Le gustaba el ejercicio, el aire puro, pasear por los páramos, se dijo Colin. Durante los dos meses que Sage había vivido en el pueblo, había visto bastantes veces al vicario, con sus botas Wellington incrustadas de barro y un bastón de paseo. Siempre efectuaba sus visitas a pie. Iba al ejido a pie para dar de comer a los patos. ¿Por qué iba a cambiar de costumbre en lo tocante a la casa de Juliet?
La distancia, el clima, la época del año, el intenso frío, la noche. Las respuestas cruzaron por la mente de Colin, mientras surgía el único dato que se obstinaba en desechar. Nunca había visto a Sage caminar de noche. Si el vicario iba de visita fuera del pueblo después de oscurecer, cogía el coche. Al menos, lo había hecho la única vez que visitó Skelshaw Farm, para conocer a los padres de Nick Ware, al igual que cuando se dirigía a las demás granjas.
Incluso había cogido el coche para cenar en la mansión de los Townley-Young poco después de su llegada a Winslough, antes de que St. John Andrew Townley-Young hubiera tomado buena nota de las inclinaciones humildes del vicario y le eliminara de su lista de amistades aceptables. ¿Por qué Sage había ido a casa de Juliet a pie?
La misma mariposa de alas mojadas le proporcionó la respuesta. Sage no quería que le vieran, del mismo modo que Colin no quería que le vieran ir a la casa la misma noche del día en que New Scotland Yard había llegado al pueblo. «Admítelo, admítelo…»
«No», pensó Colin. Era el maligno monstruo de los ojos verdes, que pretendía erosionar su confianza. Rendirse a él de cualquier forma significaría una muerte segura para el amor y la extinción de sus esperanzas para el futuro. Decidido a no pensar más en el asunto, apagó la linterna. Aunque había recorrido el sendero durante casi treinta años, tuvo que concentrarse en algo que no fuera Robin Sage para sortear una repentina depresión en la tierra y subir por la escalera de alguna cerca ocasional. Las estrellas le ayudaron. Brillaban en el cielo, una cúpula de cristales que centelleaban como faros en una masa de tierra distante, al otro lado del océano de la noche.
Leo le precedía. Colin no le veía, pero oía el crujido de la escarcha bajo sus patas, y el ruido que hizo al trepar a un muro y lanzar un alegre ladrido. Colin sonrió. Un momento después, el perro empezó a ladrar con entusiasmo.
– ¡No! -se oyó a continuación la voz de un hombre-. ¡Quieto! ¡Échate!
Colin encendió la linterna y aceleró el paso. Junto al muro siguiente, Leo saltaba hacia un hombre sentado en lo alto de la escalera. Colin enfocó su cara. El hombre entornó los ojos y gritó en respuesta. Era Brendan Power. El abogado llevaba una linterna, pero no la utilizaba. Estaba a su lado, con la luz apagada.
Colin ordenó al perro que se echara. Leo obedeció, no sin antes levantar una pata delantera y arañar rápidamente las toscas piedras del muro, como si saludara al hombre.
– Lo siento -dijo Colin-. Le habrá dado un buen susto.
Observó que el perro había interrumpido al hombre cuando se había detenido a fumar una pipa, lo cual explicaba por qué no había encendido la linterna. La pipa aún brillaba tenuemente, y lo que quedaba del tabaco quemado desprendía un olor a cerezas.
Tabaco de maricón, habría dicho el padre de Colin con un resoplido. Si vas a fumar, muchacho, al menos ten el sentido común de elegir algo que te haga oler como un hombre.
– Ya lo creo -dijo Power, y extendió la mano para que el perro olfateara sus dedos-. Salí a dar un paseo. Me gusta caminar, cuando puedo. Un poco de ejercicio después de estar sentado todo el día detrás de un escritorio. Me mantiene en forma, ya sabe.
Chupó la pipa, como si esperara que Colin respondiera algo similar.
– ¿Viene de la mansión?
– ¿La mansión?
Power rebuscó en la chaqueta y extrajo una bolsa. La abrió y hundió la pipa en su interior, para llenarla de tabaco nuevo, sin haber eliminado el quemado de la cazoleta. Colin le observó con curiosidad.
– Sí, la mansión. Exacto. Para echar un vistazo. El trabajo y todo eso. Becky se está poniendo nerviosa. Las cosas no han ido bien, pero usted ya lo sabrá.
– ¿No han surgido más problemas desde el fin de semana?
– No, nada, pero toda precaución es poca. A ella le gusta que vigile los progresos, y a mí no me importa caminar. Aire puro. Brisa. Es bueno para los pulmones.
Respiró hondo como para subrayar su frase. Después, intentó encender la pipa, con escaso éxito. El tabaco prendió, pero la cazoleta repleta impidió que el aire pasara por el cañón. Se rindió después de dos intentos y volvió a guardar la pipa, la bolsa y las cerillas en la chaqueta. Saltó del muro.
– Becky se estará preguntando adonde he ido, supongo. Buenas noches, agente.
Dio media vuelta para marcharse.
– Señor Power.
El hombre se detuvo con brusquedad. Se apartó de la luz que Colin enfocaba en su dirección.
– ¿Si?
Colin cogió la linterna que descansaba sobre el muro.
– Se olvida esto.
Power mostró los dientes en una parodia de sonrisa. Emitió una breve carcajada.
– El aire fresco me habrá afectado la cabeza. Gracias.
Cuando extendió la mano hacia la linterna, Colin la retuvo un momento más de lo absolutamente necesario.
– ¿Sabe que el señor Sage murió en este mismo lugar, justo al otro lado de la escalera? -dijo, a modo de prueba, y porque New Scotland Yard no tardaría en repasar todos los cabos sueltos.
Dio la impresión de que la manzana de Adán de Power se movía a lo largo de todo su cuello.
– Creo… -empezó.
– Hizo lo posible por saltar, pero sufría convulsiones. ¿Lo sabía? Se golpeó la cabeza con el peldaño inferior.
Power desvió la vista al instante hacia el muro.
– Lo ignoraba. Solo sabía que le encontraron… que usted le encontró en algún punto del sendero.
– Usted le vio la mañana anterior a su muerte, ¿verdad? Usted y la señorita Townley-Young.
– Sí, pero usted ya lo sabe, de modo…
– Anoche, usted estaba en la pista con Polly, ¿verdad? Frente al pabellón.
Power no contestó enseguida. Miró a Colin con cierta curiosidad y cuando contestó, lo hizo con parsimonia, como intrigado por la pregunta. Al fin y al cabo, era abogado.
– Me dirigía a la mansión. Polly volvía a casa. Paseamos juntos. ¿Hay algún problema?
– ¿Y el pub?
– ¿El pub?
– Crofters. Ha estado con ella allí. Bebiendo por las noches.
– Una o dos veces, al salir a dar un paseo. Cuando pasé por el pub camino de casa, encontré a Polly. Me senté con ella. -Se pasó la linterna de una mano a otra-. ¿Y qué?
– Usted conoció a Polly antes de casarse. La conoció en la vicaría. ¿Le trató bien?
– ¿Qué quiere decir?
– ¿Le fue detrás? ¿Le pidió algún favor?
– No. Por supuesto que no. ¿Adonde quiere ir a parar?
– Usted tiene acceso a las llaves de la mansión, ¿no es cierto? Y también a las de la casa de la vigilante, ¿no? ¿Se las pidió prestadas alguna vez? ¿Le ofreció algo a cambio del favor?
– Eso es un disparate. ¿Qué cono intenta insinuar? ¿Qué Polly…? -Antes de terminar la frase, Power miró en dirección a Cotes Fell-. ¿A qué viene todo esto? Pensaba que estaba muerto y enterrado.
– No. Scotland Yard ha venido de visita.
Power volvió la cabeza y le miró fijamente.
– Y usted pretende encaminarles en la dirección equivocada.
– Pretendo descubrir la verdad.
– Pensaba que ya lo había hecho. Pensaba haberlo oído en la encuesta. -Power extrajo la pipa de la chaqueta. Golpeó la cazoleta contra el tacón del zapato y tiró el tabaco, sin dejar de mirar a Colin-. ¿Pisa arenas movedizas, agente Shepherd? Bien, permítame una sugerencia. No intente colgarle el muerto a Polly Yarkin.
Se alejó sin una palabra más. Se detuvo a unos veinte metros para volver a cargar y encender la pipa. La cerilla brilló, y a juzgar por el resplandor que siguió, el tabaco prendió esta vez.