¿Cómo aprendemos a confiar?, se preguntó. ¿Cómo reunimos el valor suficiente para exponer el corazón una segunda o tercera vez, con el riesgo de que se parta de nuevo? Helen no quería hacerlo, y no la culpaba. No siempre estaba seguro de que era capaz de arrostrar aquel peligro.
Pensó con desazón en su comportamiento de aquel día. Aprovechó la primera oportunidad para salir pitando de Londres. Conocía sus motivos lo bastante bien para admitir que, en parte, se había aferrado a la perspectiva de alejarse de Helen, que al mismo tiempo le brindaba la oportunidad de castigarla. Sus dudas y temores le exasperaban, quizá porque reflejaban los suyos.
Se sentó en el borde de la cama, agotado, y escuchó el continuo goteo del agua que caía del grifo de la bañera. Como todos los ruidos nocturnos, se imponía como nunca lo lograría de día, y comprendió que si no hacía algo por frenarlo, se revolvería en la cama y forcejearía con la almohada en cuanto apagara la luz e intentara dormir. Decidió que, probablemente, necesitaba un filtro, si los grifos de bañera tenían filtros como los de los lavabos. Ben Wragg podría proporcionarle uno, sin duda. Bastaba con levantar el teléfono y pedir. ¿Cuánto se tardaría en reparar el grifo? ¿Cinco minutos, cuatro? Entretanto, podría meditar, aprovechar el rato para mantener las manos ocupadas en un trabajo grotesco, mientras su mente quedaba en libertad para tomar una decisión respecto a Helen. Al fin y al cabo, no podía telefonearla sin saber cuál era su objetivo. Cinco minutos le impedirían llegar a una conclusión precipitada y correr el riesgo de exponerse, aparte de exponer a Helen, mucho más sensible que él, a… Hizo una pausa en el coloquio mental que sostenía con él mismo. ¿A qué? ¿A qué? ¿Al amor? ¿Al compromiso? ¿A la sinceridad? ¿A la verdad? Solo Dios sabía cómo sobrevivirían al desafío.
Dedicó una burlona carcajada a su capacidad de autoengaño y extendió la mano hacia el teléfono, justo cuando empezaba a sonar.
– Denton me dijo dónde podía localizarte -fue lo primero que ella dijo.
– Helen -fue lo primero que él dijo-. Hola, querida. Estaba a punto de llamarte.
Comprendió al instante que ella tal vez no le creería, y que no podía culparla en ese caso.
– Me alegro -contestó Helen.
Y después, forcejearon con el silencio. Se puso a imaginar dónde podría estar: en su dormitorio del piso de Onslow Square, en la cama, con las piernas dobladas bajo el cuerpo y el cubrecama marfil y amarillo que contrastaba con su cabello y ojos. Imaginó cómo sostendría el teléfono, con las dos manos, acunándolo, como para protegerlo, protegerse ella, o a la conversación que estaban sosteniendo. Adivinó las joyas que llevaría, los pendientes que ya se habría quitado y colocado sobre la mesa de nogal contigua a la cama, y un delgado brazalete de oro que todavía rodearía su muñeca, una cadena a juego en el cuello que sus dedos acariciarían como un talismán cuando abandonaran un momento el teléfono para dirigirse hacia su garganta. Y en el hueco de la garganta, su perfume, a medio camino entre flores y cítricos.
Ambos hablaron a la vez.
– No debí…
– Me he sentido…
… y después estallaron en las carcajadas nerviosas que apuntalan las conversaciones entre amantes temerosos de perder lo que acaban de encontrar. Por eso, en aquel mismo instante, Lynley desechó todos los planes que acababa de pensar antes de que ella telefoneara.
– Te quiero, cariño -dijo-. Lamento todo esto.
– ¿Huiste?
– Esta vez, sí. En cierto modo.
– No puedo enfadarme por eso, ¿verdad? Lo he hecho muy a menudo.
Otro silencio. Llevaría una blusa de seda, pantalones de lana, o una falda. La chaqueta habría quedado olvidada al pie de la cama. Sus zapatos estarían cerca, en el suelo. La luz estaría encendida, y arrojaría su resplandor triangular invertido sobre las flores y franjas del papel pintado, al tiempo que acariciaría su piel a través de la pantalla.
– Pero nunca has huido para herirme -dijo Lynley.
– ¿Por eso te has ido? ¿Para herirme?
– En cierto modo, y ya sé que me repito. No me siento orgulloso.
Cogió el cable del teléfono y lo retorció entre sus dedos, deseoso de palpar algo sustancial, puesto que se encontraba a más de trescientos kilómetros al norte y no podía tocarla.
– Helen, acerca de esa maldita corbata…
– Esa no era la cuestión, y ya lo sabías en aquel momento. No quise admitirlo. Fue una simple excusa.
– ¿Por?
– Miedo.
– ¿De qué?
– De seguir adelante, supongo. De amarte más de lo que te amo ahora. De darte excesiva importancia en mi vida.
– Helen…
– Podría perderme fácilmente en mi amor por ti. El problema es que no sé si quiero.
– ¿Cómo puede ser malo eso? ¿Cómo puede ser un error?
– Ni una cosa ni otra, pero a la larga, el amor provoca dolor. Es necesario. Lo único que no se sabe es cuándo. Es lo que he intentado averiguar: si deseo ese dolor y en qué proporción. A veces… -Vaciló. Lynley imaginó sus dedos apoyados sobre la clavícula, un gesto de protección, antes de proseguir-. Es lo más cercano al dolor que jamás había experimentado. ¿No es una locura? Lo temo. Supongo que tengo miedo de ti.
– Has de confiar en mí, Helen, en algún momento, si queremos continuar.
– Lo sé.
– No te causaré dolor.
– A propósito, no. Lo sé muy bien.
– ¿Entonces?
– ¿Y si te pierdo, Tommy?
– No ocurrirá. ¿Cómo? ¿Por qué?
– De mil maneras diferentes.
– Por culpa de mi trabajo.
– Por culpa de tu modo de ser.
Experimentó la sensación de perderlo todo, en especial a ella.
– Volvemos a la corbata -dijo.
– ¿Otras mujeres? Sí, en parte, pero me refiero más al día a día, al oficio de vivir, a la forma en que la gente se erosiona mutuamente poco a poco. Eso, no lo quiero. No quiero despertarme una mañana y descubrir que he dejado de quererte hace cinco años. No quiero levantar la vista del plato una noche, ver que me estás mirando y leer en tu cara lo mismo.
– Ese es el peligro, Helen. Todo se reduce a un acto de fe, aunque solo Dios sabe qué nos espera si ni siquiera conseguimos marcharnos juntos a Corfú una semana.
– Lo lamento. Y también por mí. Esta mañana, me sentía atrapada.
– Bien, ya estás libre.
– Pero no quiero estarlo. Libre de eso. Libre de ti. No lo quiero, Tommy.
Suspiró. Lynley quiso creer que se trataba de un sollozo, solo que Helen solo había sollozado una vez en su vida, que él supiera -cuando era una muchacha de veintiún años y su mundo había quedado reducido a trizas por un coche que él mismo conducía-, y abrigaba serias dudas de que empezara a sollozar de nuevo por él.
– Ojalá estuvieras aquí -dijo Helen.
– Lo mismo pienso yo.
– ¿Volverás mañana?
– No puedo. ¿Denton no te lo dijo? Estoy metido en un caso, más o menos.
– Entonces, no querrás que me reúna contigo, no sea que te estorbe.
– No me estorbarías, pero no funcionaría.
– ¿Funcionará algo, algún día?
Esa era la cuestión. La auténtica cuestión. Bajó la vista hacia el suelo, el barro de sus zapatos, la alfombra floreada, sus dibujos.
– No lo sé -contestó-. Y eso es lo jodido. Puedo pedirte que te arriesgues a saltar al vacío, pero no puedo garantizar lo que encontraremos en el fondo.
– Nadie puede.
– Nadie que sea sincero. Punto final. No podemos predecir el futuro. Solo nos resta utilizar el presente para guiarnos con esperanza en su dirección.
– ¿Te lo crees, Tommy?
– Con todo mi corazón.
– Te quiero.
– Lo sé. Por eso lo creo.
12
Maggie tuvo suerte. Nick salió del pub solo. Así lo esperaba, puesto que había visto su bicicleta apoyada contra las puertas blancas que daban acceso al aparcamiento de Crofters Inn. No costaba reconocerla, una extraña bicicleta de chica de grandes neumáticos hinchados, el tesoro en otro tiempo de su hermana mayor, pero que Nick se había apropiado desde su matrimonio, indiferente al aspecto extravagante que exhibía cuando pedaleaba por el pueblo hacia Skelshaw Farm, con la vieja chaqueta de aviador aleteando alrededor de su cintura y el radiocasete colgado de un manillar. Por lo general, algo de Depeche Mode surgía de los altavoces. A Nick le gustaban mucho.