Estaban en el único cuarto de baño de la casa adosada de Pam Rice, situada frente a Crofters Inn. Mientras en el piso de abajo la mamá de Pam estaba en la cocina, justo debajo de sus pies, y servía a los gemelos una merienda consistente en huevos revueltos y judías sobre tostadas, acompañada por los alegres berridos de Edward y las carcajadas de Alan, miraban a Josie experimentar con su más reciente adquisición cosmética: media botella de lápiz de ojos comprada a una alumna de quinto que la había robado del tocador de su hermana.
– Ginebra -anunció por fin Josie-. Todo el mundo sabe que bebes. Hemos visto la botella.
Pam rió y volvió a repetir la rutina de exhalar humo hacia el techo. Tiró el cigarrillo al váter, donde siseó al hundirse. Siguió sentada en el borde de la bañera y se reclinó hacia atrás, en esta ocasión un poco más, para que sus pechos apuntaran al cielo. Aún llevaba el uniforme del colegio, al igual que sus amigas, pero se había quitado el jersey, desabotonado la blusa para dejar al descubierto la división de sus pechos, y subido las mangas. Pam poseía la habilidad de conseguir que una blusa de algodón blanca inanimada pidiera a gritos que la arrancaran de su cuerpo.
– Dios, estoy salida como una perra en celo -dijo-. Si Todd no quiere hacerlo esta noche, lo haré con cualquier otro tipo. -Giró la cabeza en dirección a la puerta, donde Maggie estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas-. ¿Cómo está nuestro Nickie? -preguntó, fría e indiferente.
Maggie dio vueltas al cigarrillo entre sus dedos. Había dado las seis bocanadas obligatorias (reteniéndolo en la boca, expulsándolo por la nariz, sin inhalarlo hasta los pulmones), y esperaba a que el resto se quemara solo, para poder reunirse con Pam en el lavabo.
– Bien -dijo.
– ¿Y grande? -preguntó Pam. Balanceó la cabeza para que su pelo se moviera como una cortina rubia-. Como un salchichón, según he oído. ¿Es verdad?
Maggie miró hacia el reflejo de Josie en el espejo, en una muda súplica de rescate.
– Bien, ¿sí o no? -dijo Josie, en dirección a Pam.
– ¿A qué te refieres?
– A la mancha. Ginebra, como he dicho.
– Semen -dijo Pam, con aspecto de sumo aburrimiento.
– Se ¿qué?
– Sale.
– ¿De dónde?
– Por Cristo resucitado, eres tonta del culo. Es eso.
– ¿Qué?
– ¡La mancha! Es de él, ¿vale? Gotea, ¿vale? Cuando se termina, ¿entendido?
Josie estudió su reflejo y realizó otro intento heroico con el lápiz de ojos.
– Ah, eso -dijo, mientras introducía el pincel en el frasco-. Tal como estabas hablando, supuse que era algo siniestro.
Pam cogió su bolso, que estaba tirado en el suelo. Sacó sus cigarrillos y encendió uno.
– Mamá se puso como una moto cuando la vio. Hasta la olió. ¿Te imaginas? Empezó con «tú, puta de mierda», siguió con «Eres una presa fácil para cualquiera de esos tíos», y terminó con «Ya no podré caminar con la cabeza alta por el pueblo nunca más. Ni tu padre». Le dije que, si tuviera mi propio dormitorio, no tendría que utilizar el sofá y no vería esas manchas. -Sonrió y se estiró-. Todd es como una fuente inagotable, debe de echar un cuarto de litro cada vez. -Dirigió una mirada de astucia a Maggie-. ¿Y Nick?
– Solo puedo decir que espero que tomes precauciones -se apresuró a intervenir Josie, siempre la amiga fiel de Maggie-. Porque si lo haces tantas veces como dices, y te… bueno, ya sabes, te satisface cada vez, vas a tener problemas, Pam Rice.
El cigarrillo de Pam se detuvo a mitad de camino de sus labios.
– ¿De qué estás hablando?
– Ya lo sabes. No actúes como si no.
– No lo sé, Josie. Explícamelo.
Dio una larga bocanada al cigarrillo, pero Maggie vio que lo hacía para disimular su sonrisa.
Josie mordió el cebo.
– Si tienes un… Ya sabes…
– ¿Orgasmo?
– Exacto.
– ¿Qué pasa?
– Ayuda a que esas cosas escurridizas se te metan dentro con más facilidad. Por eso, montones de mujeres no… Ya sabes…
– ¿Tienen orgasmos?
– Porque no quieren las cosas escurridizas. Ah, y no pueden relajarse, encima. Lo leí en un libro.
Pam lanzó un grito burlón. Se levantó de la bañera y abrió la ventana.
– Josephine Eugene, cerebro de mosquito -gritó al mundo, antes de estallar en carcajadas y resbalar por la pared hasta sentarse en el suelo. Dio otra calada a su cigarrillo, deteniéndose de vez en cuando para emitir risitas.
Maggie se alegró de que hubiera abierto la ventana. Cada vez era más difícil respirar. En parte, era a causa del exceso de humo en el pequeño cuarto. Y en parte, a causa de Nick. Quería decir algo para rescatar a Josie de las burlas de Pam, pero no sabía muy bien qué haría falta para impedir el ridículo sin, al mismo tiempo, revelar nada sobre ella.
– ¿Cuándo fue la última vez que leíste algo sobre eso? -preguntó Josie, en tanto tapaba el frasco y examinaba en el espejo los frutos de su labor.
– No necesito leer. Experimento -contestó Pam.
– La investigación es tan importante como la experiencia, Pam.
– ¿De veras? ¿Qué clase de investigación has llevado a cabo, exactamente?
– Sé cosas.
Josie se peinó el cabello. Era inútil; por más que hiciera, adoptaba el mismo estilo espantoso: flequillo tieso sobre la frente, erizado en el cuello. Nunca habría debido cortárselo ella misma.
– Sabes cosas gracias a los libros.
– Y la observación. Se llama experiencia directa.
– ¿Quién la proporciona?
– Mamá y el señor Wragg.
Aquella información pareció apaciguar las burlas de Pam. Se quitó los zapatos y dobló las piernas bajo el cuerpo. Tiró el cigarrillo al váter y no hizo ningún comentario cuando Maggie aprovechó la oportunidad para imitarla.
– ¿Qué? -preguntó, con los ojos iluminados-. ¿Cómo?
– Escucho detrás de la puerta cuando tienen relaciones. Él no para de decir: «Vamos, Dora, vamos, vamos, vamos, nena, vamos, cariño», y ella es silenciosa como un muerto. Por eso sé con certeza que él no es mi papá. -Al ver la expresión perpleja de Pam y Maggie, continuó-. No puede serlo, ¿verdad? Fijaos en las pruebas. Él nunca la ha… bueno, satisfecho. Yo soy su única hija. Nací seis meses después de que se casaran. Encontré una vieja carta de un tío llamado Paddy Lewis…
– ¿Dónde?
– En el cajón donde guarda las bragas. Y adiviné que lo había hecho con él. Y la había satisfecho. Antes de casarse con Wragg.
– ¿Cuánto tiempo antes?
– Dos años.
– ¿Qué eres tú, entonces? -preguntó Pam-. ¿El embarazo más largo del mundo?
– No he querido decir que lo hicieran una sola vez, Pam Rice, sino que lo hacían regularmente dos años antes de que ella se casara con el señor Wragg. Además, guardó la carta, ¿no? Aún debe quererle.
– Pero eres clavada a tu papá -observó Pam.
– Él no es…
– Vale, vale. Te pareces al señor Wragg.
– Pura coincidencia -dijo Josie-. Paddy Lewis también se parecerá al señor Wragg. Es lógico, ¿no? Ella debía buscar a alguien que le recordara a Paddy.
– Entonces, el papá de Maggie se parecerá al señor Shepherd -anunció Pam-. Todos los amantes de su madre se habrán parecido a él.
– Pam -dijo Josie en tono de reproche.
Era una cuestión de justicia. Una podía especular tanto como quisiera sobre sus propios padres, pero no era correcto hacer lo mismo con los demás. Claro que Pam nunca se preocupaba demasiado por lo que era correcto antes de abrir la boca.