Retorcía una bufanda entre los dedos, cerca del cuello de su viejo chaquetón azul marino. Su falda de fieltro colgaba hasta los tobillos, embutidos en unas botas maltrechas. Se removió inquieta y le dedicó una veloz sonrisa.
– Estaba terminando de trabajar en la vicaría, y no pude por menos que observar… -Desvió la mirada hacia la carretera de Clitheroe-. Vi que dos caballeros se marchaban. Ben, en el pub, dijo que eran de Scotland Yard. No me habría enterado, pero Ben, como es capillero de la iglesia, me telefoneó para decirme que tal vez querrían echar un vistazo a la vicaría. Me dijo que esperara, pero no vinieron. ¿Todo va bien?
Una mano apretó el cuello con más fuerza, mientras la otra aferraba los extremos sueltos de la bufanda. Vio el nombre de su madre impreso en la prenda, y la reconoció como un recuerdo que anunciaba su negocio de Blackpool. Había utilizado bufandas, jarras de cerveza y cajas de cerillas, como si se tratara de un hotel de lujo, e incluso había regalado palillos de comida china durante una temporada, cuando estaba «totalmente convencida» de que el turismo procedente de Oriente llegaría a su punto álgido. Rita Yarkin, también llamada Rita Rularski, era una empresaria nata.
– ¿Colin?
Se dio cuenta de que tenía la vista clavada en la bufanda, mientras se preguntaba por qué Rita había elegido un verde lima fosforescente, que además había decorado con diamantes púrpuras. Se movió, bajó la vista y observó que Leo estaba meneando la cola, a modo de bienvenida. El perro había reconocido a Polly.
– ¿Va todo bien? -repitió la joven-. Vi que tu papá también se iba y le llamé, yo estaba barriendo el porche, pero por lo visto no me oyó, porque no contestó. Entonces, me pregunté si todo iba bien.
Sabía que no podía dejarla de pie en el porche, con aquel frío. Al fin y al cabo, la conocía desde que eran niños, y aunque aquel no hubiera sido el caso, había acudido con un pretexto que, como mínimo, iba disfrazado de preocupación amistosa.
– Entra.
Cerró la puerta a su espalda. Ella se quedó de pie en el recibidor, en tanto enrollaba una y otra vez la bufanda, hasta convertirla en una bola y guardarla en el bolsillo.
– Llevo las botas manchadas de barro -dijo.
– Da igual.
– ¿Las dejo aquí?
– Si te las acabas de poner en la vicaría, no.
Colin regresó a la sala de estar, con el perro pisándole los talones. El fuego aún ardía, y añadió otro tronco. Contempló cómo el fuego devoraba la leña. Notó que oleadas de calor azotaban su rostro. Se quedó donde estaba, para calentar el resto del cuerpo.
Oyó los pasos titubeantes de Polly a su espalda. Sus botas crujieron. Su ropa susurró.
– Hacía tiempo que no venía -dijo con timidez.
La encontraría muy cambiada: los muebles cubiertos de zaraza que pertenecían a Annie desaparecidos, las litografías de Annie fuera de la pared, la alfombra de Annie cortada a pedazos, y todo sustituido por un batiburrillo sin gusto, solo para cubrir las necesidades. Era funcional, lo único que exigió a la casa y los muebles cuando Annie murió.
Esperaba que hiciera algún comentario, pero Polly no dijo nada. Por fin, se volvió. No se había quitado el chaquetón. Solo había avanzado tres pasos. Le dedicó una sonrisa temblorosa.
– Hace un poco de frío -dijo.
– Acércate al fuego.
– Sí. Creo que lo haré.
Extendió las manos hacia las llamas y se desabrochó el abrigo, sin quitárselo. Llevaba un jersey color espliego demasiado grande, que contrastaba con el rojo de su pelo y el magenta de la falda. Un tenue olor a bolas de naftalina parecía emanar de la lana.
– ¿Te encuentras bien, Colin?
La conocía lo bastante como para saber que repetiría la pregunta hasta que él contestara. Nunca había captado la relación entre la negativa a responder y la reticencia a revelar.
– Muy bien. ¿Te apetece una copa?
Su rostro se iluminó.
– Oh, sí. Gracias.
– ¿Jerez?
La joven asintió. Colin se acercó a la mesa y llenó una sola copa. Polly se arrodilló junto al fuego y acarició al perro. Cuando cogió la copa, se quedó como estaba, de rodillas, apoyada en los tacones de las botas. Tenían una gruesa capa de barro incrustado. Había manchas en el suelo.
No quiso ponerse a su lado, aunque habría sido lo más normal. Se habían sentado en círculo con Annie ante el fuego muchas veces, antes de que ella muriera, pero entonces las circunstancias eran muy diferentes: ningún pecado empañaba su amistad. Escogió la butaca y se sentó en el borde, con los brazos apoyados sobre las rodillas y las manos enlazadas flojamente, como una barrera que les separara.
– ¿Quién les telefoneó? -preguntó la joven.
– ¿A Scotland Yard? Supongo que el tullido telefoneó al otro. Vino a ver al señor Sage.
– ¿Qué quieren?
– Reabrir el caso.
– ¿Lo dijeron?
– No fue necesario que lo dijeran.
– Pero saben algo… ¿Ha surgido algo nuevo?
– No necesitan nada nuevo. Basta con que haya dudas. Las comparten con el DIC de Clitheroe, o la comisaría de Hutton-Preston. Han empezado a husmear.
– ¿Estás preocupado?
– ¿Debería estarlo?
Polly bajó la vista hacia la copa. Aún no había bebido. Colin se preguntó cuándo lo haría.
– Tu papá es un poco duro contigo -dijo-. Siempre lo ha sido, ¿verdad? Pensé que utilizaría esto para encarnizarse contigo. Parecía muy cabreado cuando se fue.
– La reacción de papá no me preocupa, si te refieres a eso.
– Estupendo, ¿no? -Dio vueltas a la pequeña copa de jerez sobre su palma. A su lado, Leo bostezó y apoyó la cabeza sobre sus muslos-. Siempre me ha querido, desde que era un cachorrillo. Leo es un perro maravilloso.
Colin no contestó. Vio que la luz de las llamas danzaba sobre el cabello de Polly y teñía de oro su piel. Era atractiva, de una forma peculiar. El hecho de que no aparentara darse cuenta había constituido en un tiempo parte de su encanto. Ahora, despertaba recuerdos que había intentado olvidar.
Ella levantó la vista. Colin apartó los ojos.
– Tracé el círculo para ti anoche, Colin -dijo la joven en voz baja y vacilante-. A Marte. Para darte fuerzas. Rita quería que formulara la petición para mí, pero no lo hice. Lo hice para ti. Quiero lo mejor para ti, Colin.
– Polly…
– Me acuerdo de cosas. Éramos tan amigos, ¿verdad? Hacíamos excursiones cerca del embalse. íbamos a Burnley a ver películas. Una vez, fuimos a Blackpool.
– Con Annie.
– Pero tú y yo también éramos amigos.
Colin clavó la vista en sus manos para evitar su mirada.
– Lo éramos, pero lo estropeamos todo.
– No es verdad. Solo…
– Annie lo sabía. Lo supo en cuanto entré en el dormitorio. Lo leyó en cada parte de mi cuerpo. Y lo vi en su cara. Dijo: «¿Cómo ha ido la merienda, ha hecho buen tiempo, has respirado aire puro, Col?». Lo sabía.
– No pretendíamos hacerle daño.
– Nunca me pidió que fuera fiel. ¿Lo sabías? En cuanto supo que iba a morir, desechó la idea. Una noche, me cogió la mano y dijo, preocúpate de ti, Col, sé lo que sientes, ojalá pudiéramos empezar de nuevo, pero no es posible, querido amante, así que has de preocuparte por ti.
– Entonces, ¿por qué…?
– Porque aquella noche me juré que, costara lo que costase, no la traicionaría. Pero lo hice. Contigo. Su amiga.
– No era nuestra intención. No lo habíamos planeado.
La miró de nuevo, con un movimiento brusco de la cabeza que ella no debía esperar, porque se encogió como respuesta. Una gota de jerez resbaló por un lado de la copa y cayó sobre su falda. Leo la olfateó con curiosidad.