– Helen -dijo.
Ella se acercó al tocador y utilizó el pesado cepillo forrado de plata de Lynley para ordenar su cabello. Un pequeño espejo de caballete se alzaba en mitad de sus fotografías familiares, y ella lo ajustó a su estatura.
Lynley no quería discutir con ella, pero se sentía obligado a hablar en su defensa. Por desgracia, a causa del tema que ella había elegido para su desacuerdo, o para ser justo, el tema que su comportamiento y posteriores palabras le habían dado pie a elegirlo, parecía que su única defensa hundía las raíces en un completo examen de su amante. Su pasado, al fin y al cabo, era tan poco inmaculado como el de Lynley.
– Helen, los dos somos adultos. Nos une una historia, pero cada uno tenemos historias por separado, y creo que no ganaremos nada si cometemos el error de olvidarlo, o esgrimiendo juicios basados en situaciones existentes antes de nuestra relación. La relación actual, quiero decir. El aspecto físico.
Por dentro, hizo una mueca ante aquel torpe intento de poner fin a su desacuerdo. Somos amantes, maldita sea, quiso decir. Te deseo, te quiero, y sabes muy bien que tú sientes lo mismo por mí, así que deja de ser tan sensible a algo que no tiene nada que ver contigo, o con mis sentimientos, y con lo que deseo de ti y contigo hasta el fin de mis días. ¿Está claro, Helen? ¿Está claro? Bien, me alegro. Ahora, vuelve a la cama.
Helen dejó el cepillo sobre el tocador y apoyó la mano sobre él, pero no se volvió. Aún no se había puesto los zapatos, lo cual alentó una tenue esperanza en Lynley, que también se alimentaba de la convicción de que ella no deseaba más alejamientos entre ambos. En realidad, Helen estaba enfadada con él, tal vez solo un poco más de lo que él estaba enfadado consigo mismo, pero aún no le había dado por imposible. No costaría mucho que entrara en razón, aunque fuera necesario empujarla a pensar que, durante los dos últimos meses, él habría podido echar a perder con toda facilidad su vinculación romántica, si hubiera sido tan idiota como para evocar la presencia espectral de sus antiguas amantes, como ella había hecho con los suyos. Helen argumentaría, por supuesto, que no le importaban en absoluto sus antiguas amantes, que, de hecho, ni siquiera las había sacado a colación. Se trataba de las mujeres en general, de la actitud de Lynley hacia ellas, y del «ja ja ja, esta noche voy a tirarme a otra» implicado por el hecho, en opinión de Helen, de colgar una corbata en el pomo exterior de la puerta del dormitorio.
– He practicado el celibato tanto como tú -dijo Lynley-. Siempre lo hemos sabido, los dos, ¿verdad?
– ¿Qué quiere decir eso?
– Es un simple dato. Si intentamos caminar sobre una cuerda floja tendida entre el pasado y el futuro en nuestra vida común, nos caeremos. Es imposible. Lo único que cuenta es el ahora. Después, el futuro. En mi opinión, esa debería ser nuestra principal preocupación.
– Esto no tiene nada que ver con el pasado, Tommy.
– Sí. No hace ni diez minutos, dijiste que te sentías como «el ligue de los domingos por la noche de su señoría».
– Has malinterpretado mi preocupación.
– ¿De veras? -Se inclinó sobre el borde de la cama y recogió su bata, que había caído al suelo en algún momento de la noche, transformada en un montecillo azul-. ¿Te molestas más por una corbata colgada en el pomo de la puerta…?
– Por lo que la corbata implica.
– … o más en concreto por el hecho de que, cosa que admití como un cretino, he utilizado ese truco en anteriores ocasiones?
– Creo que me conoces lo bastante bien para no tener que hacer preguntas semejantes.
Lynley se levantó, se embutió en la bata y dedicó un momento a recoger la ropa de la que se había desprendido con tantas prisas a las once y media de la noche.
– Y yo creo que, en el fondo, eres más sincera contigo misma de lo que eres conmigo.
– Me estás acusando, y no me gusta. Tampoco me hacen gracia las connotaciones de egocentrismo.
– ¿Tuyas o mías?
– Ya sabes a qué me refiero, Tommy.
Lynley cruzó la habitación y descorrió las cortinas. El día era gris. Un viento racheado empujaba gruesas nubes de este a oeste, mientras una fina capa de escarcha cubría como gasa recién fabricada el césped y los rosales que constituían su jardín posterior. Un gato del vecindario había trepado al muro de ladrillo, contra el cual se alzaba la gruesa solanácea. Su postura encorvada formaba dos montículos, uno la cabeza y el otro el cuerpo. Su pelaje de calicó ondulaba y su cara era impenetrable, en demostración de aquella singular virtud felina de ser al mismo tiempo arrogante e intocable. Ojalá pudiera decir lo mismo de mí, pensó Lynley.
Se volvió de la ventana y vio que Helen seguía sus movimientos en el espejo. Se acercó a su lado.
– Si quieres -dijo-, me volvería loco solo de pensar en los hombres que han sido tus amantes. Después, para evitar la locura, te acusaría de utilizarlos para alcanzar tus fines, gratificar tu ego, y fortalecer tu autoestima. Pero mi locura no desaparecería, sino que estaría agazapada bajo la superficie, pese a la fuerza de mis acusaciones. Me limitaría a evadirla y negarla mediante el expediente de concentrar toda mi atención, por no mencionar la furia de mi justa indignación, en ti.
– Muy listo.
Helen clavó los ojos en los suyos.
– ¿A qué te refieres?
– A la forma de esquivar el tema central.
– ¿Cuál es?
– Lo que no quiero ser.
– Mi esposa.
– No, la querida de lord Asherton. El nuevo ejemplar del inspector detective Lynley. El motivo de un guiño y una sonrisa obscena entre Denton y tú cuando te sirva el desayuno o te lleve el té.
– Estupendo. Muy comprensible. Entonces, cásate conmigo. Lo deseo desde hace doce meses y lo deseo ahora. Si accedes a legitimar esta relación de la manera convencional, cosa que he propuesto desde el primer día y tú lo sabes, no tendrás que preocuparte por habladurías y humillaciones en potencia.
– No es tan fácil. Las habladurías ni siquiera importan.
– ¿No me quieres?
– Claro que te quiero. Sabes que te quiero.
– ¿Entonces?
– No quiero ser tratada como un objeto. No lo permitiré.
Lynley cabeceó lentamente.
– ¿Te has sentido como un objeto durante estos dos últimos meses, cuando estábamos juntos? ¿Anoche, tal vez?
La mirada de Helen vaciló. Lynley vio que sus dedos se cerraban alrededor del mango del cepillo.
– No. Por supuesto que no.
– ¿Y esta mañana?
Ella parpadeó.
– Dios, no sabes cuánto detesto discutir contigo.
– No estamos discutiendo, Helen.
– Tratas de tenderme una trampa.
– Trato de buscar la verdad. -Experimentó el deseo de acariciar su cabello, volverla hacia él, coger su cara entre las manos. Optó por apoyar las manos sobre sus hombros-. Si somos incapaces de vivir con el pasado mutuo, carecemos de futuro. Ese es el auténtico problema, digas lo que digas. Yo soy capaz de vivir con tu pasado: St. James, Cusick, Rhys Davies-Jones y todos cuantos se hayan acostado contigo una noche o un año. La cuestión es: ¿eres tú capaz de vivir con el mío? Porque eso es el meollo del problema. No tiene nada que ver con lo que siento por las mujeres.
– Tiene que ver todo.
Percibió la intensidad de su tono y leyó resignación en su rostro. Entonces, la volvió hacia él, mientras comprendía y lamentaba el hecho al instante.