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– No tengo miedo de mi suegro -anunció-. A pesar de lo que todo el mundo piensa, soy muy capaz de plantarle cara. Soy capaz de muchas cosas más de lo que suponen estos patanes.

Pensó en añadir un «si supieran» que diera un aire de credibilidad a su afirmación, pero Polly Yarkin no era idiota. Preguntaría y sondearía, y él acabaría revelando lo que más deseaba ocultar.

– Tengo derecho a estar aquí -dijo-. Tengo derecho a sentarme donde me plazca. Tengo derecho a hablar con quien me da la gana.

– Actúas como un tonto.

– Además, he venido para hablar de un asunto serio.

Bebió más ginebra. Entró como la seda. Sopesó la posibilidad de acercarse a la barra en busca de un segundo vaso. Lo terminaría y tal vez tomaría un tercero, y propinaría una paliza a cualquiera que quisiera impedírselo.

Polly jugueteaba con una pila de posavasos, y se concentraba en ellos como si de aquella manera pudiera continuar haciendo caso omiso de su presencia. Brendan quería que le mirara. Deseaba que tocara su brazo. Ahora, era importante en su vida, y ella ni siquiera lo sabía, pero pronto se enteraría. Él se lo explicaría.

– Estuve en Cotes Hall -dijo.

Ella no contestó.

– Volví por el sendero peatonal.

La joven se removió en el taburete, como si fuera a marcharse. Alzó una mano y hundió los dedos en su nuca.

– Vi al agente Shepherd.

Los dedos se inmovilizaron. Dio la impresión de que sus párpados temblaban, como si quisiera mirarle, pero ni siquiera pudiera permitirse aquel contacto.

– ¿Y qué? -dijo.

– Será mejor que vigiles en qué te metes, ¿vale?

Contacto por fin. Le miró a los ojos, pero no leyó curiosidad en su rostro, ni la necesidad de obtener información o aclaraciones. Un lento y feo rubor ascendió poco a poco por su cuello y pintó senderos purpúreos sobre su piel.

Brendan estaba desconcertado. En teoría, ella debería preguntar qué significaba su frase, lo cual conduciría a una petición de consejo, que él estaba muy dispuesto a dar, lo cual conduciría a la gratitud de Polly. La gratitud la impulsaría a ofrecerle un lugar en su vida, lo cual tendría que conducirla al amor. Y si no fuera amor lo que ella terminara sintiendo, con el deseo bastaría. Para él sería suficiente.

Solo que su frase no había despertado la curiosidad necesaria para derribar las barreras que ella había alzado contra él en cuanto se conocieron. Parecía furiosa.

– No he hecho nada contra ella, ni contra nadie -siseó-. No sé nada de ella, ¿vale?

Brendan retrocedió. Polly se inclinó hacia delante.

– ¿De ella? -repitió, confuso.

– Nada, y si una charla con el agente Shepherd en el sendero te hace pensar que el señor Sage me dijo algo que pudiera utilizar para…

– Matarle -terminó Brendan.

– ¿Qué?

– El cree que eres la responsable de la muerte del vicario. Está buscando pruebas.

Polly volvió a sentarse sobre el taburete. Abrió y cerró la boca, volvió a abrirla.

– Pruebas -dijo.

– Sí, de modo que vigila en qué te metes. Y si te interroga, Polly, telefonéame enseguida. Tienes el número de mi despacho, ¿verdad? No hables con él a solas. No le veas a solas. ¿Lo has comprendido?

– Pruebas.

Lo dijo como si quisiera convencerse, como si intentara calibrar la palabra. La amenaza que encerraba no parecía impresionarla.

– Polly, contéstame. ¿Lo has comprendido? El agente está buscando pruebas para demostrar que eres responsable de la muerte del vicario. Se dirigía hacia Cotes Hall cuando le vi.

Ella le miró como si no le viera.

– Pero Col solo estaba enfadado -dijo-. No lo dijo en serio. Le presioné demasiado, lo hago a veces, y dijo algo que no quería decir. Yo lo supe, y él también.

En lo que a Brendan concernía, estaba hablando en chino. Se había ido por las nubes. Necesitaba que bajara a tierra y, sobre todo, de vuelta a él. Cogió su mano. Ella no la retiró, con la mirada todavía extraviada. Brendan enlazó los dedos con los suyos.

– Polly, has de escucharme.

– No, no es nada. No hablaba en serio.

– Me preguntó sobre unas llaves. Si yo te había dado un juego de llaves, si tú me las habías pedido.

Ella frunció el ceño, sin hablar.

– Yo no le contesté, Polly. Le dije que aquellas preguntas no conducían a ningún sitio. También le envié a tomar por el culo, de manera que si va a verte…

– No puede pensar eso. -Habló en voz tan baja que Brendan tuvo que inclinarse para oírla mejor-. El me conoce. Me conoce, Brendan.

Apretó la mano alrededor de la suya y la apoyó sobre su pecho. Brendan estaba sorprendido, complacido y más que ansioso por ayudarla.

– ¿Cómo puede pensar que yo…? Pese a… ¡Brendan! -Soltó su mano y retiró el taburete hacia el rincón-. Ahora, será peor.

Justo cuando Brendan iba a interrogarla para averiguar qué podía ser peor, si ella empezaba a aceptarle, una pesada mano cayó sobre su hombro.

Brendan levantó la vista y vio la cara de su suegro.

– Por todos los fuegos del infierno -dijo St. John Andrew Townley-Young-. Sal de aquí antes de que te haga pedazos, gusano miserable.

Lynley cerró la puerta de su habitación y se apoyó contra ella, con los ojos clavados en el teléfono contiguo a la cama. Encima, en la pared, los Wragg continuaban exhibiendo su relación amorosa con los impresionistas y postimpresionistas: el tierno Madame Monet e hija, de Monet, constituía un curioso acompañante del En el Moulin Rouge, de Toulouse-Lautrec, ambos montados y enmarcados con más entusiasmo que cuidado. El segundo cuadro colgaba en un ángulo sugerente de que todo Montmartre había sufrido un terremoto mientras el artista inmortalizaba su club nocturno más famoso. Lynley enderezó el Toulouse-Lautrec. Eliminó una telaraña que parecía colgar del cabello de madame Monet, pero ni la contemplación de las reproducciones, ni unos cuantos minutos de reflexión sobre su extravagante emparejamiento, fueron suficientes para impedir que cogiera el teléfono y marcara su número.

Sacó el reloj del bolsillo. Pasaban unos segundos de las nueve. Aún no se habría acostado. Ni siquiera podía utilizar la hora como excusa para no llamar.

Excepto la cobardía, que le asaltaba siempre en todo lo tocante a Helen. ¿De veras quiero amor, y si es así, cuándo lo quiero?, se preguntó con ironía. ¿No serían menos dificultosos y más convenientes una docena de amoríos que este? Suspiró. El amor era una monstruosidad; no era tan sencillo como el viejo uno-dos, uno-dos.

Desde el principio, el sexo no les había planteado problemas. El la había acompañado a casa en coche desde Cambridge, un viernes de noviembre. No se habían movido del piso de Helen hasta el domingo por la mañana. Ni siquiera habían comido hasta el sábado por la noche. Si cerraba los ojos, incluso ahora, seguía viendo su cara, el cabello que la enmarcaba, de un color no muy diferente al coñac que acababa de beber, sentirla moverse contra él, sentir el calor bajo las palmas de las manos mientras descendían desde sus pechos a la cintura, y luego hasta los muslos, oír su respiración contenida, que cambiaba por completo cuando alcanzaba el orgasmo y gritaba su nombre. Había posado los dedos entre sus pechos y sentido los latidos de su corazón. Ella rió, algo turbada por la facilidad con que todo ocurría entre ellos.

Ella era todo cuanto deseaba. Juntos, era lo que él deseaba. Sin embargo, la vida nunca adoptaba una definición permanente a partir de las horas que pasaban en la cama.

Porque se podía amar a una mujer, hacerle el amor, obtener de ella un placer equitativo y, con considerable destreza y obstinación, evitar que el núcleo de su ser más íntimo fuera afectado. Puesto que, cuando las últimas barreras saltaban, nadie volvió a ser el mismo. Ambos lo sabían, porque los dos habían cruzado todas las barreras concebibles en anteriores ocasiones con otras personas.