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– Entonces, así será.

– ¿De veras?

– De veras. Eres mi número uno, Mag. La única. No te preocupes por tu mamá.

Maggie deslizó la mano desde su rodilla hasta el muslo.

– Frío -dijo, y se apretujó más contra él-. ¿Tienes frío, Nick?

– Un poco, sí.

– Puedo calentarte.

Intuyó su sonrisa.

– Apuesto a que sí.

– ¿Quieres?

– No me negaré.

– Puedo. Y me gusta.

Lo hizo como él le había enseñado, y su mano realizó la lenta y sinuosa fricción. Notó que Aquello se empezaba a poner duro en respuesta.

– ¿Te sientes bien, Nick?

– Ummm.

Lo recorrió con el canto de la mano, desde la base a la punta. Después, sus dedos desandaron el camino lentamente. Nick emitió un suspiro entrecortado. Se agitó.

– ¿Qué?

Nick introdujo la mano en el bolsillo. Sus manos temblaban.

– Uno de los coleguis me dio esto -dijo-. No podemos seguir haciéndolo sin un Durex, Maggie. Es una tontería. Demasiado arriesgado.

Ella le besó la mejilla y el cuello. Hundió los dedos entre sus piernas, donde recordaba que era más sensible. Nick lanzó un gemido.

Se tendió sobre el catre.

– Esta vez, hemos de usar el Durex -dijo.

Ella le bajó la cremallera de los tejanos, le bajó los pantalones. Se quitó las mallas, se acostó a su lado y levantó la falda.

– Mag, hemos de usar…

– Aún no, Nick. Dentro de un minuto. ¿Vale?

Pasó una pierna por encima de la suya. Empezó a besarle. Empezó a acariciar acariciar acariciar Aquello sin utilizar en ningún momento las manos.

– ¿Te gusta? -susurró.

Nick tenía la cabeza echada hacia atrás, y los ojos cerrados. Su respuesta fue un gemido.

Descubrió que un minuto era más que suficiente.

St. James estaba sentado en la única butaca del dormitorio. Aparte de la cama, era el mueble más cómodo que había encontrado en Crofters Inn. Se ciñó la bata para protegerse del persistente frío que se filtraba por el cristal de las dos claraboyas del dormitorio y se acomodó.

Tras la puerta cerrada del cuarto de baño, oyó que Deborah chapoteaba en la bañera. Solía tararear o cantar mientras se bañaba, y por algún motivo siempre escogía temas de Cole Porter o de los hermanos Gershwin, interpretándolos con un entusiasmo digno de una Edith Piaf desconocida y el talento de un buhonero. No habría podido coger el tono de una canción ni aunque el coro del King's College la ayudara. Aquella noche, sin embargo, se bañaba en silencio.

Por lo general, St. James habría agradecido cualquier intermedio prolongado entre Anything Goes y Summertime, sobre todo si trataba de leer en el dormitorio mientras ella rendía tributo a los viejos musicales norteamericanos en el baño contiguo, pero aquella noche habría preferido escuchar sus alegres desatinos antes que su silencioso baño, y enfrentarse al dilema de interrumpirla o no.

Aparte de una breve escaramuza después del té, habían declarado y mantenido una tregua no verbalizada tras regresar por la mañana de su prolongada excursión por los páramos. Había resultado bastante fácil, teniendo en cuenta la muerte del señor Sage y la llegada prevista para más tarde de Lynley. Sin embargo, ahora que Lynley estaba con ellos, y la maquinaria de la investigación aceitada y dispuesta, St. James descubría que sus pensamientos volvían a centrarse en la fragilidad de su matrimonio y en su contribución a la situación.

Mientras Deborah era toda pasión, él era todo razón. Le gustaba creer que esta diferencia básica en sus formas de ser constituía la base de hielo y fuego sobre la que descansaba su matrimonio, pero se habían adentrado en un terreno en que su capacidad de razonamiento no solo no era una ventaja, sino la chispa que encendía la negativa de Deborah a abordar el conflicto de otra forma que no fuera con obstinación. Las palabras «sobre ese asunto de la adopción, Deborah» bastaban para que alzara todas sus defensas contra él. Pasaba de la ira a las acusaciones, y después a las lágrimas, a una velocidad tan mareante que él no sabía cómo hacerle frente. Por eso, cuando las discusiones concluían con la salida brusca de Deborah de la habitación, la casa, o como aquella mañana, del hotel, su reacción más frecuente era exhalar un suspiro de alivio, en lugar de preguntarse qué podía hacer para abordar el problema desde otro ángulo. Lo intenté, pensaba, cuando la realidad era que no se había esforzado demasiado.

Se masajeó los músculos tensos de la base del cuello. Siempre eran el primer indicador de la tensión que se negaba a reconocer. Se removió en la butaca. La bata se abrió en parte con el movimiento. El aire frío trepó por la pierna derecha sana y desvió su atención hacia la izquierda, en la cual, como siempre, no sentía nada. La observó con desinterés, una actividad en la que se había enfrascado muy pocas veces durante los últimos años, pero que había repetido día tras día, de una manera obsesiva, en los años previos a su matrimonio.

El objetivo siempre era el mismo: inspeccionar el grado de atrofia de los músculos, con la intención de detener la desintegración que solía ser, a la larga, la secuela de la parálisis. Al cabo del tiempo, y gracias a meses de dolorosa rehabilitación, había recuperado el uso del brazo izquierdo, pero la pierna se había resistido a todos sus esfuerzos, al igual que un soldado incapaz de curar sus heridas psíquicas de guerra, como si fueran la prueba de que había entrado en combate.

– Muchos aspectos del funcionamiento del cerebro constituyen todavía un misterio -habían dicho los médicos, como somera explicación de por qué recuperaría el uso del brazo, pero no de la pierna-. Cuando la cabeza sufre una lesión tan grave como la suya, hay que ser muy cauto a la hora de pronosticar una recuperación total.

Era su forma de iniciar la lista de quizás. Quizá recuperaría el uso completo con el tiempo. Quizá un día caminaría sin muletas. Quizá despertaría una mañana y recuperaría la sensibilidad, flexionaría los músculos, movería los dedos de los pies y doblaría la rodilla. Pero al cabo de doce años, era improbable. Por lo tanto, se aferraba a lo que había quedado después de cuatro años de obstinado engaño: la apariencia de normalidad. Mientras lograra impedir que la atrofia acabara de destruir sus músculos, se consideraría satisfecho y desecharía el sueño.

Había detenido la desintegración con corrientes eléctricas. Jamás negaba que se había tratado de un acto de vanidad, y se decía que no era un pecado querer conservar el aspecto de un espécimen perfecto, aunque ya no lo fuera.

Aun así, odiaba su cojera, y pese al número de años que convivía con ella, en ocasiones le sudaban las palmas cuando era objeto de la curiosidad de un extraño. «Diferente», decía su mirada, «no es como nosotros». Y si bien era diferente de la manera limitada dictada por su lesión y no podía negarlo, en presencia de un extraño siempre se sentía disminuido, siquiera por un instante.

Abrigamos ciertas expectativas acerca de la gente, pensó, mientras examinaba la pierna. Serán capaces de andar, hablar, ver y oír. Si no es así, o si lo hacen de una manera que desafía nuestras ideas preconcebidas, les pegamos una etiqueta, huimos de su contacto, les obligamos a desear formar parte de un todo indistinto.

El agua de la bañera empezó a escurrirse, y echó un vistazo hacia la puerta. Se preguntó si la raíz de las dificultades que tenían su esposa y él residía en aquello. Ella aspiraba a la normalidad. Él creía desde hacía mucho tiempo que la normalidad poseía escaso valor intrínseco.

Se puso en pie y escuchó sus movimientos. El ruido del agua le dijo que Deborah se había levantado. Saldría de la bañera, cogería una toalla y la envolvería alrededor de su cuerpo. Llamó a la puerta y abrió.

Deborah estaba limpiando el espejo de vaho, y zarcillos de pelo pegados a su cuello escapaban del turbante que había confeccionado con una segunda toalla. Le daba la espalda, y desde donde él estaba, la vio perlada de gotitas, al igual que sus piernas, largas y esbeltas, suavizadas por el aceite de baño que llenaba la habitación con el olor a lirios.