Se obligó a volver la cabeza hacia ella.
– ¿Tiene una escopeta, señora Spence?
– Sí.
Siguió donde estaba, si bien cambió de posición, con un codo sobre la mesa y una mano curvada alrededor de una rodilla.
– ¿La disparó anoche?
– Sí.
– ¿Por qué?
– El terreno está vallado, agente. Cada cien metros, aproximadamente.
– Hay un sendero de uso público. Usted lo sabe muy bien, al igual que Townley-Young.
– Esos chicos no estaban en el sendero que conduce a Cotes Fell, ni se dirigían hacia el pueblo. Estaban en el bosque, detrás de la casa, y subían hacia la mansión.
– Parece muy segura.
– Claro que lo estoy, por el sonido de sus voces.
– ¿Les advirtió verbalmente?
– Dos veces.
– ¿No pensó en telefonear para pedir ayuda?
– No necesitaba ayuda. Solo necesitaba librarme de ellos. Lo cual, como usted sin duda reconocerá, hice a la perfección.
– Con una escopeta, que disparó hacia los árboles con balas…
– Con sal. -Se pasó el pulgar y el dedo medio por el cabello. Era un gesto que delataba más impaciencia que vanidad-. La escopeta estaba cargada con sal, señor Shepherd.
– ¿La carga con algo más?
– En ocasiones, sí, pero cuando lo hago, no disparo a niños.
Colin observó por primera vez que llevaba pendientes, pequeños botones dorados que captaban la luz cuando volvía la cabeza. Eran las únicas joyas que exhibía, salvo una alianza que, como la suya, carecía de adornos y era tan delgada como la mina de un lápiz. También captó la luz cuando sus dedos tamborilearon impacientes sobre la rodilla. Tenía las piernas largas. Vio que se había quitado las botas en algún sitio y llevaba calcetines grises en los pies.
– Señora Spence -dijo, porque necesitaba hablar para concentrar su atención-, las armas son peligrosas en manos de gente sin experiencia.
– Si hubiera querido herir a alguien, señor Spence, lo habría hecho, créame.
Se puso en pie. Colin esperaba que cruzara la cocina, llevara el vaso al fregadero, devolviera la garrafa a la alacena, e invadiera su territorio.
– Acompáñeme -dijo, sin embargo.
La siguió a la sala de estar, que había atravesado antes camino de la cocina. La luz del atardecer caía en franjas sobre la alfombra; destellos y sombras recorrieron a la mujer cuando se acercó a un viejo aparador apoyado contra una pared. Abrió el cajón superior izquierdo. Sacó un paquete envuelto en tela de toalla y atado con un cordel. Una vez desatado y desenvuelto, reveló una pistola. Un revólver, de aspecto bien aceitado.
– Acompáñeme -repitió la mujer.
La siguió hasta la puerta principal. Seguía abierta, y la brisa de marzo revolvió el cabello de su anfitriona. Al otro lado del patio, la mansión se veía desierta, con las ventanas rotas y entabladas, los viejos conductos para el agua de lluvia oxidados y los muros de piedra desportillados.
– Remate de la segunda chimenea empezando por la derecha, creo -dijo ella-. Esquina izquierda.
Levantó el brazo, apuntó y disparó. Un fragmento de terracota salió disparado como un misil de la segunda chimenea.
– Si hubiera querido herir a alguien -repitió-, lo habría hecho, señor Shepherd.
Regresó a la sala de estar y dejó la pistola en su envoltorio, que descansaba sobre el aparador, entre una cesta de coser y una colección de fotografías de su hija.
– ¿Tiene permiso de armas? -preguntó Colin.
– No.
– ¿Por qué?
– No era necesario.
– Lo dice la ley.
– Para el uso a que está destinada, no.
Tenía la espalda apoyada contra el aparador. El estaba de pie en el umbral. Pensó en decir lo que debía decir. Consideró la posibilidad de hacer lo que la ley le exigía. El arma era ilegal, estaba en posesión de la mujer, y él debería requisarla y acusarla de un delito.
– ¿Para qué la utiliza? -preguntó, en cambio.
– Para tirar al blanco, sobre todo. Y para protegerme, además.
– ¿De quién?
– De cualquiera que no sea disuadido por un grito de advertencia o un disparo de escopeta. Es una forma de seguridad.
– No parece muy insegura.
– Cualquier persona que tenga un crío en casa está insegura. En especial, una mujer sola.
– ¿Siempre la guarda cargada?
– Sí.
– Eso es absurdo. Es como pedir problemas.
Una breve sonrisa se dibujó en su boca.
– Tal vez, pero jamás he disparado en compañía de alguien que no fuera Maggie antes de hoy.
– Fue una tontería enseñármela.
– Sí.
– ¿Por qué lo ha hecho?
– Por la misma razón que la tengo. Protección, agente.
La miró desde el otro extremo de la sala. Su corazón latía desenfrenadamente, y se preguntó el motivo. Oyó que goteaba agua en algún lugar de la casa, y el canto de un pájaro en el exterior. Vio que el pecho de la mujer subía y bajaba, la V de la camisa donde su piel daba la impresión de brillar, los tejanos ceñidos a las caderas. Era flaca y sudaba. Estaba más que desaliñada. Habría sido incapaz de dejarla.
Sin poder pensar con coherencia, dio dos grandes zancadas y ella salió a su encuentro en el centro de la sala. La atrajo a sus brazos, hundió los dedos en su cabello, aplastó la boca contra la suya. Ignoraba que pudiera existir tal deseo por una mujer. Si hubiera opuesto la menor resistencia, sabía que la habría forzado, pero no se resistió y era evidente que no deseaba hacerlo. Deslizó las manos sobre su pelo, bajaron hacia su cuello, se apoyaron contra su pecho, y después le rodeó con los brazos, mientras él la ceñía más, se apoderaba de sus nalgas y la estrujaba estrujaba estrujaba contra su cuerpo. Oyó que los botones saltaban mientras la despojaba de la camisa, en pos de sus senos. Y después, fue consciente de que ya no llevaba camisa y la boca de la mujer recorría su cuerpo, besaba y mordía su torso hasta llegar a la cintura, y entonces se arrodilló, forcejeó con el cinturón y le bajó los pantalones.
Jesucristo, pensó. Jesús Jesús Jesús. Solo le atenazaban dos terrores: que estallara en su boca, que ella le soltara antes de poder hacerlo.
9
No podía ser más diferente de Annie. Quizá había sido esa la causa de la atracción inicial. Había sustituido la sumisión dulce y voluntaria de Annie por la independencia y la energía de Juliet. Era fácil de tomar y lo ansiaba, pero no era fácil conocerla. Durante la primera hora que hicieron el amor aquella tarde de marzo, solo dijo tres palabras, «Dios» y «más fuerte»; estas dos las repitió tres veces. Y cuando quedaron saciados mutuamente, mucho después de que subieran de la sala de estar a su dormitorio y lo hicieran en el suelo y en la cama, ella se volvió y dijo, con la cabeza apoyada sobre el brazo:
– ¿Cuál es tu nombre, señor Shepherd, o debo seguir llamándote señor Shepherd?
El recorrió con el dedo el tenue rayo de piel que surcaba su estómago, la única indicación, aparte de la niña, de que había dado a luz. Pensaba que no tendría tiempo suficiente en toda su vida para llegar a conocer bien cada centímetro de su cuerpo, y mientras yacía a su lado, pese a que ya la había poseído cuatro veces, empezó a desearla de nuevo. Nunca había hecho el amor con Annie más de una vez en un período de veinticuatro horas. Nunca se le había ocurrido intentarlo. Si su mujer hacía el amor con dulzura y suavidad, y le dejaba una sensación de paz y de estar en deuda con ella, Juliet había encendido sus sentidos, desenterrando un deseo insaciable, por más que la poseyera. Después de una tarde, una noche y otra tarde juntos, pudo percibir su olor (en sus manos, en su ropa, cuando se peinaba el cabello), y descubrió que la seguía deseando, que experimentaba el impulso de telefonearla, para decir tan solo su nombre, a lo que ella respondía en voz baja:
– Sí. Cuándo.
Pero a su primera pregunta, se limitó a contestar: