alejada de los forasteros taciturnos. Y hasta el pasado agosto, Maggie siempre había clavado la vista en aquel horizonte con la misma alegría.

Juliet dejó salir al gato y vio que desaparecía en las sombras que arrojaba Cotes Hall. Subió al piso de arriba. La puerta de Maggie estaba cerrada, pero no tabaleó sobre ella, como hubiera hecho en cualquier otra noche, para sentarse en la cama de su hija, acariciarle el cabello, dejar que las yemas de sus dedos resbalaran sobre la piel, suave como melocotón. En cambio, se encaminó a su habitación y acabó de desnudarse en la oscuridad. Otra noche, habría pensado en la presión y el calor de las manos de Colin sobre su cuerpo, habría dedicado apenas cinco minutos a revivir su coito y recordar la visión de su hombre tendido sobre ella en la semioscuridad de su habitación. Pero esta noche se movió como un autómata, cogió su bata de lana y fue a darse un baño.

«Tú también hueles a lo mismo.»

¿Cómo podía, en conciencia, aconsejar a su hija en contra de una conducta que ella misma anhelaba, deseaba, practicaba? La única solución consistía en renunciar a Colin y trasladarse a otro lugar, como habían hecho tantas veces en el pasado, sin mirar atrás, cortados todos los vínculos. Era la única respuesta. Si la muerte del vicario no había sido suficiente para devolverle su sentido común y comprender lo que era posible o no en su vida -¿había creído siquiera por un momento que llegaría a ser la amante esposa del policía local?-, la relación de Maggie con Nick Ware lo lograría.

«Señora Spence, me llamo Robin Sage. He venido para hablar con usted sobre Maggie.»

Y ella le había envenenado.

A aquel hombre compasivo que solo había pretendido beneficiarla a ella y a su hija. ¿Qué clase de vida la esperaba en Winslough, ahora que todos los corazones dudaban de ella, todos los susurros la condenaban, y nadie, salvo el juez de instrucción, había tenido la valentía de preguntarle abiertamente cómo había podido cometer una equivocación tan fatal?

Se bañó con parsimonia, sin permitirse más que las sensaciones físicas inmediatas propias del acto: la esponja sobre su piel, el vapor que la rodeaba, los remolinos de agua entre sus pechos. El jabón olía a rosas, y aspiró su fragancia para eliminar todas las demás. Deseó que el baño disolviera sus recuerdos y la liberara de su pasión. Buscó respuestas. Pidió ecuanimidad.

«Quiero que me hables de papá.»

¿Qué puedo decirte, querida mía? Que acariciar con sus dedos tu cabello aterciopelado no significaba nada. Que la visión de tus pestañas extendidas como sombras plumosas sobre tus mejillas cuando dormías no le despertaba el deseo de abrazarte. Que tu mano sucia aferrando un helado casi derretido no le hacía reír, entre complacido y disgustado. Que tu lugar en su vida consistía en guardar silencio y dormir en el asiento trasero del coche, sin armar alboroto y sin preguntar nada, por favor. Que nunca fuiste tan real para él como su propia persona. No eras el centro de su mundo. ¿Cómo voy a decirte eso, Maggie? ¿Cómo puedo destruir tu sueño?

Notó los miembros pesados cuando se secó con la toalla. Le costó un gran esfuerzo levantar el brazo para cepillarse el pelo. Una fina película de vapor cubría el espejo del cuarto de baño, y escudriñó en él los movimientos de su silueta, una imagen sin rostro cuya única definición era el cabello oscuro que viraba rápidamente a gris. No vio el resto de su cuerpo en el reflejo, pero lo conocía muy bien. Era fuerte y sufrido, de carnes firmes, sin temor al trabajo duro. Era el cuerpo de una campesina, preparado para dar a luz niños con facilidad. Habrían podido ser muchos. Habrían correteado alrededor de sus pies y llenado la casa con sus amigos y pertenencias. Habrían jugado, aprendido a leer, acumulado peladas en las rodillas, roto ventanas y llorado las inconsistencias de la vida en sus brazos. Pero solo una vida había sido entregada a sus cuidados, y solo había tenido una oportunidad de moldear aquella vida hasta conducirla a la madurez.