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– ¿Y tú?

– ¿Qué?

– ¿No me quieres?

Juliet cerró los ojos.

– ¿Quererte? Menuda broma para con los dos. Claro que te quiero, y mira los problemas que me está causando con Maggie.

– Maggie no puede dirigir tu vida.

– Maggie es mi vida. ¿No lo entiendes? No es algo que tenga relación con nosotros, Colin. No tiene relación con nuestro futuro, porque no tenemos futuro, pero Maggie sí. No permitiré que la destruya.

Colin solo oyó parte de sus palabras.

– No tenemos futuro -repitió, para asegurarse de que había comprendido.

– Lo has sabido desde el primer momento, pero no has querido admitirlo.

– ¿Por qué?

– Porque el amor nos ciega al mundo real. Nos hace sentir tan completos, tan integrados en la pareja, que no podemos ver su capacidad de destrucción.

– No me refería a por qué no he querido admitirlo, sino a por qué no tenemos futuro.

– Porque, aunque yo no fuera demasiado vieja, aunque quisiera darte hijos, aunque Maggie pudiera soportar la idea de nuestro matrimonio…

– No lo sabes.

– Deja que acabe, por favor. Por una vez. Escúchame. -Esperó un momento, tal vez para controlarse. Extendió las manos enlazadas hacia él, como si le tendiera información-. Maté a un hombre, Colin. Ya no puedo quedarme en Winslough. No permitiré que abandones el lugar que amas.

– La policía de Londres ha llegado ya -fue la respuesta de Colin.

Juliet dejó caer las manos a los costados. Su rostro cambió, como si se hubiera puesto una máscara. El percibió la distancia que creaba entre ellos. Juliet era invulnerable e inalcanzable, segura en su armadura. Cuando habló, lo hizo con voz serena.

– De Londres. ¿Qué quieren?

– Averiguar quién mató a Robin Sage.

– Pero ¿quién…? ¿Cómo…?

– Da igual quién les telefoneara, o por qué. Lo único importante es que están aquí. Buscan la verdad.

Juliet levantó unos milímetros la barbilla.

– Entonces, se lo diré. Esta vez, sí.

– No te presentes como culpable. No es necesario.

– Aquella vez dije lo que tú quisiste que dijera. No volveré a hacerlo.

– No me escuchas, Juliet. La autoinmolación no es necesaria. No eres más culpable que yo.

– Yo… maté… a… ese… hombre.

– Le diste chirivía silvestre.

– Lo que yo suponía que era chirivía silvestre. Que yo misma arranqué.

– No lo sabes con certeza.

– Claro que lo sé con certeza. Cada día la arranco.

– ¿Toda?

– ¿Toda? ¿Qué quieres decir?

– Juliet, ¿cogiste chirivía de la bodega aquella noche? ¿Fue la que cocinaste?

Juliet retrocedió un paso, como si deseara distanciarse de lo que implicaban sus palabras. Se hundió más en las sombras.

– Sí.

– ¿No entiendes a qué me refiero?

– No significa nada. Solo quedaban dos raíces cuando inspeccioné el sótano aquella mañana. Por eso fui a buscar más. Yo…

Colin oyó que tragaba saliva cuando comprendió. Se acercó a ella.

– Ya lo entiendes, ¿verdad?

– Colin…

– Te has echado la culpa sin motivo.

– No, no es verdad. No lo hice. No puedes creer eso. No debes.

Colin acarició con el pulgar su mejilla, recorrió con los dedos la curva de su mentón. Dios, era como una infusión de vida.

– No lo entiendes, ¿verdad? Es la bondad que hay en ti. Ni siquiera quieres comprenderlo.

– ¿Qué?

– No era para Robin Sage. Juliet, ¿cómo puedes ser responsable de la muerte del vicario, si tú eras quien debía morir?

La mujer abrió los ojos de par en par. Intentó hablar. Colin enmudeció sus palabras, y el miedo agazapado tras ellas, con un beso.

Apenas habían salido del comedor, en dirección al salón de los huéspedes, cuando el anciano les abordó en el pub. Dedicó a Deborah una mirada superficial que tomó nota de todo, desde el cabello -siempre en alguna fase intermedia entre desordenado al azar y absolutamente desgreñado- hasta las manchas provocadas por la edad en sus zapatos de gamuza gris. Después, desvió su atención hacia St. James y Lynley, a los que inspeccionó con la atención que se suele dedicar al cálculo de la posible maldad de un individuo.

– ¿Scotland Yard? -preguntó.

El tono era perentorio. Consiguió sugerir que solo una respuesta directa y obsequiosa serviría. Al mismo tiempo, implicaba: «Conozco a los de su clase», «Retroceda dos pasos» y «Peínese como un hombre». Era una voz propia de señor feudal, la misma que Lynley había intentado disimular durante años, lo cual garantizaba que le ponía los pelos de punta escucharla. Y así sucedió.

– Voy a tomar un coñac -dijo St. James en voz baja-. ¿Y tú, Deborah? ¿Tommy?

– Sí, gracias.

Lynley dejó que su mirada siguiera a St. James y Deborah hacia la barra.

Daba la impresión de que el pub estaba ocupado por sus clientes habituales, ninguno de los cuales aparentaba prestar mucha atención al anciano que se erguía ante Lynley, a la espera de una respuesta. Al mismo tiempo, todo el mundo parecía estar pendiente de él. El esfuerzo por ignorar su presencia era demasiado estudiado, y los ojos se desviaban hacia él con la misma rapidez que se apartaban.

Lynley le examinó. Era alto y delgado, de cabello gris ralo y tez clara, rubicunda en las mejillas por la exposición a la intemperie. Sin embargo, debía ser producto de la caza y la pesca, porque nada en aquel hombre sugería que el tiempo pasado expuesto a los elementos fuera otra cosa que una entrega al ocio. Las prendas de tweed eran de calidad, le habían hecho la manicura en las manos y proyectaba seguridad. A juzgar por la expresión de desagrado que lanzó en dirección a Ben Wragg, quien estaba dando palmadas sobre la barra y reía de un chiste que acababa de contar a St. James, estaba claro que ir a Crofters Inn constituía para él una especie de descenso a los infiernos.

– Escuche -dijo el hombre-, le he hecho una pregunta. Quiero una respuesta. ¿Está claro? ¿Cuál de ustedes es del Yard?

Lynley aceptó el coñac que St. James le tendió.

– Yo -respondió-. Inspector detective Thomas Lynley. Algo me dice que usted es Townley-Young.

Se detestó en cuanto lo dijo. El hombre carecía de pistas para deducir algo sobre él o sus antecedentes a partir del simple examen de sus ropas, porque no se había tomado la molestia de vestirse para cenar. Llevaba un jersey de color vino tinto sobre la camisa a rayas, pantalón gris de lana y zapatos que todavía conservaban una delgada línea de barro a lo largo de la costura. Por lo tanto, hasta que Lynley habló, hasta que tomó la decisión de emplear la Voz, cuyas inflexiones gritaban escuela privada, sangre azul, heredero de una serie de títulos engorrosos e inútiles, Townley-Young no supo a quién dirigía sus preguntas. De hecho, aún lo ignoraba. Nadie susurró «octavo conde de Asherton» en su oído. Nadie recitó la lista de las posesiones que le correspondían por fortuna, clase y cuna: la casa de Londres, la propiedad de Cornualles, el escaño en la Cámara de los Lores, si deseaba ocuparlo, cosa a la que se negaba en rotundo.

Lynley aprovechó el silencio desconcertado de Townley-Young para presentar a St. James. Después, bebió un poco de coñac y observó al anciano por encima del borde de la copa.

El hombre estaba imprimiendo un leve cambio a su actitud. Las fosas nasales se dilataron y la espalda perdió un poco de rigidez. Era evidente que deseaba formular media docena de preguntas absolutamente verboten, dada la situación, y trataba de aparentar que, desde el primer momento, había sabido que Lynley pertenecía a un estrato social superior incluso al suyo.