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Disminuyó la velocidad a unos cincuenta metros de la iglesia. Aparcó al lado y salió al aire, acerado como un cuchillo. Olió el humo de un fuego cercano, alimentado con leña seca. Luchaba por imponerse a los olores dominantes a estiércol, tierra removida, humedad y vegetación podrida que emanaban de una extensión de tierra despejada que se extendía al otro lado del zarzal que bordeaba la carretera. A su izquierda, el seto se curvaba hacia el noreste, paralelo a la carretera, permitiendo el acceso a la iglesia, y después, tal vez a unos cuatrocientos metros, al pueblo. A la derecha, un grupo de árboles se espesaba hasta formar un bosque de robles viejos, sobre el cual se elevaba una colina cubierta de escarcha y coronada por una capa de niebla ondulante. Frente a él, el campo descendía lánguidamente hacia un riachuelo sinuoso, para volver a elevarse al otro lado en un batiburrillo de muros de piedra seca, entre los cuales se erguían granjas, y pese a la distancia, Lynley oyó el balido de las ovejas.

Se apoyó contra el coche y examinó San Juan Bautista. Al igual que el resto del pueblo, la iglesia era un edificio sencillo, de tejado inclinado, cuyos únicos adornos eran el campanario y las almenas normandas. Rodeado por un cementerio y algunos castaños, con el telón de fondo del cielo brumoso, no tenía aspecto de ser un elemento importante de un decorado que albergaba un crimen.

Al fin y al cabo, los sacerdotes eran personajes secundarios en el drama de la vida y la muerte. Su papel era el de conciliadores, consejeros e intermediarios entre el penitente, el suplicante y el Señor. Ofrecían un servicio trascendental, tanto en eficacia como en importancia, por su relación con la divinidad, pero a causa de este hecho existía una prudente distancia entre ellos y los miembros de su congregación, que parecía excluir el tipo de intimidad que conduce al asesinato.

No obstante, esta cadena de razonamientos era pura sofistería, y Lynley lo sabía. Todo lo demostraba, desde el viejo aforismo del lobo con piel de cordero hasta aquel taimado hipócrita del reverendo Arthur Dimmesdale. Aunque no fuera el caso, Lynley había sido policía el tiempo suficiente para saber que el exterior más inocente, por no mencionar la posición más encumbrada, contaba con todas las posibilidades de ocultar culpabilidad, pecado y vergüenza. Por lo tanto, si el crimen había destruido la paz de aquella campiña soñolienta la culpa no era de las estrellas ni del movimiento incesante de los planetas, sino que residía en el fondo de un corazón cauteloso.

– Está ocurriendo algo peculiar -había dicho por teléfono St. James aquella mañana-. Por los datos que he podido reunir, parece que el agente de policía local se las ingenió para evitar que el DIC de su división llevara a cabo poca cosa más que una investigación rutinaria. Por lo visto, mantiene relaciones con la mujer que dio a ese sacerdote, Robín Sage, la cicuta.

– Tuvo que haber una encuesta, St. James.

– En efecto. La mujer, que se llama Juliet Spence, admitió que lo había hecho y afirmó que había sido un accidente.

– Bien, si el caso no fue a más y el jurado emitió un veredicto de envenenamiento accidental, hemos de suponer que la autopsia y las demás pruebas aportadas, independientemente de quién las reuniera, verificaron su declaración.

– Pero si piensas en el hecho de que es una herbolaria…

– La gente comete equivocaciones. Piensa en las numerosas muertes que se han producido porque un experto en setas cogió la que no debía, la preparó para cenar y murió.

– No es lo mismo.

– Dices que la confundió con chirivía silvestre, ¿no?

– Sí, y ahí empeora la historia.

St. James describió los hechos. Si bien era cierto que la planta no se distinguía a simple vista de otros miembros de su familia, las umbelíferas, las similitudes entre el género y la especie se limitaban a las partes de la planta que nadie comía: las hojas, los tallos, las flores y los frutos.

¿Por qué la fruta no?, quiso saber Lynley. ¿No derivaba toda la situación del hecho de coger, cocinar y comer la fruta?

En absoluto, contestó St. James. Aunque la fruta fuera tan venenosa como el resto de la planta, consistía en cápsulas secas, divididas en dos partes, que, al contrario que un melocotón o una manzana, no eran canosas y, por lo tanto, inaceptables desde un punto de vista gastronómico. Alguien que cultivara cicuta, pensando que era chirivía silvestre, no comería la fruta, sino que extraería la planta o utilizaría la raíz.

– Ahí está el problema -dijo St. James.

– Supongo que las características distintivas están en la raíz.

– Exacto.

Lynley se vio forzado a admitir que, si bien las características no eran legión, su número bastaba para despertar su inquietud dormida. Ese era el motivo, en parte, de que hubiera sacado de la maleta las ropas que había puesto para pasar una semana en el suave invierno de Corfú, sustituyéndolas por otras más adecuadas para el insidioso frío del norte, circulado por la M1 hasta la M6, y viajado a Lancashire, con sus páramos desolados, sus montañas cubiertas de nubes y sus aldeas antiquísimas, de las cuales había surgido hacía más de trescientos años la fascinación de su país por la brujería.

Roughlee, Blacko y Pendle Hill no estaban muy lejos, ni en la distancia ni en el recuerdo, del pueblo de Winslough, ni tampoco la Hondonada de Bowland, que veinte mujeres habían atravesado para ser juzgadas y ejecutadas en el castillo de Lancaster. Era un hecho histórico demostrado que la persecución alzaba su fea cabeza en momentos de tensión, cuando se necesitaba un chivo expiatorio para aplacarla y desplazarla. Lynley se preguntó si la muerte del vicario local a manos de una mujer constituía suficiente tensión.

Dejó de contemplar la iglesia y se volvió hacia el Bentley. Encendió el motor, y la cinta que había estado escuchando desde Clitheroe se reanudó. El Réquiem de Mozart. Su lóbrega combinación de cuerdas y vientos, que acompañaban al cántico grave y solemne del coro, parecía muy apropiada a las circunstancias. Guió el coche hacia la carretera.

Si no era una equivocación lo que había matado a Robin Sage era otra cosa, y los datos sugerían que esa otra cosa era un asesinato. Como en la planta, aquella conclusión brotaba de la raíz.

– La cicuta se distingue de los demás miembros de las umbelíferas por la raíz -había explicado St. James-. La chirivía silvestre tiene un solo rizoma. La cicuta tiene un haz tuberoso de raíces.

– ¿No cabe la posibilidad de que esa planta en particular tuviera un solo rizoma?

– Sí, es posible, al igual que otro tipo de planta podría tener lo contrario: dos o tres raíces adventicias. Pero, estadísticamente hablando, Tommy, es improbable.

– No podemos desecharla.

– De acuerdo, pero aunque esta planta en particular hubiera tenido una anomalía de ese tipo, existen otras características en la parte hundida del tallo que, en teoría, una herbolaria debería observar. Cuando abres a lo largo el tallo de la cicuta, se ven nudos e internudos.

– Échame una mano, Simon. La ciencia no es mi especialidad.

– Lo siento. Supongo que tú las llamarías cámaras. Son huecas, con un diafragma de tejido medular que recorre horizontalmente la cavidad.