– ¿Qué más da? -dijo Colin-. Annie estaba muriendo. Tú y yo estábamos follando en un establo de los páramos. No podemos cambiar ninguno de esos hechos. No podemos embellecerlos ni disfrazarlos.
– Pero si ella te dijo…
– No. Con… su… amiga…, no.
Los ojos de Polly se iluminaron, pero no ocultó las lágrimas.
– Aquel día, Colin, cerraste los ojos, apartaste la cabeza, no me tocaste y apenas volviste a hablarme. ¿Cuánto más quieres que sufra por lo que pasó? Y ahora, tú…
Tragó saliva.
– Ahora, yo ¿qué?
La joven bajó los ojos.
– ¿Qué?
Su respuesta sonó como un cántico.
– Quemé cedro por ti, Colin. Deposité cenizas sobre su tumba, y la piedra anular. Di a Annie la piedra anular. Descansa sobre su tumba. Si quieres, ve a verlo. Me desprendí de la piedra anular. Lo hice por Annie.
– Y ahora, yo ¿qué? -repitió él.
Polly se inclinó hacia el perro y frotó la mejilla contra su cabeza.
– Contesta, Polly.
Ella alzó la cabeza.
– Ahora, me estás castigando más.
– ¿Cómo?
– Y eso no es justo, porque yo te quiero, Colin. Te quise desde el primer momento. Te he querido más tiempo que ella.
– ¿Ella? ¿Quién? ¿Cómo te estoy castigando?
– Te conozco mejor que nadie. Me necesitas. Ya lo verás. Hasta el señor Sage me lo dijo.
La última frase le puso la carne de gallina.
– ¿Dijo qué?
– Que tú me necesitas, que todavía no lo sabes, pero que pronto lo sabrás si eres sincero. Y yo he sido sincera. Todos estos años. Siempre. Vivo para ti, Colin.
Su declaración de devoción era insignificante, cuando las implicaciones de las palabras «Hasta el señor Sage me lo dijo» exigían disección y acción.
– Sage habló contigo de Juliet, ¿verdad? -preguntó Colin-. ¿Qué dijo? ¿Qué te dijo?
– Nada.
– Te dio cierto tipo de seguridad. ¿Cuál fue? ¿Que ella cortaría nuestra relación?
– No.
– Sabes algo.
– No.
– Dímelo.
– No hay nada…
Colin se levantó. Estaba a un metro de ella, pero la joven se encogió. Leo alzó la cabeza, con las orejas erguidas, y emitió un gruñido gutural cuando percibió la tensión. Polly dejó la copa de jerez sobre la chimenea, sin apartar la vista y con una mano posada sobre su base, como temiendo que se pusiera a volar si no la vigilaba.
– ¿Qué sabes de Juliet?
– Nada, ya te lo he dicho.
– ¿Y sobre Maggie?
– Nada.
– ¿Qué te dijo Robin Sage sobre su padre?
– ¡Nada!
– Pero estabas muy segura sobre mí y Juliet, ¿no? Él te lo confirmó. ¿Qué hiciste para obtener la información, Polly?
Su cabello se desparramó sobre los hombros cuando irguió la cabeza.
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Te acostaste con él? Pasabas horas a solas con él cada día en la vicaría. ¿Hiciste algún hechizo?
– ¡Jamás!
– ¿Descubriste algún modo de estropear nuestra relación? ¿Te dio él alguna idea?
– ¡No! Colin…
– Dime, ¿le mataste, Polly, para que las culpas recayeran sobre Juliet?
La joven se puso en pie de un salto, con las piernas separadas y los brazos en jarras.
– Escucha lo que estás diciendo. Hablas de mí. Te ha embrujado. Te ha domado, comes en su mano, asesinó al vicario y salió limpia como una patena. Y tu estúpida lujuria te ha cegado hasta el extremo de no ver cómo te ha manipulado.
– Fue un accidente.
– Fue un asesinato, asesinato, asesinato; ella lo hizo y todo el mundo lo sabe. Nadie piensa que seas tan loco como para creer una sola palabra de lo que dice, pero todos sabemos por qué la crees, todos sabemos qué obtienes a cambio, incluso sabemos cuándo, de modo que, ¿por qué no crees que tal vez consiguió algo parecido de nuestro precioso vicario?
El vicario… El vicario… Colin lo notó todo al mismo tiempo: huesos, sangre y cólera. La tensión de sus músculos y la voz de su madre al gritar: «¡No, Ken, no!», cuando su mano se alzó con la palma abierta hasta la altura del hombro izquierdo e hizo ademán de pegar. Los pulmones henchidos, el corazón furioso, deseoso de contacto, dolor, venganza y…
Polly gritó y retrocedió, tambaleante. Su bota tropezó con la copa de jerez. Describió un arco y se rompió sobre el guardafuego. El jerez se derramó y siseó. El perro empezó a ladrar.
Colin siguió inmóvil, dispuesto a pegar. Polly, él, el pasado y el presente aullaban a su alrededor como el viento. Con el brazo levantado, las facciones deformadas en una imagen que había visto mil veces, pero jamás había sentido en su rostro, jamás había pensado sentir, jamás había soñado sentir. Porque no podía ser el hombre que se había jurado borrar de la existencia.
Los ladridos de Leo se convirtieron en aullidos, salvajes y atemorizados.
– ¡Calla! -gritó Colin.
Polly se encogió. Retrocedió otro paso. Su falda rozó las llamas. Colin la cogió del brazo para apartarla del fuego, pero ella se alejó. Leo se enderezó. Sus uñas rascaron el suelo. Aparte del fuego y la respiración entrecortada de Colin, era el único ruido que se oía en la casa.
Colin mantuvo la mano levantada a la altura del pecho. Contempló sus dedos temblorosos y la palma. Jamás había pegado a una mujer. Ni siquiera pensaba que fuera capaz de hacerlo. Su brazo cayó como un peso muerto.
– Polly.
– Tracé el círculo para ti. Y también para Annie.
– Polly, lo siento. No pienso con sensatez. No pienso en absoluto.
La joven empezó a abotonarse la chaqueta. Vio que sus manos temblaban más que las suyas, hizo ademán de ayudarla, pero se detuvo cuando ella gritó «¡No!», como si esperara un bofetón.
– Polly…
Percibió desesperación en su voz, pero ignoraba qué quería decir.
– Ella no te deja pensar -dijo Polly-, eso es lo que pasa, pero tú no lo ves, ¿verdad? Ni siquiera quieres verlo, pero cómo vas a enfrentarte a la realidad, cuando lo mismo que te impulsa a odiarme es lo que te impide ver la verdad sobre ella.
Sacó la bufanda, efectuó un tembloroso intento de doblarla en forma de triángulo y la pasó por encima de su cabeza para sujetar el cabello. Ató los extremos bajo la barbilla. Pasó a su lado sin dedicarle ni una mirada, y sus botas crujieron sobre el suelo. Se detuvo en la puerta y habló sin mirarle.
– Mientras tú estabas follando aquel día en el granero -dijo con voz muy clara-, yo estaba haciendo el amor.
– ¿En el sofá de la sala de estar? -preguntó con incredulidad Josie Wragg-. ¿Quieres decir aquí mismo? ¿Con tu papá y tu mamá en casa? -Se acercó cuanto pudo al espejo del lavabo y aplicó lápiz de ojos con mano inexperta. Se le metió un poco entre las pestañas. Parpadeó y apretó los ojos cuando entró en contacto con el globo ocular-. Aj. Pica. ¡Joder! Mira lo que hecho. -El ojo estaba ennegrecido a causa del maquillaje. Lo frotó con un pañuelo de papel y esparció la masa sobre la mejilla-. No puedo creer que lo hicieras.
Pam Rice se balanceó sobre el borde de la bañera y envió humo de cigarrillo al techo. Para ello, dejó que su cabeza se apoyara sobre el cuello, con un movimiento perezoso que, en opinión de Maggie, habría visto en alguna película norteamericana antigua. Bette Davis. Joan Crawford. Quizá Lauren Bacall.
– ¿Quieres ver la mancha? -preguntó Pam.
Josie frunció el ceño.
– ¿Qué mancha?
Pam tiró ceniza a la bañera y meneó la cabeza.
– Señor. No sabes nada de nada, ¿verdad, Josephine Mentirosilla?
– Ya lo creo.
– ¿De veras? Estupendo. Pues dime qué clase de mancha.
Josie meditó. Maggie pensaría que estaba intentando imaginar una respuesta razonable, aunque fingía estar concentrada en su ojo estropeado por el lápiz de ojos. No era nada comparado con el desastre que había perpetrado anoche con las uñas, después de comprar por correo un juego de uñas acrílico, cuando su madre se había negado a dejarla viajar a Blackpool para ponerse uñas artificiales en una peluquería. El resultado, del intento de Josie de alargar sus dedos, con el fin de «ponérsela tiesa a los hombres», como ella decía, parecía el hombre-elefante-de-los-dedos.