– O su padre lo decidió así.
– Pero ¿por qué? -musitó St. James.
– Yo diría que hemos venido para averiguarlo.
Bajaron juntos por la carretera de Clitheroe en dirección a la iglesia. Dejaron atrás las casas adosadas, cuyas ventanas blancas estaban circundadas por cien años de suciedad que un simple lavado no lograría eliminar.
Encontraron la casa de Colin Shepherd justo al lado de la vicaría, frente a la iglesia de San Juan Bautista. En aquel punto se separaron. Deborah se encaminó a la iglesia con un quedo «Aún no la había visto», para que St. James y Lynley interrogaran al agente a su aire.
Dos coches estaban aparcados frente al edificio de ladrillo, un Land Rover manchado de barro que tendría unos diez años de antigüedad y un Golf sucio que parecía relativamente nuevo. No se veía ningún coche en el camino vecinal, pero cuando dejaron atrás el Rover y el Golf, en dirección a la puerta de Colin Shepherd, una mujer se asomó a una ventana de la vicaría y contempló sus movimientos sin intentar ocultarse. Una mano estaba liberando el crespo cabello color zanahoria de la bufanda que lo sujetaba en la nuca, mientras la otra abotonaba una chaqueta azul marino. No se movió de la ventana ni siquiera cuando fue evidente que Lynley y St. James la habían visto.
Un estrecho letrero rectangular sobresalía de un lado de la casa. Azul y blanco, llevaba impresa una sola palabra: policía. Como ocurría en muchos pueblos, la casa del agente local era también el centro oficial de su zona. Lynley se preguntó si Shepherd había interrogado a la Spence en aquella misma casa.
Un perro se puso a ladrar en cuanto tocaron el timbre. Los ladridos empezaron en un extremo de la casa, se acercaron rápidamente a la puerta principal y se afianzaron detrás de ella. Un perro grande, a juzgar por la potencia, y muy poco cordial.
– Tranquilo, Leo -dijo una voz de hombre-. Siéntate.
Los ladridos cesaron al instante. La luz del porche se encendió, aunque aún no había oscurecido por competo, y la puerta se abrió.
Colin Shepherd les miró de arriba abajo, con un enorme perdiguero negro sentado a su lado. Su rostro no reflejaba ni la expectación correspondiente a una demanda de sus servicios profesionales, ni la curiosidad despertaba al encontrar desconocidos en su puerta. Sus palabras explicaron el motivo.
– El DIC de Scotland Yard -dijo, con un rápido cabeceo-. El sargento Hawkins dijo que vendría hoy.
Lynley exhibió su tarjeta de identidad y presentó a St. James, a quien Shepherd dijo, tras una mirada calculadora:
– Se aloja en el hostal, ¿verdad? Le vi anoche.
– Mi mujer y yo vinimos para ver al señor Sage.
– La pelirroja. Esta mañana, paseaba cerca del embalse.
– Fue a dar un paseo por los páramos.
– La niebla cae deprisa en esos lugares. No es un sitio muy apropiado para pasear, si se desconoce el terreno.
– Se lo diré.
Shepherd retrocedió. El perro se levantó de inmediato y empezó a gruñir.
– Tranquilo -dijo Shepherd-. Vuelve a la chimenea.
El perro, obediente, trotó hacia otra habitación.
– ¿Lo utiliza para trabajar? -preguntó Lynley.
– No. Solo para cazar.
Shepherd movió la cabeza en dirección a un perchero que se erguía en un extremo del vestíbulo alargado. Debajo, se alineaban tres pares de botas de agua, dos de las cuales estaban manchadas de barro reciente. Al lado, había una cesta de leche metálica. El capullo de un insecto, emigrado mucho tiempo atrás, colgaba de un hilo pegado a una de las barras. Shepherd esperó, mientras Lynley y St. James colgaban sus abrigos. Después, les guió por el pasillo en la dirección que había tomado el perdiguero.
Entraron en una sala de estar, donde ardía un fuego, y un hombre de más edad estaba colocando un pequeño tronco sobre las llamas. Pese a los años de diferencia, era obvio que se trataba del padre de Colin Shepherd. Compartían muchas similitudes: la estatura, el pecho musculoso, la cintura estrecha. El cabello era diferente, más escaso y del color arena que adopta el pelo rubio cuando vira hacia gris. Los dedos largos, la sensibilidad y la seguridad de las manos del hijo se habían convertido, en su caso, en grandes nudillos y uñas hendidas.
El padre se frotó las manos, como para limpiarlas de polvillo. Extendió la mano a modo de saludo.
– Kenneth Shepherd -dijo-. Inspector jefe detective, jubilado. DIC de Hutton-Preston. Supongo que ya lo sabrán, ¿no?
– El sargento Hawkins me ha transmitido la información.
– Como era su deber. Me alegro de conocerles. -Dirigió una mirada a su hijo-. ¿Has ofrecido algo a estos caballeros, Col?
La expresión del agente no cambió, pese al tono afable de su padre. Sus ojos siguieron vigilantes, detrás de las gafas de concha.
– Cerveza -dijo-. Whisky. Coñac. Tengo un jerez que ha estado almacenando polvo durante seis años.
– A tu Annie le encantaba el jerez, ¿verdad? -dijo el inspector jefe-. Descanse en paz. Yo me tomaré uno. ¿Y ustedes?
– Nada -dijo Lynley.
– No, gracias -dijo St. James.
Shepherd se acercó a una mesa auxiliar, sirvió un jerez a su padre y algo de otra botella para él. Mientras tanto, Lynley paseó la vista por la sala.
Los muebles escaseaban, al estilo de un hombre que compra al azar cuando la necesidad es perentoria y no le importa el aspecto de sus posesiones. El respaldo de un sofá sitiado estaba cubierto por una manta tejida a mano de cuadrados multicolores, que conseguía ocultar casi todas las anémonas rosas, enormes pero piadosamente desteñidas, que decoraban la tela. Nada, excepto su raído tapizado, cubría los dos sillones de orejas desparejados, cuyos brazos estaban desnudos, y los respaldos desgastados, a causa de las generaciones de cabezas que se habían apoyado en ellos. Aparte de una mesa de café, una lámpara de pie de latón y la mesa auxiliar sobre la que descansaban las botellas de licor, el único objeto de interés colgaba en la pared. Era una vitrina que albergaba una colección de rifles y escopetas. Eran las únicas cosas de la sala que parecían cuidadas, compañeras sin duda del perdiguero que se había desplomado sobre una manta vieja y manchada frente al fuego. Sus patas, como las botas de agua del recibidor, estaban manchadas de barro.
– ¿Caza aves? -preguntó Lynley, y dirigió una mirada a las armas.
– Ciervos también, hace tiempo, pero me he retirado. La presa nunca recompensaba la espera.
– En teoría, sí, pero nunca sucede, ¿verdad?
El inspector jefe, con la copa de jerez en la mano, indicó el sofá y las sillas.
– Siéntense -dijo, y se dejó caer en el sofá-. Acabamos de dar un paseo y nos irá bien descansar los pies. Me marcharé dentro de un cuarto de hora. Una jovencita de cincuenta y ocho años me espera para cenar en su pensión, pero nos queda tiempo para charlar.
– ¿No vive en Winslough? -preguntó St. James.
– Hace años que no. Necesito un poco de acción y otro poco de carne femenina dispuesta a pasarlo bien. En Winslough no hay nada de lo primero, y lo que queda de lo segundo está atado y bien atado desde hace tiempo.
El agente se acercó con su copa al fuego, se acuclilló y acarició la cabeza del perdiguero. En respuesta, Leo abrió los ojos y apoyó la barbilla sobre el zapato de Shepherd. Agitó la cola satisfecho.
– Te has metido en el barro -dijo Shepherd, y tiró con cariño de las orejas del perro-. Menudo bribonzuelo estás hecho.
Su padre resopló.
– Perros. Joder. Se te meten dentro como las mujeres.
Fue una invitación a que Lynley formulara la pregunta con toda naturalidad, aunque estaba seguro de que aquella no había sido la intención del inspector jefe, como estaba seguro de que la visita del hombre a su hijo no tenía nada que ver con un paseo vespertino por los páramos.
– ¿Qué puede contarnos sobre la señora Spence y la muerte de Robin Sage?