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– No entra dentro de las atribuciones del Yard, ¿verdad?

Si bien lo dijo con bastante cordialidad, la respuesta del inspector jefe fue demasiado rápida, como si la hubiera preparado de antemano.

– ¿Oficialmente? No.

– ¿Y extraoficialmente?

– Supongo que será consciente de las irregularidades de la investigación, inspector jefe. La ausencia del DIC. La relación de su hijo con la autora del crimen.

– Crimen no, accidente.

Colin Shepherd levantó la vista del perro, la copa sujeta con desenvoltura en su mano. Siguió acuclillado junto al fuego. Un aldeano de pies a cabeza, que sin duda podría continuar en aquella posición durante muchas horas sin la menor incomodidad.

– Una decisión irregular, pero no ilegal -dijo el inspector jefe-. Colin pensó que podía tomarla. Yo estuve de acuerdo. Manejó bien la situación. Yo estuve con él casi todo el tiempo, de modo que si ha sido la ausencia del DIC lo que ha puesto nervioso al Yard, el DIC estuvo aquí todo el tiempo.

– ¿Estuvo usted presente en todos los interrogatorios?

– En los importantes, sí.

– Inspector jefe, sabe muy bien que eso es más que irregular. No necesito decirle que cuando se ha cometido un crimen…

– Pero no fue un crimen -dijo el agente. Su mano seguía sobre el perro, pero tenía los ojos clavados en Lynley. No los movió-. El equipo encargado de analizar el escenario de los hechos registró los páramos, miró debajo de las piedras y comprendió bien la situación antes de una hora. No fue un crimen. Fue un accidente, punto. Yo lo vi así. El juez de instrucción lo vio así. El jurado lo vio así. Fin de la historia.

– ¿Estuvo seguro desde el principio?

El perro se agitó inquieto cuando la mano que le acariciaba se tensó.

– Por supuesto que no.

– No obstante, aparte de la presencia inicial del equipo encargado de analizar el lugar de los hechos, tomó la decisión de no implicar a su DIC, las personas que están preparadas para determinar si una muerte es un accidente, un suicidio, o un asesinato.

– Yo tomé la decisión -dijo el inspector jefe.

– ¿Basándose en qué?

– En una llamada telefónica mía -contestó su hijo.

– ¿Informó de la muerte a su padre, en lugar de a la sede del departamento en Clitheroe?

– Informé a los dos. Dije a Hawkins que yo me ocuparía. Papá lo confirmó. Todo me pareció muy claro en cuanto hablé con Juliet… con la señora Spence.

– ¿Y el señor Spence? -preguntó Lynley.

– No existe.

– Entiendo.

El agente bajó los ojos y dio vueltas al licor en su mano.

– Esto no tiene nada que ver con nuestra relación.

– Pero añade una complicación. Estoy seguro de que lo comprende.

– No fue un asesinato.

St. James se inclinó hacia delante en el sillón de orejas que había elegido.

– ¿Por qué está tan seguro? ¿Por qué estuvo tan seguro hace un mes, agente?

– Ella carecía de móvil. No conocía al hombre. Era la tercera vez que se encontraban. La perseguía para que fuera a la iglesia, y quería hablar sobre Maggie.

– ¿Maggie? -preguntó Lynley.

– Su hija. Juliet tenía algunos problemas con ella y el vicario intervino. Quería ayudar. Mediar entre ellas, ofrecer consejo, esas cosas. Esa era su relación, en una palabra. ¿Tenía que llamar al DIC para que le leyeran sus derechos por eso, o usted habría preferido un móvil antes?

– Medios y oportunidad son poderosos indicadores por sí solos -replicó Lynley.

– Eso es una chorrada, y usted lo sabe -intervino el jefe inspector.

– Papá…

El padre de Shepherd le indicó que callara con un movimiento de su copa.

– Yo tengo el medio de asesinar cada vez que me siento al volante de mi coche. Tengo la oportunidad cuando piso el acelerador. ¿Sería un asesinato, inspector, si arrollara a alguien que se cruzara en el camino de mi coche? ¿Sería necesario llamar al DIC por ello, o podríamos considerarlo un accidente?

– Papá…

– Si esa es su argumentación, cuya validez no negaré en este momento, ¿para qué implicar al DIC en su persona?

– Porque está liado con esa mujer, por el amor de Dios. Pidió que estuviera a su lado para ayudarle a conservar la objetividad. Y lo hizo. En todo momento.

– Mientras estuvo con él. Ha admitido antes que no estuvo presente en todas las entrevistas.

– No necesitaba para nada…

– Papá -interrumpió con brusquedad Shepherd. Su voz se calmó cuando prosiguió-. Las cosas se pusieron feas cuando Sage murió. Juliet entiende de plantas, y cuesta creer que confundiera cicuta con chirivía silvestre, pero eso fue lo que ocurrió.

– ¿Está seguro? -preguntó St. James.

– Por supuesto. Ella se puso enferma la noche que el señor Sage murió. Tenía una fiebre altísima. Tuvo cuatro o cinco ataques, hasta las dos de la madrugada. Díganme para qué iba a comer a sabiendas un poco del veneno natural más mortífero del mundo, con el fin de disfrazar un crimen de accidente, sin tener un motivo. La cicuta no es como el arsénico, inspector Lynley. Es imposible fabricarse una inmunidad contra ella. Si Juliet hubiera querido asesinar al señor Sage, no habría sido tan idiota como para ingerir parte de la cicuta. Habría podido morir.

– ¿Sabe con certeza que se encontró mal? -preguntó Lynley.

– Estaba allí.

– ¿En la cena?

– Después. Pasé un momento.

– ¿A qué hora?

– Hacia las once, después de la última patrulla.

– ¿Por qué?

Shepherd apuró los restos de su copa y la dejó en el suelo. Se quitó las gafas y dedicó un momento a limpiar los cristales con la manga de su camisa de franela.

– ¿Agente?

– Díselo, muchacho -intervino el inspector jefe-. Es la única manera de que se quede satisfecho.

Shepherd se encogió de hombros y volvió a ponerse las gafas.

– Quería saber si estaba sola. Maggie había ido a pasar la noche con una de sus amigas… Suspiró y removió los pies.

– ¿Creyó que Sage iba a hacer lo mismo con la señora Spence?

– Había ido tres veces. Juliet no me dio motivos para pensar que le había tomado como amante. Me hice preguntas, eso es todo. Me hice preguntas. No me siento orgulloso de ello.

– ¿Cabe la posibilidad de que hubiera tomado un amante sin conocerle apenas, agente?

Shepherd cogió su copa, vio que estaba vacía y la volvió a dejar sobre la mesa. Un muelle crujió en el sofá cuando el inspector jefe cambió de posición.

– ¿Podría ser, agente?

Las gafas del agente destellaron un momento cuando levantó la cabeza para mirar a Lynley.

– Es difícil saber eso de cualquier mujer, ¿no? Sobre todo de una mujer a la que amas.

Era cierto, admitió Lynley. Más de lo que deseaba. La gente alababa las virtudes de la confianza todo el tiempo. Se preguntó cuántas personas vivían confiadas, sin dudas acampadas siempre como gitanos inquietos en los límites de la conciencia.

– Supongo que Sage se había marchado cuando usted llegó -dijo.

– Sí. Ella dijo que se había ido a las nueve.

– ¿Dónde estaba Juliet?

– En la cama.

– ¿Indispuesta?

– Sí.

– ¿Y le dejó entrar?

– Llamé a la puerta. Como no contestó, entré.

– ¿La puerta no estaba cerrada con llave?

– Tengo llaves. -Vio que Lynley dirigía una veloz mirada en dirección a St. James-. Ella no me las dio -añadió-. Fue Townley-Young. Las llaves de la casa, de Cotes Hall, de toda la propiedad. El es el dueño. Ella, la vigilante.

– ¿Sabe ella que usted tiene llaves?

– Sí.

– ¿Como medida de precaución?

– Supongo.

– ¿Las utiliza a menudo, como parte de su patrulla nocturna?

– No. Por lo general, no.

Lynley vio que St. James miraba con aire pensativo al agente, con el entrecejo arrugado mientras se acariciaba la barbilla.