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– ¡Dios Santo! ¿Una oportunidad? No estamos hablando de un juego. Se trata de vida y muerte. Sigue siendo vida y muerte. Solo que esta vez, jovencito, te has quedado solo.

Se había subido las mangas de la camisa al entrar en la casa, cuando volvieron del paseo. Ahora, empezó a bajarlas. En la pared de su derecha, el reloj en forma de gato de Annie agitaba su péndulo/cola negro y sus ojos se movían con cada tictac. Estaba a punto de marcharse. Le esperaba su poco de carne femenina. Lo único que debía hacer Colin era esperar a que se fuera.

– Las circunstancias sospechosas exigen la intervención del DIC. Ya lo sabes, ¿verdad, muchacho?

– El DIC vino.

– ¡Vino su jodido fotógrafo!

– Vino el equipo encargado de examinar el lugar de los hechos. Vieron lo que yo vi. No había señales de que el señor Sage hubiera estado acompañado. Solo sus pisadas en la nieve. Ningún testigo vio a otra persona en el sendero aquella noche. La tierra estaba removida porque sufrió convulsiones. Su aspecto delataba a voz en grito que había padecido un ataque. No necesitaba a ningún DIC para saberlo.

Su padre apretó los puños. Levantó los brazos, y luego los dejó caer.

– Eres tan tozudo como hace veinte años. E igual de estúpido.

Colin se encogió de hombros.

– No tienes la menor elección. Lo sabes, ¿verdad? Todo el jodido pueblo sospecha de ese coño húmedo al que has tomado tanta afición.

Colin cerró un puño. Abrió la mano con un esfuerzo.

– Ya basta, papá. Lárgate. Si no recuerdo mal, a ti también te espera esta noche un coño húmedo.

– No eres demasiado mayor para que te dé una paliza, muchacho.

– Es cierto, pero quizá esta vez perdieras.

– Después de lo que hice…

– No era necesario que hicieras nada. No te pedí que vinieras. No te pedí que me siguieras a todas partes como un sabueso que olfatea a un zorro. Tenía la situación controlada.

Su padre emitió un fuerte resoplido de desdén.

– Tozudo, estúpido, y también ciego. -Se encaminó hacia la puerta principal, donde se puso la chaqueta e introdujo el pie izquierdo en una bota-. Tienes suerte de que hayan venido.

– No les necesito. Ella no hizo nada.

– Excepto envenenar al vicario.

– Accidentalmente, papá.

Su padre se embutió la segunda bota y se incorporó.

– Reza por ello, hijo, porque sobre tu cabeza pende una nube del copón. En el pueblo. En Clitheroe. Hasta en Hutton-Preston. Y la única forma de que se disipe es que el DIC del Yard no huela nada feo en la cama de tu amiga.

Extrajo los guantes de piel del bolsillo y empezó a ponérselos. No habló hasta encasquetarse la gorra picuda en su cabeza. Después, dirigió una mirada penetrante a su hijo.

– Has sido sincero conmigo, ¿verdad? ¿No me habrás ocultado nada?

– Papá…

– Porque si la has encubierto, estás acabado. Hundido. Condenado. Esa es la película. Lo entiendes, ¿verdad?

Colin percibió angustia en los ojos de su padre, y también en su voz, disimulada bajo la ira. Sabía que expresaba cierta preocupación paternal, pero también sabía, más allá del hecho de que encubrir a una posible asesina desembocaría en una investigación y un juicio, lo que más molestaba a su padre: el estupor que le causaba la falta de ambiciones de su hijo. Colin nunca había aspirado a grandes cosas. No deseaba un cargo de más responsabilidad ni el derecho a sentarse cómodamente detrás de un escritorio. Tenía treinta y cuatro años, y seguía siendo agente de policía de un pueblo, y su padre sospechaba que debía existir un buen motivo. «Me gusta» no sería suficiente. «Me encanta vivir en el campo» jamás resultaría. El inspector jefe habría podido aceptar «No puedo abandonar a mi Annie» un año atrás, pero montaría en cólera si Colin hablaba de Annie mientras Juliet Spence formara parte de su vida.

Y ahora, planeaba el peligro de una humillación en potencia si se demostraba que su hijo había encubierto un crimen. Se quedó tranquilo cuando el jurado del juez de instrucción anunció su veredicto. Estaría muerto de miedo hasta que Scotland Yard finalizara su investigación y verificara que no había sido un crimen.

– Colin -repitió su padre-, has sido sincero conmigo, ¿verdad? ¿No me habrás ocultado nada?

Colin le miró a los ojos. Se sintió orgulloso de poder hacerlo.

– No te he ocultado nada -contestó.

Solo cuando Colin cerró la puerta, después de que su padre saliera, notó que sus piernas flaqueaban. Aferró el pomo y apoyó la cabeza contra la madera.

No tenía por qué preocuparse. Nadie necesitaría saberlo jamás. Ni siquiera había pensado en ello hasta que el hombre de Scotland Yard formuló la pregunta e invocó el recuerdo de Juliet y su pistola.

Había ido a hablar con ella tras recibir tres airadas llamadas telefónicas de tres asustados padres, cuyos hijos habían estado de parranda en los terrenos de Cotes Hall. Ella llevaba viviendo un año en la casa del vigilante, una mujer alta, angulosa y reservada, que ganaba dinero cultivando plantas y elaborando pociones, que paseaba a buen paso por los páramos con su hija, y que raras veces bajaba al pueblo. Compraba verduras en Clitheroe. Compraba elementos de jardinería en Burnley. Examinaba trabajos manuales, vendía plantas y secaba hierbas en Laneshawbridge. En ocasiones, salía con su hija de excursión, pero sus elecciones eran siempre algo peculiares, como el Museo Textil Lewis en lugar del castillo de Lancaster, o la colección de casas de muñecas de Houghton Tower en lugar de las distracciones de Blackpool, junto al mar. Pero todo eso lo descubrió más tarde. Al principio, mientras traqueteaba por la surcada senda en su viejo Land Rover, solo pensaba en la estupidez de una mujer que había disparado en la oscuridad contra tres muchachos que imitaban ruidos de animales en la linde del bosque. Y con una escopeta. Podría haber pasado cualquier cosa.

Aquella tarde, el sol se filtraba por el robledal. Gotas verdes cubrían las ramas de los árboles, mientras un día de finales de invierno daba paso a la primavera. Estaba tomando una curva de la estropeada carretera que los Townley-Young se habían negado a reparar durante casi toda una década, cuando por la ventana abierta se coló el penetrante perfume del espliego cortado, y con él uno de aquellos dolorosos recuerdos de Annie. Fue tan cegador, tan momentáneamente real, que pisó el freno, casi a la espera de verla venir corriendo desde el bosque, donde se había plantado gran cantidad de espliego al borde de la carretera más de cien años antes, cuando Cotes Hall aguardaba con todo dispuesto al novio que nunca llegó.

Annie y él habían frecuentado aquel lugar miles de veces, y ella solía arrancar ramas de espliego mientras paseaba por la senda. El aire se impregnaba del perfume de las flores y el follaje, y Annie guardaba los brotes para introducirlos en saquitos que colocaba entre las prendas de lana e hilo de su casa. Colin recordaba muy bien aquellos saquitos, pequeñas bolsas de gasa atadas con cintas púrpura deshilachadas. Siempre se partían antes de una semana. Él siempre sacudía trocitos de lavanda de sus calcetines y de las sábanas. Y pese a sus protestas -«Para ya, muchacha. ¿De qué sirven?»- ella continuaba encajando bolsas en todos los rincones de la casa, incluso una vez en los zapatos de Colin, mientras explicaba: «Polillas, Col. No querrás tener polillas, ¿verdad?».

Después de su muerte, Colin liberó la casa de los saquitos, en un intento infructuoso de liberar la casa de ella. Barrió las medicinas de la mesilla de noche, bajó sus vestidos de las perchas y tiró sus zapatos en bolsas de basura, trasladó sus botellas de perfume al patio trasero y las rompió una a una con un martillo, como si ese ejercicio pudiera aplacar su ira, y luego fue en busca de los saquitos de Annie.

Pero el olor del espliego siempre la materializaba ante él. Aún era peor por las noches, cuando sus sueños permitían que la viera, la recordara y anhelara aquello que había sido. De día, cuando solo el perfume le embrujaba, estaba fuera de su alcance, como un susurro arrastrado por el viento. Pensó: «Annie, Annie», y contempló la senda con las manos aferradas al volante.